Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








domingo, 8 de marzo de 2015

AVELINO "TOFITO" SUFIA: EL MAESTRO

La muerte es un paso inexorable en la vida. Un punto al cual todos nos resistimos y no queremos llegar. Ahí está ella, no es ni buena ni mala, simplemente es.

Hace un mes nos conmovimos con el brutal ataque a nuestro querido Tofito. Estamos casi acostumbrados en esta Argentina de los últimos años a hechos de violencia cotidiana. No nos inmuta. Pero la noticia a aquellos que lo conocimos sí nos llegó al corazón. Ayer a la tarde hablando por teléfono con mi papá me decía “Lo de Sufia me hizo mal, porque él no era un maestro cualquiera, él era como de la familia”.

Fue maestro de mi primaria en cuarto y quinto grado. Recuerdo su forma serena de transmitir los conocimientos y su fuerte actitud cuando debía ejercer justicia ante lo injusto. Siempre bien vestido: sus pantalones impecables, sus camisas planchadas en forma puntillosa, su saco a cuadros y su corbata al tono. Su letra caligráfica, imborrable en nuestras mentes ya que uno sabía cuando él escribía en el pizarrón de cualquier aula. Siempre dispuesto a escuchar.

 
Era la primera vez que teníamos un maestro varón. El temor corría en nuestra sangre, pero con el pasar del tiempo, de los días, se fue diluyendo porque su trato amable nos fue dando la confianza en esa persona al que llamábamos profesor o maestro Avelino o Sufía. Luego iría surgiendo con los años el Tofito.

Para el día del maestro le regalamos una bicicleta de color naranja. Los padres juntaron el dinero, fueron a la fábrica Clerici y la trajeron. Por años lo vimos en su simplicidad dando vueltas por todo San Francisco con esa bicicleta y no la puedo dejar de asociar al tango-polca “La bicicleta blanca” del maestro Ferrer que diceEl flaco que tenía la bicicleta blanca; Silbando una polkita cruzaba la ciudad”.

Con esa bicicleta hicimos diversas excursiones, eran verdaderas salidas de estudio. Íbamos a tal o cual campo. Cuaderno, vianda y cada uno en su bicicleta. También era un tiempo para hacer bromas o gastadas a los compañeros. Nadie dudaba de su responsabilidad como maestro hacia cada uno de nosotros. Eran tiempos en que los padres sabían que el maestro enseñaba y educaba, y reforzaba todo aquello que se aprendía en la casa. Ningún padre se habría atrevido, ni siquiera pensado desautorizar al maestro o menos ejercer violencia sobre él.

Papá me contaba una anécdota: una mañana Tofito citó a los alumnos de un grado –voy a reservar el año y los alumnos aunque los conozco- para realizar una salida hacia Josefina. Estaban cada chico con su bicicleta y los papás esperando para que partieran. Él agarró una lista y empezó a nombrar a varios chicos, y después agregó “ustedes no van y ya saben porque, hablen con sus papás”. Fue  sorpresa para los padres y  no  para los chicos que no habían hecho en algo muy simple “no  numeraron  las hojas de todos los cuadernos en el tiempo y forma que lo había solicitado”. Por eso sabía ejercer la justicia sin importarle condición social ni apellido.

Si un chico tenía problemas o faltaba por alguna enfermedad a clase él se llegaba con su bicicleta hasta la casa para preguntar por su salud y cómo iba con el estudio. En ese tiempo no había fotocopiadoras y los papás iban a la tarde a la casa de un compañero a buscar la tarea. Aún en la cama enfermo se llevaba día a día lo realizado en clase y cuando nos reintegrábamos no nos faltaba nada. También leyendo algún cuaderno que todavía da vueltas en mi biblioteca vi que tenía la pedagogía de la autocorrección y observando dos de ellas recabé en dos compañeros: uno Sergio Gazzola que estuvo en un breve tiempo en el grado y el otro Claudio  A. Ferrario que falleció luego de un accidente en bicicleta.

