Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








viernes, 31 de julio de 2015

DESACRALIZAR ES HUMANIZAR Y HUMANIZAR ES DIVINIZAR


RELEYENDO A JUAN LUIS HERRERO DEL POZO -2-
Sergio Dalbessio, 24-Mayo-2011
publicada en su oportunidad en www.atrio.org
¿POR QUÉ SON ABURRIDAS LAS EUCARISTÍAS? II

 Sergio Dalbessio, Junto a su esposa Cristina Rosas, han leído, reflexionado y escrito estas palabras que nos introducen a la segunda parte del texto de Juan Luis ¿Por qué son aburridas las eucaristías?  Cristianos libres que buscan madurar diariamente su fe en Jesús y hacer presente el Reino de Dios.

En otro de los textos importantes de J. L. Herrero del Pozo titulado  “Desacralizar es humanizar, humanizar es divinizar” expresa: “Para dar gracias a Dios (eucaristía) y compartir la comida (fracción del pan) se reunían en los domicilios las pequeñas asambleas (iglesias) domésticas, presididas por el dueño o dueña del hogar. Había quedado claro: ni en el templo de Jerusalén ni en el monte Garizín sino en espíritu y en verdad. El seguimiento de Jesús, el ser cristiano, consiste en impregnar la verdad más humana de la vida ordinaria del espíritu y estilo de comportamiento del Maestro. Aquello no era una nueva religión sino vivir a tope en el mundo aunque de forma profética, “sin ser del mundo”. Plenamente seculares tal como vivió Jesús, volcados a los huérfanos, las viudas, los pobres, los enfermos. A ningún hambriento le falta un trozo de pan en la mesa común, en el ágape fraterno”.

 Y en el texto que nos ofrece hoy Atrio dice: “Desde los orígenes la eucaristía fue una comida especial de la comunidad: fracción del pan, cena del Señor, ágape fraterno. Lamentablemente, el símbolo ha quedado reducido a algo in-significante, mero rito incomprensible”. Estos párrafos generan en nosotros la reflexión y los deseos de vivir las Eucaristías, centro de nuestra vida de cristianos, descubriendo su verdadero significado para nuestra existencia.

 Culminaba mi reflexión anterior expresando: “Sueño que podamos tener la experiencia de lo profundo de la Eucaristía compartida en comunidad y convertirnos en pan partido para nuestros hermanos y  vino nuevo para una humanidad que tiene tanta sed de justicia, de encuentro, de fraternidad y  de vivir con dignidad”.

 Vastos signos de los tiempos y de nuevos vientos van aflorando por diversas partes del mundo: la rebelión de los monjes en Birmania, los jóvenes que piden democracia en los países árabes, los pueblos originarios de América Latina que reclaman sus tierras, y los que hoy sentados en la Plaza del Sol –y otras plazas que se va multiplicando- buscan nuevos dirigentes y un nuevo destino en la política de España, sumados a tantos otros hechos que podríamos enumerar para decir que otro mundo posible se está gestando.

 “La comida y la bebida son las bases materiales de la vida, de modo que la Cena del Señor es también una crítica política y un desafío económico y tanto esto como un ritual sagrado y un acto litúrgico de adoración. Puede ser correcto reducirlo de una comida completa a un mordisco y un sorbo simbólico, siempre que estos simbolicen la misma realidad, a saber, que los cristianos afirman (mos) que Dios y Jesús están presente de una manera peculiar y especial cuando la comida y la bebida se comparten por igual entre todos” (J. D. Crossan, en El nacimiento del cristianismo).

 Busco pensar los hechos relatados y qué me dicen desde el desafío de vivir plenamente la Eucaristía. ¿Los símbolos utilizados significan, hoy, algo para nosotros?

La reunión es entorno a un altar que nos remite al sacrificio y no a una mesa que nos habla de comunidad.

Un ministro que preside el acto sacrificial y al que no vemos como un hermano que recoge los sentimientos con los cuales nos acercamos.

Una participación sometida a fórmulas, ritos y respuestas que muchas veces no dicen nada ni interpretan lo que vivimos en lo profundo de nuestros corazones.

Las lecturas leídas con voz de circunstancia, las explicaciones (homilías, sermones) que redundan en aquello que hemos oído, pero que no interpelan ni iluminan nuestra vida cotidiana.

Un ministro que se dirige a la asamblea desde el lugar del sabio y con un dedo admonitor nos señala el camino por el cual debemos ir, sin posibilidad de derecho a réplica.

