Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








lunes, 28 de agosto de 2023

AMPLIAR Y EQUILIBRAR LA MIRADA HISTÓRICA. REVISTA CRITERIO JUNIO/JULIO 2023 AÑO XCVI Nº2499

AMPLIAR Y EQUILIBRAR LA MIRADA HISTÓRICA
A propósito de la investigación publicada bajo el título "La verdad los hará libres”
Sergio L. R. Dalbessio - Licenciado en Educación, fue profesor de Doctrina Social de la Iglesia.
Andrés Marcos Rambeaud - Licenciado en Filosofía, párroco en la Arquidiócesis de La Plata, Jefe de Área de las carreras de Profesorado en Filosofía y Teología en Instituto Terrero y formador en el Seminario Arquidiocesano.
Lucio Florio - Docente e investigador en la UCA, sacerdote de la Arquidiócesis de La Plata, director de DeCyR.
La memoria histórica es esencial para poder enfrentar el futuro y no recaer en antiguas equivocaciones. Lo es también para la Iglesia. En un gesto que fue novedoso, con motivo del cambio de milenio, el papa Juan Pablo II realizó un pedido de perdón por los pecados que la Iglesia había cometido durante su historia. Lo hizo con el apoyo académico de una comisión que estructuró en algunas cuestiones fundamentales lo que habría de constituir el contenido del arrepentimiento eclesial. Más allá del debate producido acerca de cuestiones ligadas a la responsabilidad moral de los agentes del período de historia investigado (ya desaparecidos y, por lo tanto, el perdón se pedía en su nombre), o de cuestiones teológicas (la dimensión histórica, no la mística, de la Iglesia, sería la arrepentida), el gesto se interpretó como una admisión de la dimensión oscura de la intervención de la Iglesia en la historia y un saludable ejercicio de cara a los contemporáneos. Posteriormente, este estilo de reconocimiento de culpas y pedido de perdón, hecho simultáneamente a Dios y a los prójimos contemporáneos, se generalizó también en las iglesias locales.
Es en esta nueva tradición de reconocimiento de lo hecho por la Iglesia en tiempos pasados en donde hay que situar la aparición de La verdad los hará libres, por el momento, en los dos primeros tomos de un total de tres (Planeta, Bs. As., 2023), publicados por un grupo de investigadores de la Universidad Católica Argentina. La obra se presenta como solicitada por el episcopado a la Facultad de Teología y elaborada por un grupo de investigadores y docentes de la universidad, historiadores, teólogos y filósofos. El financiamiento, al menos parcial, provino de una beca de investigación otorgada por la UCA. Su difusión se está llevando a cabo por diversos canales, incluidos algunos institucionales de la misma Iglesia.
FORMA Y FONDO
La primera pregunta que brota espontáneamente en cualquier lector que se topa con esta obra gira entorno a su género literario. La pregunta proviene de una inquietud intelectual, fundada sobre la crítica hermenéutica, que dictamina que las formas literarias condicionan el mensaje. La obra que comentamos es, en este punto, heterogénea. El primer tomo se compone de una crónica confeccionada con testimonios seleccionados, con un hilo conductor puesto por los redactores. El segundo es, por su parte, una publicación de documentos, archivos de la Conferencia Episcopal Argentina, con un importante valor testimonial, pero organizados mediante criterios propuestos por los autores. El tercer tomo, anunciado, constará de opiniones académicas sobre el fenómeno histórico estudiado. Esta triple formalidad literaria demanda, inicialmente, una prevención del lector: no estamos delante de un estudio histórico puro sino de una obra que amalgama datos históricos con interpretaciones particulares, más una narrativa inicial llevada adelante por los responsables del libro. Dicho claramente: no es la verdad histórica pura, sino una combinación de acercamientos a los hechos mediante documentos dados a luz y entrevistas, más una alta dosis de opinión por parte de los responsables de la edición. Esta puntualización hermenéutica lleva, pues, hacia una ulterior calibración epistemológica: no se puede hablar de una verdad histórica que busca una objetividad estricta basada en datos puros, como pueden ser los documentos dados a luz. En realidad, se trata de una aproximación, mediante testimonios y documentos, desde la subjetividad de los redactores y –es necesario admitirlo– indirectamente de quienes tuvieron la iniciativa y encomendaron la investigación, es decir, los obispos de la Conferencia Episcopal.