Cuando fuimos a ver “El hombre de la Mancha” recordé que nos había hecho actuar para una fiesta de fin de año del colegio. La fiesta se hizo en el antiguo Cine Mayo de la calle Garibaldi. Tuvimos que ensayar durante mucho tiempo. Los ensayos eran a contraturno. A la mañana se iba a la escuela. Teníamos unos trajes negros y había un dios Balabú al cual le rendíamos homenaje, con danza y música, según la crítica del momento fue muy buena. Sufía era un hombre educado y un maestro culto.

Conocía de literatura, de cine, de música y de todos los temas que pudieran ayudar a formar personas. Cuaderno, tiza, ejercicios, libros, Así fuimos hilvanando el conocimiento en nuestras vidas. Nos hablaba “de la dignidad, de la ética, de la caballerosidad, aquellas que nos lleva a los caballeros de la mesa redonda y al mítico reino de Camelot….veía la magia dónde no la había” (Introducción en el programa “El hombre de la Mancha” versión musical, Bs. As., 2015)

Estimo que mucho de mi vocación a ser docente se la debo a él. Hace unos diez años en mi última visita a San Francisco nos cruzamos. Estuvimos charlando. Me contó que daba catequesis y estaba con varios proyectos. Nunca dejó de hacer cosas. Siempre jovial, ameno y bien vestido. Todos los querían, cuidaba unas tierras contiguas a su casa del ex ferrocarril Belgrano y había realizado un pequeño paraíso. A todos les regalaba plantas y flores.

Seguramente cada uno de mis compañeros y cada persona que lo fuimos conociendo a través de los largos años podríamos contar cientos de anécdotas que vivimos con nuestro querido TOFITO.

Este pequeño escrito quiere ser una carta de agradecimiento a una de las personas que en la infancia, una época de sueños, de quimeras, supo plasmar en el corazón y el espíritu de cada uno; el luchar por los molinos de viento, o sea por los ideales de la vida. Su mensaje siempre fue de paz, de diálogo en tiempos de los setenta donde la violencia era una cotidianeidad y la ciudad de San Francisco no escapaba a ella, sino recordemos solamente “el  Tampierazo” y aquel muchacho Molina asesinado por un policía en esa triste jornada.

El 15 de noviembre del año próximo pasado él estuvo almorzando junto a todos aquellos compañeros de la decimotercera promoción – la 13- que se juntaron luego de treinta y cinco años de egresar del Instituto Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas.  Estuvo alegre, jovial y con ganas de compartir con sus alumnos ese espacio de reencuentro y camaradería. Seguramente desde su madurez habrá mirado con alegría el florecer de lo que había sembrado durante tantos años y sentirse satisfecho de su labor como MAESTRO.

 
La Pascua de Tofito fue para todos nosotros volver a pasar por nuestro corazón y nuestro espíritu todo aquello vivido en estos largos años junto a él. Esa es su Resurrección, en cada uno de nosotros. Podría aplicarle a Avelino “Tofito” Sufía aquel final que escribí hace unos años para otro gran maestro de mi vida que fue Pedro Armano: esa frase de Adso de Melk, uno de los personajes de “El nombre de la rosa”: “Y es duro para este viejo monje, ya en el umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene o no algún sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos o ninguno.”.
Este monje adulto le dice a usted TOFITO que tenga la tranquilidad que la letra escrita tuvo un gran sentido porque cultivo el don maravilloso de la amistad.”.

¡¡¡GRACIAS TOFITO!!!

lunes, 23 de febrero de 2015

Yo, el otro y la alteridad en el Siglo XXI.


Yo siento que este siglo XXI debería ser el siglo de la reconciliación, el siglo de la promoción del diálogo y de los valores interiores[1]

Su Santidad el 14° Dalai  Lama

En el presente se habla de la crisis de identidad. No sabemos quiénes somos, qué deseamos, qué queremos y para qué estamos en este mundo. Esta crisis que es necesaria y parte de un proceso en las etapas de crecimiento en la vida de los adolescentes se ve como una estado permanente de una sociedad “adolescentizada” y que no quiere crecer.

