Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








lunes, 20 de febrero de 2017

PENSABA EN LAS LORITAS QUE REVOLOTEAN POR EL BARRIO…


(Reflexiones “simplonas” sobre país-soja-ecología y sociedad)

La soja es una buena planta. Nos da alimento y varios productos más derivados de la misma. Su semilla se ha esparcido por doquier en nuestro vasto territorio. Como alimento no es objetable, puede paliar en parte la hambruna que recorre este mundo, comenzando por casa.

Sin embargo el desborde que tuvimos en los últimos casi 20 años de terrenos sembrados de soja nos ha llevado a un sinnúmero de sinsabores. Logros por un lado, pero también fracasos.
Al daño ambiental –conocido y padecido por los argentinos a lo largo y lo ancho del país- se le suma el social, que es un flagelo que como el anterior nos llevarán años reconvertir.

Daño ambiental: bosques aniquilados, selvas devastadas y gran tala de árboles. Esto trajo como consecuencia una mutación y traslación del sistema de la flora y  la fauna. Desborde de ríos con inundaciones y daños en vastas poblaciones. Envenenamiento de personas y animales por agrotóxicos para darle más fuerza y prontitud a la planta en su crecimiento. Se dejaron de cultivar otros granos: maíz, trigo, girasol, etc. El cambio de recibir un cheque mensual por el campo alquilado fue dejar de criar animales y bajar la productividad de la leche. Así podríamos nombrar una serie de elementos que impactaron en forma negativa en nuestro sistema ecológico-ambiental.

Al principio –con las retenciones a la soja- el gobierno  comenzó a tener en las arcas del Estado un dinero que entraba a chorros. Un dinero que debía canalizarse en obras públicas: puentes, caminos, rutas, agua potable, sistemas de cloacas, escuelas, hospitales y obras que apuntalaran el sistema social en forma ascendente en su calidad de vida.

Nada de lo anterior ocurrió, el dinero se fue esparciendo en planes sociales, en comprar voluntades políticas, y en obras nunca realizadas.  Ese gran chorro se fue convirtiendo “un choreo nacional”.
Pero quiero volver en el daño social infligido por los dividendos obtenidos por la soja: planes sociales que tenían un inicio y un fin se convirtieron en eternos. Esto generó una captación política partidaria de amplios sectores de la sociedad, también conculco sueños y proyectos personales de muchas personas que querían una vida mejor. Marchas y piquetes se convirtieron en un trabajo para muchas personas, muchos adolescentes que debían estar estudiando estaban cortando una ruta.

Abuelos, padres e hijos se fueron transformando en ignorantes, en generaciones sin trabajo y obviamente a obtener un dinero que fue pan para su momento, pero en el tiempo se fue trastocando en hambre y en decadencia. Muchos –no todos- siguieron obteniendo esos dineros de forma ilícita. El narcotráfico también supo dónde anclar, el buen y rápido dinero es apetecible para muchos que viven el presente –sin memoria del pasado y sin esperanza para el futuro.

Simplemente pienso que la soja fue una gran oportunidad para tener un alimento más con todos sus derivados que nos permitiría crecer como sociedad. Fue una fiebre incontenible para muchos que llenaron sus arcas sembrando o haciendo sembrar dicha semilla. Pero la misma no usada correctamente nos ha infligió a los argentinos un gran daño: ambiental y social. Ambos serán muy difíciles de poder revertirlos porque ya llevan muchos años enquistados en nuestro cuerpo social.

La avaricia y la codicia no poseen límites. La avaricia y la codicia no saben de clases sociales. Corroen a todos los seres humanos por igual. Solamente pensando en términos humanos y de  hermandad podemos planificar la solución de los problemas que nos atañen para la plenificación personal y  social de todos los integrantes de la comunidad humana.


Solamente son ideas que me atraparon un domingo a la mañana y no quería dejarlas dar vuelta por mi pensamiento, sino volcarlas en una hoja mientras las loritas siguen creciendo y desplegando sus verdes alas en una parte del cielo bonaerense.
Sergio L. R. Dalbessio

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