Esto último se comprende cuando nos situamos en la percepción de un lector no cercano a la Iglesia: lo leerá como un producto de una institución que, ella misma, presenta su propio testimonio y narra su historia.
¿Invalidan estas observaciones el valor de la obra? De ninguna manera. Sólo la ponen en contexto para que puedan evaluarse los matices de evidencias y opiniones que transmite. Bajo esta perspectiva, el título puede resultar engañoso, salvo que, como se ha dicho en algunas presentaciones de la obra, pretenda ser una invitación a aportar más datos objetivos –testimoniales y documentarios– que complementen su visión. En otras palabras, la verdad que libera estaría en el final de un camino del cual esta obra ofrece algunos peldaños.
Finalmente, hay que decir algo acerca no ya de las formas, sino desde el contenido. La obra se propone revisar la actitud de la Iglesia argentina durante el período de violencia de la dictadura militar. En este punto, queda la sensación de que se resalta la posición favorable de parte del episcopado y del clero a la violencia brutal llevada adelante por las Juntas militares. Poco aparece de la actividad de clérigos y laicos relacionados con la guerrilla violenta, incluso en el período previo al golpe de Estado. Sólo para recordar: muchos jóvenes, provenientes de instituciones católicas (Acción Católica, grupos parroquiales, movimientos universitarios, etc.) se volcaron al movimiento Montoneros. Algunos antiguos miembros de Acción Católica fueron responsables del secuestro y posterior asesinato del Teniente General Aramburu (1).
Asimismo, varios sacerdotes y religiosos participaron mediante su conducción pastoral en la ideologización de numerosos jóvenes, entre los cuales hubieron desaparecidos o asesinados. Esta actividad de parte de la Iglesia argentina deber ser integrada en una visión de la historia trágica de aquellas décadas. El temor a incurrir en la “teoría de los dos demonios” puede hacer olvidar que la violencia injusta aparezca, a veces, por dos o más extremos. Está claro que la violencia proveniente del Estado es extremadamente más grave que la producida por civiles, ya que el Estado es el que debe promover la justicia y la paz, y detenta el poder de las armas en función de aquéllas. Pero eso no significa que las acciones violentas originadas en otros sectores no deban ser evaluadas como igualmente perversas. Hay que añadir, desde la perspectiva social, que cuando ciertos grupos Montoneros ligados a la Iglesia comenzaron sus ataques y secuestros, el porcentaje de pobreza era enormemente menor al actual.
¿CUÁNDO EMPEZÓ EL PERÍODO DEL TERROR?
El terror, ¿cuándo empieza? ¿En 1930, como sugiere Ricardo Albelda en su prolijo marco histórico (T. I, Cap. 4: “Del peronismo y antiperonismo al terrorismo de Estado; pág. 193-291)? ¿O en 1976, según la periodización que ofrece el Tomo II (pág. 285ss) al ordenar los textos de los archivos? Habría que hilvanar mejor la narrativa de la época. El terrorismo comenzó antes de 1976, aun cuando después tomara una dimensión brutal. Por tal motivo, violencia subversiva y militar deberían ser relacionadas mediante la "y", y no mediante la conjunción adversativa excluyente "o”.
Aunque se quiera resaltar la absoluta diferencia entre la gravedad de la violencia ejercida desde el Estado respecto de otras, no se puede olvidar que durante los años previos a 1976 hubo un plan sistemático de terror originado en sectores influidos por cuadros de interpretación provistos por regímenes totalitarios de izquierda (2). La expresión “dos demonios” es insuficiente, porque no describe las diferencias, sin embargo, alude a una verdad histórica. Porque, ¿quién puede dudar de la fuerza del mal en los secuestros, bombas y ajusticiamientos en la calle producidos por grupos de iluminados que consideraban que había que dar vuelta violentamente el estado de cosas político del país? El prólogo de Ernesto Sabato al Informe de la CONADEP daba cuenta de ello (3). Su modificación ilegal en sus reediciones, por parte del gobierno de Néstor Kirchner (4), no puede ser transferida acríticamente a la interpretación cristiana de la historia de aquellos años.