Crecer significa dejar atrás una serie de actitudes que creemos nos abrigan en “creíbles” seguridades y no deseamos salir de ese imaginario cascarón por temor o miedo a lo desconocido, a lo nuevo, a tener que asumir otras responsabilidades. Ese crecimiento traerá nuevas fortalezas y debilidades, éxitos y fracasos. Hay una lucha en nuestro interior entre aquel “yo” que quiere quedarse en supuestas certezas y el otro “yo” que desea soltar amarras en la búsqueda de nuevos ertos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

La lucha interior es constante. Por eso el hombre que dialoga en forma permanente en y con su interioridad puede conocerse en sus límites y reconocerse en sus habilidades.

El diálogo interno nos lleva a preguntarnos, a cuestionarnos, a buscar caminos de crecimiento personal y con los demás.

A medida que conocemos y aceptamos nuestro yo comprendemos que el mismo tiene que encontrarse necesariamente con el otro para comprender su fortaleza.

También en el diálogo con el otro se genera un campo necesario para caminar juntos el territorio de la alteridad.

Con la apertura democrática en 1983 se proyectó un filme titulado “Solos en la madrugada”, cuyo periodista radial decía al culminar su programa: “No estamos solos”.

Simple frase que tiene encerrada una verdad. Nos complementamos, crecemos y nos desafiamos en el diálogo con los otros.

Esto que se puede observar en lo personal se encuentra reflejado en lo comunitario, en las instituciones, en los ámbitos políticos, sociales, sindicales, eclesiales, etc.

Dice el teólogo Romano Guardini: “Toda afirmación que haga, contiene, de modo abierto o implicado, la palabra ‘yo’. Todo acto que realice está sustentado por ‘mi’. Lo que ocurre en el ámbito de mi vida me afecta a mí. Siempre estoy ahí: directamente, en actividad inmediata, en encuentro o influjo, o indirectamente en cuanto que son afectados ‘mi’  ambiente, ‘mi’ país, ‘mi’ mundo”

Cuando los hombres no dialogamos no existe posibilidad de encuentro y por ende de crecimiento.

Cuando anulamos al otro o lo descalificamos no nos permitirnos crecer como personas.

Cuando somos capaces de cambiar el “mí” por el “tú” y después por el “nosotros” es cuando nos damos posibilidad de encuentro, de crecer, de entrar en la adultez como personas y como sociedad.

Por eso cuando el encuentro es realmente humano, es profundamente humanizante. Según palabras de Martín Buber: “Únicamente cuando el individuo reconozca al otro en toda su alteridad como se reconoce a sí mismo y marche desde este reconocimiento hacia el otro, habrá quebrantado su soledad en un encuentro riguroso y transformador”.

El perdón es un largo camino que tengo que hacer invariablemente desde mi “yo”. La reconciliación necesita de ese “yo” y ese “tú” para que sea efectiva. La justicia necesita del “nosotros” para que no sea vengativa sino reparadora y sanadora de la persona y del entorno social dañado.

La justicia lleva consigo un acto de sanar algo herido o quebrado y la ternura de cicatrizar ese daño inflingido. El fruto inmediato será la paz, que es una utopia a vivirse día a día.

Nos narra el profeta Isaías:


El lobo habitará con el cordero,

el puma se acostará junto al cabrito,

el ternero comerá al lado del león

y un niño chiquito los cuidará.

 

La vaca y el oso pastarán en compañía,

y sus crías reposarán juntas,

pues el león también comerá pasto,

igual que el buey.

 

El niño de pecho pisará

el hoyo de la víbora,

y sobre la cueva de la culebra

el pequeñuelo colocará su mano.

(Is. 11, 6-8)

 

Sergio Dalbessio



[1] Valores para la libertad interior –Dalai Lama”, Gerardo Abboud, Editorial Lumen, 2011 (de reciente aparición).

martes, 6 de enero de 2015

A JUAN CARLOS GIECO, IN MEMORIAN

Juan Carlos un tipo de su tiempo, luchador, polemista y polémico, emprendedor  y generoso.


Hace escasos meses me enteré por una de las redes sociales del fallecimiento de JUAN CARLOS GIECO. Enseguida se disparó en mi mente y corazón una serie de imágenes, palabras, gestos y recuerdos sobre él. Lo conocí, o mejor expresado, los conocí a Mónica, su esposa, allá por los finales de los años 70.