Qué distinto sería si la Palabra, que las Primeras Comunidades compartieron en sus casas, impactara en nuestras vidas después de escucharla. Tendría que producir un cambio en nosotros, sino queda solo en rito  y no se ha celebrado nada.

La riqueza de preparar los textos de la Biblia en profundidad y con sabiduría es para que esa Palabra nos transforme, para que el Espíritu actúe en nuestras vidas, que nos aliente en medio de la desesperanza, que nos sostenga en el desanimo. La Palabra nos une si es Palabra que genera Vida.

 ¿Qué Eucaristía podemos celebrar para acompañar esas luchas de auténtica liberación humana? ¿Qué símbolos podemos acercar para fundirnos en la necesidad del otro?

 

La experiencia de las Primeras Comunidades nos cuenta  “que el convite, la comida, el banquete es la realidad simbólica vinculada repetidamente al “reino de Dios. Pero es que, al mismo tiempo, la comensalidad es, sin duda, la realidad humana más profunda y universal” (Herrero del Pozo).

 Pienso en la mesa familiar: la preparación de los alimentos, el encuentro, lo que sentimos cuando nos miramos a los ojos, lo que discutimos, en lo que coincidimos o no, en cómo nos ayudamos mutuamente. Mesas que reparan nuestras fuerzas físicas y renuevan nuestro espíritu humano para volver a nuestra vida diaria guardando la historia de los otros en nuestro corazón. Historia de lo cotidiano que llena de sentido a nuestra existencia.

 El Reino ha llegado, la Pascua se vive día a día. El alcance de la comensalidad es tan universal o universalizable que la convocatoria familiar en torno a la mesa compartida merece ser instaurado con energía en la vida familiar y permanecer, sin apaños artificiales, como acción simbólica nuclear de la comunidad creyente convocada por Jesús. (Herrero del Pozo)

Cuan lejos estamos de celebrar de esta manera. De abrir nuestro corazón y desplegarlo al hermano. De compartir un momento de reflexión profunda.

Celebrar con sentido PASCUAL nos permite transformar nuestra vida en luz y sal para una humanidad que nos quiere atentos y solidarios. Necesitamos incorporar, en una sociedad de violencia, la reconciliación y el perdón. La Eucaristía es una fuente para nutrirnos con la verdad y el deseo de vivir hermanados.

 No se trata que sean divertidas, sino que expresen los sentimientos de cotidianeidad y sean espacio de reflexión para alimentarse cada día. En algunos países se van buscando otros estilos de celebración con buenos resultados. Se van descubriendo modos de ser iglesia-asamblea en el servicio, incluyendo a aquellos que  han sido “expulsados” por diferentes motivos de la Mesa Eucarística.

 “Convendrá reflexionar –agrega Juan Luis – sobre la coincidencia de tres formas de quiebre de la comensalidad: la pérdida del ágape fraterno como símbolo eucarístico, el deterioro del encuentro familiar en la mesa y el dramático desencuentro de la gran familia humana en el reparto del alimento. Algo importante les es común: una innegable deshumanización a través de la pérdida del símbolo y de su contenido. Así no se construye el verdadero “reino de Dios”.

 Nuestros desafíos actuales deberían pasar por:

  • Situar el encuentro familiar en torno a la mesa como una instancia de diálogo y crecimiento humano.
  • Volver a celebrar la Eucaristía como un gran ágape de fraternidad universal, comenzando por nuestras pequeñas asambleas de prójimos-próximos, de vecinos y de amigos. 
  • Generar los cambios políticos, económicos y sociales que sean necesarios para que la humanidad sea saciada en sus múltiples y diversas “hambres”.

Esto lo podremos lograr si somos personas libres y maduras en la fe, de corazones generosos y gestos proféticos.

Entonces será una realidad aquel texto que nos dice: “Jesús entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, dijo la bendición, los partió y se los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron cuanto quisieron y se recogieron doce canastos de sobras” (Lc. 9, 16-17). Ahí estará el verdadero milagro de vivir compartiendo el Reino de Dios.

 Tierra y pan para todos,
y entonces
también la vida
tendrá forma de pan,
será simple y profunda,
innumerable y pura.

Todos los seres
tendrán derecho
a la tierra y a la vida,
y así será el pan de mañana
el pan de cada boca,
sagrado,
consagrado,
porque será el producto
de la más larga y dura
lucha humana.

( Pablo Neruda en Oda al pan).

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