En efecto, la memoria eclesial, aun con el dolor que ello provoca, ha de dar cuenta con la mayor objetividad posible de los hechos de la historia y de su responsabilidad en ellos. En ese sentido, es importante ver el todo del proceso histórico donde los años de la dictadura militar fueron precedidos por un período de violencia terrorista (5). Y es en dichos años donde se encuentra una relación entre gente de Iglesia y actos terroristas. El paradigmático caso del secuestro del General Aramburu es uno de ellos, aunque de ninguna manera el único.
Esta laguna en la investigación histórica que comentamos no es absoluta. Hay ciertamente referencias a estos episodios en varios puntos del Tomo I. Sin embargo, el balance final parece ser desequilibrado. Se resalta de tal modo la situación del período militar que, ciertamente –y es necesario reiterarlo– fue muchísimo más grave que la producida durante los años previos. Pero es también preciso afirmar que el gobierno de facto habría sido evitado si se hubiesen enfrentado con los recursos de la democracia, es decir, si así lo hubiesen reclamado los sectores de la vida pública, incluida la Iglesia. Ésta, por lo que parece, no estaba suficientemente convencida del valor de la democracia republicana e, incluso, favoreció caminos violentos por parte de sectores juveniles de sus grupos, sin jamás ser autocrítica al respecto.
La sensación general de La verdad los hará libres es que hubo una fuerza del bien y una del mal, donde algunos sectores de la Iglesia definidos por el nacionalismo católico tuvieron una posición cómplice con la desaparición, tortura y asesinatos de numerosas personas.
La participación, directa o indirecta, de miembros de Iglesia en la violencia previa no está desarrollada.
Queda el sabor de un maniqueísmo (7), caracterizado por un esquema simplista respecto a un período que tuvo blancos y negros, pero también muchos grises.
ALGO QUEDA CLARO: POCOS CATÓLICOS CONFIABAN EN EL SISTEMA REPUBLICANO
Los extremismos de la época dejan entrever una ausencia de confianza en el sistema republicano: prevalecen ideologías ligadas a los socialismos o simplemente marxismos, y otras vinculadas con la tradición nacionalista católica. En aquella época pocas voces reflejaban un pensamiento democrático. Monseñor Vicente Zazpe –que con mucha justicia es mencionado en la obra en numerosas ocasiones– es uno de los pocos que no solamente predicaba contra la violencia, sino que incluía en sus charlas radiales y escritos una fundamentación del sistema republicano de gobierno como camino hacia la paz. 
Muchos recordamos su impactante y valiente “Bienaventuranzas para la juventud” en el estadio mundialista de Mendoza, durante el Congreso Mariano Nacional, en 1980, en plena dictadura. En su mensaje invitaba a los jóvenes a la participación política.
Es cierto que en décadas posteriores se hizo un trabajo de diálogo y fortalecimiento institucional, con una importante participación de algunos obispos. Pero eso no se produjo durante los años violentos de la década de 1970, y tampoco se prolongó en el tiempo.
No hubo ninguna voz que, por ejemplo, cuestionara la modificación del prólogo del Nunca más de la CONADEP, donde habían participado tres obispos católicos. El aliento democrático no estuvo presente en gran parte de la Iglesia argentina –como sí lo estuvo en el siglo anterior, cuando Fray Mamerto Esquiú entendió que defender la Constitución era la clave para poner fin a los conflictos internos–.
A MODO DE CONCLUSIÓN
El libro que comentamos es una fuente documental y reflexiva altamente valiosa. Su sesgo, sin embargo, lleva hacia una memoria parcial, donde no aparecen hechos y personas eclesiales que contribuyeron a la violencia desatada en los años previos a la revolución de marzo de 1976. Es necesario complementarlo, como bien señalan sus autores.
A lo mejor esta obra logre ayudar, en la mirada retrospectiva de aquellas décadas violentas, a revisar ese pasado que tanto gravita en el imaginario de muchos argentinos. Por lo pronto, la voluminosa obra es una importante contribución para hacer memoria documentada y crítica de la historia reciente de la Iglesia. Ojalá conduzca a la aparición de estudios complementarios que colaboren a alcanzar una visión integral de aquel pasado tan triste. Porque, es preciso decirlo, ciertamente la verdad nos hará libres, pero sólo si es toda la verdad (9): la histórica en su integralidad y la cristológica, que nos invita a convertirnos y cambiar de raíz nuestro modo de convivencia social y política.