No recuerdo en concreto qué persona me los presentó, pero vagamente y hurgando en el arcón de la memoria me parece que fue en la Parroquia del Perpetuo Socorro, situada en la calle Bv. Sáenz Peña, cerca del camino interprovincial, donde San Francisco se une con Frontera. Lugar donde Córdoba y Santa Fe hacen una simbiosis o un imaginario abrazo de dos realidades muy diferentes, socialmente hablando.

Estaba en esa Parroquia el Padre Pedro Ludueña Sueldo. Juan Carlos y Mónica pertenecían a la Renovación Carismática, una corriente dentro de la Iglesia Católica con orígenes en el pentecostalismo que oraba en forma similar a los primeros cristianos y que tienen como eje central al Espíritu Santo.

En esos años era una corriente eclesial no muy bien vista ni querida por la jerarquía y más aún podría decir que perseguida y combatida por esta y sus seguidores. En San Francisco, con una sociedad cerrada, retrograda y un esquema de iglesia medieval, cuya cabeza era un obispo sin luces y con muchas sombras y un clero que lo igualaba –salvo excepciones de algunos religiosos que caben en la palma de mi mano–. Contaban en charlas eclesiales que una vez a este monseñor –como gustaba que lo llamaran; si le decían “monseñor doctor” mejor todavía y que siempre estiraba su mano para que besaran su anillo- preguntó a su clero como veían el andar de la diócesis. Un sacerdote que me reservo el nombre le dijo: “la diócesis es como una bicicleta con piñón fijo y sin cadena, pedalea, pedalea y siempre está en el mismo lugar”.

Allí estaban Juan Carlos, Mónica y algunas personas más. Yo ingresé a ese “grupo de locos” porque siempre fui  como una especie de buen gladiador de causas pérdidas. Digo “locos” ´porque era esa la palabra que usaban los que nos señalaban con el dedo, entre ellos varios que después con el pasar de los años y viendo que estos grupos crecían y sumaban gente,  hicieron una rápida conversión y también pasaron a ser carismáticos. Según ellos, sin dejar de ejercer el control pastoral sobre los carismas, como si pudieran atrapar entre sus manos los dones del Espíritu Santo. ¡Qué ilusos! para no decir ¡qué tontos!

Hasta la misma Iglesia al mando de Juan Pablo II los acogió con gran alegría y  los carismáticos de ser perseguidos pasaron a ser parte del poder…ahí ya terminó mi participación en estos grupos…porque el Espíritu Santo no sabe de burocracia ni de poderes y honras…sino de libertad.

Pero sigamos con nuestro amigo Juan Carlos. Conocí de pequeños a dos de sus hijos, Carolina y Juan Pablo. Recuerdo  casi todos los días haber frecuentado su casa durante el verano. Escuchaba sus teorías, sus tesis sobre un montón de temas, muy variados ellos –iglesia, política, música, poesía, etc–. Muchas veces fui testigo de discusiones sanas entre ambos –Mónica y Juan Carlos–, mientras los pequeños jugaban, lloraban y reclamaban el cambio de pañales o la comida, o querer ir a dormir la sagrada siesta provinciana.

Me introdujo, Juan Carlos, a la lectura de la poesía de Pablo Neruda y a escuchar a aquellos chilenos exiliados Los Jaivas en el inolvidable casset  “Alturas de Macchu Pichu”.

Me hablo de Jorge L. Duretto, que fue uno de los varios desaparecidos de San Francisco. Vivía en la calle Cabrera, a dos casas de Juan Carlos. Este muchacho Jorge, a veces, venía a mi casa con su papá Don Luis tenía una sociedad con mi abuelo. Recuerdo que le gustaba mirar televisión, lo vi pocas veces, yo era mucho más chico que él. Hincha de Independiente.

Juan Carlos me relataba que el lunes que partió hacia Córdoba le dejó unas revistas por debajo de la puerta de su garaje. Nunca más volvió. Dicen las crónicas: “DURETTO, Jorge Luis. Nació en Las Petacas el 18 de enero de 1953, se crió en San Francisco. Cursó el secundario en el Colegio Nacional San Martín hasta tercer Año y terminó en el Colegio de las Monjas de San Guillermo. Secuestrado y desaparecido en Córdoba, el 14 de agosto de 1976. Tenía 23 años, se lo vio en La Perla. Militaba en la Organización Comunista Poder Obrero”. Y Juan Carlos lo recuerda en un artículo titulado: “Diálogos de clase media (por Juan Carlos Gieco) - En memoria del gringo Duretto compinche y amigo. Asesinado en La Perla”http://argentina.indymedia.org/news/2002/06/34240_comment.php

Fui a uno de los primeros que le comenté mi decisión de ir al seminario, mi visitó alguna oportunidad donde no fue bien recibido por los curas y a quién también  le confidencié mi decisión de no seguir en la vida religiosa y ponerme de novio. Me alentó y recuerdo que hasta me prestó el teléfono del negocio de su papá, allí en la avenida Libertador (N) para llamar a quien luego sería mi novia y esposa. Era el 19 de diciembre de 1982. Era una persona generosa. Nunca estaba en el negocio, siempre daba vueltas, o por la galería que daba a la Av. 25 de Mayo o bien en Bahía tomando un café o discutiendo con alguien.  Su papá lo buscaba y le decía: “Juan Carlos te están esperando”. Es bueno no olvidar que eran tiempos de dictadura militar y San Francisco no era un territorio ajeno a lo que sucedía en el país.

Las anécdotas que no fue bien recibido por los curas que eran mis superiores en el seminario es porque Juan  Carlos en su años de estudio (según me relato él) paso por el Instituto Pablo VI que dependía de los Misioneros de la Consolata,  allí tuvo un altercado con un sacerdote y él – Juan Carlos– le dio un palazo en la espalda que le valió su expulsión y que no se pudiera quedar esa noche en el seminario.

Acompañe su mudanza cuando fueron a vivir al Barrio jardín, ese día casi fundo uno de los rastrojeros de mi papá y casi me matan a mí por él.

Después mantuvimos algunas relaciones epistolares. Con el retorno de  la democracia, yo ya estaba viendo en Buenos Aires, y  él comienza su vida política pública en la Juventud Radical y que lo lleva a tener una relevancia en la estructuras partidarias en la provincia de Córdoba, esto por lo que escuche y leí, pero no fui testigo de ésta época de Juan Carlos por el sencillo motivo que no continuamos la frecuencia que necesitaba la amistad.

Años después una de las pocas veces que volví a San Francisco lo visite en la óptica tenía en la calle Rivadavia. Y luego  se trasladó al Bv. 9 de Julio esquina Córdoba. Allí atendió a mi abuela Teresa que a sus 85 años se quejaba de la vista, que no veía bien porque le costaba enhebrar la aguja y él le dijo abuela yo quisiera tener su vista, agradezca la que tiene.

Me contó que había tenidos dos hijos más. Juan Pablo que ya era adulto trabajaba con él. Su mamá había fallecido. Sí recuerdo haber saludado a Don Gieco –su papá-. Me comentó que estaba pensando la posibilidad de irse a vivir a España. De ahí en más no lo vi nunca más. Después supe que se había ido a España y que allí tenían un restaurant en Murcia llamado Bullas.

La magia de las redes sociales y un amigo en común- Carlos Benecke- hizo que nuevamente nos comunicáramos. Esto duro un tiempo. La grieta que comenzó a dividirnos a los argentinos el 25 de mayo de 2003 también llegó a nuestra amistad.

El defendía –viviendo en España- el modelo político que imperaba en Argentina y yo viviendo en Argentina y experimentando la realidad, no. Una serie de comentarios desafortunados de ambos hizo que de mi parte optará por no continuar la amistad. Una pena, un dolor, pero es parte de la vida. La grieta nos había tragado.

De vez en cuando sabía noticias  por Carlos, que me comento que estaba esperando un trasplante, que luego lo había recibido y al tiempo supe de su Pascua.