1. Cfr. Montoneros, El mito de sus 12 fundadores, de Lanusse, Lucas, Bs. As., Editorial Vergara 2005, primera edición. El autor señala que el origen cristiano de la organización se delataba en más de una oportunidad, como cuando anunciaban la decisión de “dar cristiana sepultura” a los restos de Aramburu o pedían “que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”, en referencia al asesinato del Teniente General Aramburu.
2. Las acciones violentas prosiguieron durante los años posteriores. Así, por ejemplo, el 1° de agosto de 1978 una bomba colocada por Montoneros explotó en Barrio Norte, sobre la calle Pacheco de Melo, y mató a la hija menor del vicealmirante Armando Lambruschini, Paula, a dos vecinos e hirió a otras quince personas.
3. “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países”. Nunca más, 1984.
4. https://www.lanacion.com.ar/.../controversia-por-el-prologo-agregado-al-informe-nunca-mas-nid807208/.
5. Así lo formulaba, más de una década atrás, Tzvetan Todorov, en “Los riesgos de una memoria incompleta”, El País, 8 de diciembre de 2010.
6. “Casi todos los jóvenes que durante 1970 confluyeron en la organización Montoneros, provenían del campo reformador de la Iglesia Católica. Fue en el contexto del Concilio Vaticano II y en los años inmediatamente posteriores que desarrollaron su primera militancia, al principio sólo social y religiosa. De la mano de numerosos curas, iniciarían en aquellos años un recorrido de consecuencias impredecibles” (Lanusse, op. cit.). Cfr. también: Reato, Ceferino, “Montoneros nació en las sacristías”, Infobae, 3 de marzo de 2014 (https://opinion.infobae.com/ceferino-reato/2014/03/03/montoneros-nacio-en-las-sacristias/index.html).
7. Cfr. Florio, Lucio, "Para una recepción teológica de los años '70", en Criterio, 2174 (9 de mayo de 1996) 203-204; reproducido en Proyecto VII, N° 5 (1996), 37-41 Bs. As.: “El Reino fue en esta época identificado con un proyecto determinado (la patria socialista de los montoneros o la 'occidental y cristiana' de los gobiernos militares). Se puede aprender de estos violentos intentos 'neo-zelotes' de apropiación del Reino de Dios que éste no se identifica con ningún sistema político concreto, ni con ningún partido o movimiento político (cf. Lc 21,8)”.
8. “A veces se espera que la historia dé respuestas simplistas o monocausales porque resulta más fácil de entender, pero la realidad es compleja y requiere diferenciaciones. Hubo distintas opciones entre los laicos, los consagrados y los sacerdotes: sociales, pastorales o políticas, porque sabemos que existían los que pensaban que las transformaciones debían realizarse a partir de los cambios políticos”, (Entrevista a Gustavo Tavelli, Criterio, 2498, Mayo 2023, p. 5). También lo reitera en la página 7, previniendo sobre miradas simplistas.
9. Tal como también lo postula Roberto Bosca en “La verdad que libera es la verdad que completa”, Criterio, 2498, Mayo 2023, p. 50-52.