Juan Carlos fue un tipo de su tiempo, luchador, polemista y polémico, emprendedor  y generoso. Así lo recuerdo, así lo vuelvo a pasar por el corazón. Tuvo a su lado a una gran mujer que se llama Mónica Pino, queda ella, sus hijos y sus nietos... y sus interminables amigos.

Lo de la grieta fue un error mío que debería haber saltado conociendo a Juan Carlos, pero ambos nunca supimos bajarnos de los caballos y fusta y fusta seguíamos corriendo.

Estas simples palabras son para homenajear a Juan Carlos que tuvo su encuentro con Dios que lo recibió con los brazos abiertos.  Me lo veo discutiendo y polemizando allí en el Paraíso.

Hasta siempre Juan Carlos.

 

jueves, 7 de agosto de 2014

UN VIAJE A LA ESPERANZA - 2DA PARTE - GUIA


Un viaje a la Esperanza

Salir de la Pobreza con Trabajo y Dignidad
                                                                                          Jesús María Silveyra
SEGUNDA PARTE

CAPITULO 1

    1.        Describir el tema del agua. ¿qué pasa con ella?

    2.        ¿Cuál es el menú que se repite casi todos los días en la comida?

    3.        ¿Qué temas motivan la charla en la mesa?

    4.        ¿Cuál es la situación que encuentro Pedro cuando llego a Tana?

    5.        ¿Qué hecho lo impactará?

    6.        ¿Qué decide hacer luego de lo ocurrido?

    7.        ¿Cómo comienza y sigue “la historia de amor o aventura de Dios”?

    8.        ¿Cómo interpreta Jesús María el gesto que le cuenta Pedro cuando entro a la casa de aquel pueblerino?

    9.        ¿Qué son las cuatro “mi”?

 10.        ¿Cómo consiguieron la tierra  y qué grupo preparó para habitarla?

 11.        ¿Quiénes fueron los primeros habitantes de esas tierras y qué iban construyendo?

 12.        ¿Quiénes los ayudaron en esos primeros años y qué sembraba la gente?

 CAPÍTULO 2
    1.        ¿Qué situación se les presenta en forma inmediata una vez que cruzan el portón? Narrarla.

    2.        ¿Cómo reacciona Pedro ante dicha situación?

    3.        ¿Por qué la gente recurre a la acción social de Pedro y su grupo de colaboradores?

    4.        ¿Qué sentimiento expresa Pedro, ya en el auto? ¿Por qué te parece que reacciona así?

    5.        ¿Qué  le va contando Pedro a Jesús María en el camino?

    6.        ¿Qué instituciones ayudaron a Pedro a llevar a cabo el proyecto de construir las casas?

    7.        ¿Qué pasa con el dinero en el mundo?

    8.        Explicar de qué se trata la Asociación Humanitaria Akamasoa.

    9.        Buscar una explicación de la frase “Servir y no ser servido”, ejemplificando con lo leído en el texto.

 CAPITULO 3
   1.        ¿Qué razones le da Pedro a JMS para ser enterrado en ese cementerio?

    2.        ¿Qué es el “Centro de Acogida”?

    3.        Narrar la escena de Pedro y su encuentro con el anciano.

    4.        ¿Por qué Pedro se siente tranquilo ante tantos problemas que ve diariamente?

    5.        ¿Qué sentimientos expresa JMS al llegar de la gira y qué le dice Pedro?

    6.        ¿Cómo se explican estas palabras: IMAGINAR, PROYECTAR, SOÑAR Y REALIZAR en la vida de Pedro?

    7.        Leer los textos de Mt. 25, 34-4 y Lc. 4, 16-21. Buscar dos ejemplos de este capítulo dónde se puede ver lo escrito en los Evangelios en la obra emprendida por el P. Opeka.

 CAPITULO 4

     1.        JMS se pregunta: “¿Cómo salir de la pobreza?”. ¿Cuáles son esas ideas comentadas por Pedro?

    2.        ¿Cuáles fueron las pruebas más difíciles que tuvo que vivir en los inicios de Akamasoa?

    3.        ¿Qué momento feliz vivió?