viernes, 25 de agosto de 2023

BALDOMERO PERLASSA, el crack

Dedicado a aquellos que nos gusta el fútbol jugado por personas de carne y hueso y desconfiamos de los jugadores que son llamados “dioses o mesías”.

 

BALDOMEDO PERLASSA, el crack

Había adquirido el hábito con el correr del tiempo que en la hora del almuerzo solía quedarme en el  comedor de mi lugar de trabajo, en ese momento en la llamada sucursal “James Bond” porque llevaba el número 007  ubicada en la esquina de Rivadavia y Boedo en la Capital Federal. Llevaba la vianda que preparaba la noche anterior, comía mientras dialogaba con algún ocasional compañero  y después me reservaba quince minutos para ir hasta el bar de la esquina y bebía un ristretto que el negro Gómez encargado del lugar al verme entrar ya me preparaba. Luego volvía para seguir las actividades hasta el horario de salida.

Ese día jueves 31 de mayo del año 1985 no había gente porque una fuerte tormenta estaba haciendo estragos en la ciudad y nosotros los pocos empleados que  pudimos llegar teníamos más tiempo para charlar. Luego las crónicas nos contarían que desde las 9 de la mañana de ese  día hasta las 9 del día siguiente  llovieron sobre la capital  más de 1884 milímetros, inundando gran cantidad de barrios con noventa mil evacuados y lamentablemente con catorce muertos.  

Estaba sentado en la mesa del  comedor  y leía del diario Clarín la sección “Deportes”, ese día en la sección nombrada contaba la historia de un jugador de fútbol cuyo título decía: “Baldomero Perlassa, el crack que nos dejó con muchas penas y sin nada de glorias”.

Romanelli, el empleado más antiguo en la sucursal al cual le faltaban pocos meses para jubilarse, echaba agua a la jarra de café que había puesto a calentar a la mañana y a que a esa hora del día hervía y hervía sin visos de cesar esa acción. Beber eso que llamaban osadamente café era asegurase para la posteridad una gastritis o graves problemas de úlcera. Por esa simple razón yo nunca tomaba el café del trabajo e iba por el ristretto diario.

Romanelli ojeo por encima de mi hombro lo que estaba leyendo, luego se sentó en la cabecera de la mesa y me dijo con ese tono porteño que tenía “pibe no leas más, te voy a contar yo la historia de Baldomero”, y comenzó a hablarme en forma pausada:

Baldomero Perlassa fue de esos jugadores que son llamados “todo terreno”. El Flaco jugaba en todos los sectores de la cancha, en todos los puestos y no es una metáfora, es la verdad.

Cuando faltaba el arquero el flaco Perlassa iba al arco y atajaba como los mejores, volaba de palo a palo, anticipaba los córners, tapaba dentro y fuera del área, imbatible era el tal Perlassa. Cuando faltaba un defensor ahí estaba el flaco, defendía como los mejores, iba abajo y trababa, se levantaba y revoleaba el balón para el arco contrario, no pasaba un delantero. Si el problema era en el mediocampo ahí suplía Perlassa el lugar del ausente y pelota que tomaba por izquierda o por derecha la ponía en el pie del delantero que solamente le quedaba patear al arco y hacer el gol, retrocedía cuando atacaban y corría como un correcaminos cuando se trataba del ataque al arco contrario. Y por fin su puesto estrella era ser el goleador del equipo, ahí Perlassa se lucía con "dribilings", túneles a los adversarios, chilenas y toda clase de movimientos artísticos, casi de ballet, para entrar al área y depositar la pelota en la red del equipo adversario. Los tiros libres ejecutados por él desde fuera del área era inatajables, le señalaba el ángulo al arquero y como si usara su mano depositaba la pelota en el hueco que hacían los noventa grados quedando el portero rival revolcado en el suelo y mascullando la bronca que trasuntaba en su cara de pocos amigos. Algunos arqueros  solamente disfrutaban ver pasar la pelota y eran testigos privilegiados de los goles de Perlassa, hasta más todavía, nadie que se ufanará de ser arquero  no recibía el diploma de ese puesto sino tuviera en su historial un gol hecho por Perlassa, para ser licenciado en portería debía haber recibido como mínimo un gol en la vida del flaco Baldomero Perlassa.

Terminaba de jugar y el flaco se iba a trabajar al cementerio. Sí, era el cuidador y sepulturero oficial en el cementerio del pueblo.

¿Y dónde vivía esa tal Perlassa? le pregunté, como para meter un bocadillo en ese monologo que sostenía Romanelli.