    4.        Realizar un esquema tipo volante de propaganda de la ficha técnica de la Asociación.

    5.        ¿Con qué centros interviene Akamasoa?

    6.        ¿Qué organizaciones aportan recursos a la fundación?

    7.        Narrar la historia de Madagascar que cuenta Jean Jacques (poner en forma de ítems).

 CAPITULO 5

     1.        ¿Por qué la necesidad de tener reglas en Akamasoa?

    2.        Sintetizar e 1 ó 2 renglones cada una  de las reglas.

    3.        Elegir 3 (tres) reglas y explicarlas.

    4.        ¿Qué peldaños hay que recorrer según Pedro para luchar contra la pobreza?

 
CAPITULO 6

    1.        ¿Cómo es la historia de Madagascar en estos últimos años?

    2.        Con qué elementos concretos sobre lo que sucede en Akamasoa se pueda dar fe de la siguiente frase: “Dentro del país somos como una gota de agua, pero una gota fuerte que cuando le cae en la cabeza a algún político le debe doler.”

    3.        Explicar el último párrafo de la página 114 “Los líderes son necesarios….”

 

CAPITULO 7

     1.        ¿Cómo es la oración de Pedro y para qué le sirve según lo dice JMS?

    2.        ¿Qué imagen sobre lo que sucede en el basural le queda grabada a JMS?

 

CAPITULO 8

¿Cómo vive Pedro la muerte de los niños?

¿Cómo hacen las ceremonias religiosas ante la muerte?

¿Qué se debe hacer ante el fatalismo y la resignación?

¿Cuál es el problema del agua?

martes, 22 de julio de 2014

EL GRAN RICCI


“Corro y me agito quizás por mi impulso natural más que por espíritu de fe, aunque, gracias a Dios, advierto que tengo fe” (pensamientos del P. Ricci)

EL GRAN RICCI

Pinceladas sobre la vida de un gran misionero en nuestras tierras

Era un ángel en bicicleta y un misionero de a pie. Se lo solía ver por San Francisco pedaleando en una bicicleta negra de estilo inglés vistiendo su sotana negra en invierno y blanca (beige) en verano. Nunca sin ella.

Transitaba en su rodado las calles de tierra de una ciudad que crecía al compás de nuevas industrias y que lo tuvieron a él como testigo privilegiado. Visitaba los nuevos hogares que iban surgiendo y que se iban formando en aquellas casas que, ladrillo a ladrillo, se iban construyendo en cada terreno cercano a la parroquia de la Consolata y luego continuaban en el barrio un poco más alejado, conocido como Barrio Jardín. Allí con el tiempo se construyó la capilla Santa Rita.

Cada vecino ayudaba a los otros a hacer la losa, o sea a levantar el techo. Había que hacerlo comenzando a la mañana y terminando a la tarde. De un solo tirón, se decía. Solidaridad implícita que se devolvía con un asado y luego juntándose para realizar la siguiente loza del otro vecino y así sucesivamente.

Ricci, el padre misionero, iba de hogar en hogar con su sonrisa bonachona, casi ingenua, de niño diría. Entre el castellano y el italiano se mezclaba el piamontés. Bendiciones, bautismos, misas y responsos eran parte de su vida. En todo momento era el Misionero de la Consolata. El hijo de Allamano que surcaba estas tierras lejanas entre gringos que no lo hacían extrañar a su Italia natal. Había nacido en Forlimpopoli el 3 de diciembre de 1905. Luego de formarse y estar un tiempo en África vino a nuestro país.

Su pelo blanco, sus anteojos con gran armazón de color negro y sus picardías infantiles que se trasuntaban en su cara sonrojada eran parte de una personalidad que no se podía olvidar.

Nadie que lo conociera en aquellos años podía separar la figura del P. Ricci de la del P. Bosco. Eran una especie de dúo dinámico eclesial. Aunque cuando uno profundizaba y los conocía bien, a ambos, notaba que eran muy diferentes. Juan Bosco era calmo, apocado, sereno y de lento caminar, quizás por su afección pulmonar. Ricci era impulsivo, ágil y rápido. Pero aquellos que tuvimos la bendición de conocerlos podemos dar testimonio de su santidad. Eran santos y misioneros como el gran Allamano lo deseaba.

José Allamano, un cura turinés, fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Familiar y amigo de santos, entre ellos su tío José Cafasso, y los conocidos Don Bosco, Don Orione y otros tantos que buscaban con sus pequeñas sociedades de amigos y conocidos sacar adelante y devolver la dignidad a niños y jóvenes de esa época y hacer del Evangelio un espacio social de solidaridad, fraternidad y encuentro o sea convertirlo en Buena Noticia para los desplazados por la naciente sociedad industrial.

Corría el año 1962 y el P. Ricci estaba misionando en el pueblo santafecino de Piamonte. Su labor misionera abarcaba las colonias chacareras de esa zona, entre ellas el pueblo de Landeta. Hacia doce días que había nacido quién escribe estas líneas. Mis padres y padrinos, junto a otros familiares me llevaron a la Iglesia de San Antonio en Piamonte y allí fui bautizado un 24 de febrero por este querido Misionero de la Consolata.

Parroquia San Antonio, Piamonte, Santa Fe.
Después lo volvimos a encontrar cuando mi familia se traslado en búsqueda de nuevos horizontes a San Francisco, ya en la provincia de Córdoba.

Muchos años después decidí transitar por la vida del seminario y vine a estudiar a la casa de formación que los Misioneros tenían en el barrio de Flores. Allí la vida me volvió a cruzar con el P Antonio Ricci.

La primera vez que lo volví a ver fue sobre la Avenida Pedro Goyena, una mañana muy temprano. El venía de celebrar misa para las monjas y los chicos de su querido Provolo. Era un colegio de chicos sordomudos. El sentía un gran afecto por todos estos ellos.

Después compartí con él muchos almuerzos y charlas. Recuerdo que se peleaba con otro sacerdote por la figura de Mussolini. Uno lo defendía y el otro, que había padecido un tiempo de su vida en un campo de concentración en África de la Italia imperialista, lo detestaba. Yo los miraba y escuchaba con perplejidad. Allí en la intimidad compartiendo con su familia religiosa se sacaba su sotana y quedaba con su pantalón negro y su camisa blanca, se notaba en sus prendas el desgaste de los años, pero además de que era fiel a su voto de pobreza.

El domingo de Pascua de 1982 –plena guerra de Malvinas- habíamos compartido con los sacerdotes de la Casa Regional de los Misioneros la cena. Luego cada uno se dedicó a diversas tareas, algunos subían a su habitación a descansar  y otros miraban televisión y los menos seguían, café de por medio, conversando.

El P. Antonio Ricci trajo su juego de ajedrez y me invito a jugar. Yo un aprendiz de ese juego de estrategas acepte el convite. Jugamos varias partidas, él siempre le ganó a mi rey. Después de un tiempo se despidió de mí y de todos los que estábamos allí para ir a reposar, pues al día siguiente tenía muy temprano la misa en el Provolo.

El lunes llamó la atención a los caseros que no se levantara temprano, como lo hacia habitualmente. Llamaron a su puerta y no contestaba. Desde la ventana de su habitación, a la que se tuvo que acceder por una escalera externa, se vislumbró su cuerpo que yacía en la cama. Un infarto le había hecho vivir su Pascua al gran Antonio RIcci.

Compartimos la Eucaristía y lo acompañamos al cementerio de Merlo. Me había bautizado y después de tantos años, veinte exactamente compartía su Pascua. Son esos misterios de la vida y esos caminos de Dios, inexplicables, pero que nos dan la pauta que la vida vale la pena vivirla, soñarla y transitarla con esperanza.

“Quisiera ser como Elías o Juan el Bautista, gritarle fuerte y claro “Non Licet” hasta los reyes”. “Sin embargo: buen corazón para con todos…mirar a todos como los miraría el mismo Jesús”

“Ojalá pudiesen decir siempre, también de mi: Chiel lí a l ‘ é tut Quila (es todo su Madre), lo que tiene y hace es todo por inspiración de su Santa Madre Consolata”(pensamientos del P. Ricci).

Sergio Dalbessio