Era de Villa el Fortín  un pueblo en los límites entre Santa Fe y Córdoba, tenía unos dos mil habitantes, típico pueblo del interior colonizado por piamonteses que tenía una plaza central, la iglesia que administraba el P. Roque, la municipalidad en el frente de la misma –dónde alternaban radicales, peronistas y demócratas progresistas en la silla de poder de la comuna, la estatua del fundador del pueblo que lo mostraba de pie con un espiga de trigo y un libro en su mano, las escuelas primaria y secundaria –donde pasaban todos los chicos del pueblo, y las sedes de los dos equipos tradiciones y rivales que eran el Filodramático del Sur y la Unión del Norte. El flaco Perlassa era de Filo como se decía campechanamente.

Su oficio lo cumplía a la perfección, como sus goles, limpiaba los mausoleos y los nichos, siempre los caminitos estaban bien demarcados, las flores eran cambiadas regularmente y aquel lugar que era la última morada terrena para los habitantes de ese pueblo, Baldomero se encargaba que fuese un jardín, un verdadero Edén como le habían contado  en su niñez cuando participaba de las catequesis en la parroquia del pueblo. Le había quedado grabada en su memoria las láminas que le mostraban donde el Paraíso Terrenal estaba lleno de plantas, luz, árboles y todo era armonía y alegría, por eso cuando le ofrecieron el trabajo no dudo en un momento en transformarlo en un edén para que el dolor, las lágrimas de los que quedaban y despedían a los que se iban fuese un preanuncio de algo mejor.



Contaban, sigue narrando eufóricamente Romanelli, que Perlassa filosofaba  junto a otros parroquianos todas las tardes en el bar que frecuentaba y decía que en la vida nacemos, vivimos y morimos. Esos tres momentos son fundantes, inevitables y que nacer implica el vivir, ahora como vivimos la vida nos catapulta a  la muerte que podemos esperar. Decía que nadie puede escapar a la muerte, así lo atestiguan millones de personas que se habían ido y agregaba, seguramente es un muy buen lugar porque nadie ha regresado.

Baldomero tenía claro que cada uno tenía su día y su hora para partir y en las grandes charlas le demostraba a sus ocasionales acompañantes que nadie escapaba al destino.

Perlassa, comienza a describirme Romanelli, era blanco como la leche recién ordeñada pero le decían como sobrenombre “el Pelé” en homenaje al gran brasileño que había triunfado en las canchas del mundo. Pero los que vieron jugar a los dos siempre decían que Perlassa era superior al brazuca como algunos decían, despectivamente, en tiempos idos a los brasileños. Recuerdo dijo el Evildo Romanelli cuando todavía las canchas eran de tablón, allí por Boedo en los años 60 se enfrentaron los azulgranas que habían pedido prestado  a Perlassa por una temporada y el Santos de Pelé.

¿Y todos esos datos e historias de dónde lo sabe Ud. Romanelli?

Romanelli me dice que algunos de los datos los obtuvo de un hincha del rojo, el Raulito Francisco, que es socio vitalicio de uno de los dos clubes de Avellaneda, que en su niñez se escapaba luego de comer los ravioles de la tía y junto a su tío iba a la cancha para ver la reserva y luego venía el festín en la primera de aquel Independiente campeón  y que tenía tantas glorias, tan lejos de este presente musita mi interlocutor y también otra fuente había sido el Tute Napolitano, casualmente también hincha del rojo que conocía al tal Perlassa por haber trabajado en la casa de un familiar suyo que vivía en el gran Buenos Aires.

Prosiguió Evildo su relato diciendo que la Asociación del Fútbol Argentino  había decretado un permiso especial para Perlassa, una especie de pasaporte de inmunidad futbolística y con una rara bendición de las hinchadas de los diversos equipos que nunca se enojaron ni insultaron a Baldomero. Ese permiso le permitía jugar en cualquier equipo siempre en cuanto ese equipo avisara con un mes de anticipación que contaría en ese partido con la presencia del gran jugador y en que puesto jugaría el mismo. Así paso por los grandes equipos del fútbol argentino, de Uruguay y Brasil y Paraguay, fue una especie de anticipo del Mercosur pero en lo futbolístico y luego también en algunos equipos europeos, pero no pudo adaptarse en las tierras del viejo mundo porque extrañaba su casa, su pueblo, el cementerio y la milonga.

Perlassa baila el tango en aquel pirungunguin que estaba ubicado en el llamado pueblo viejo. El Fortín nuevo y el viejo estaban divididos por las vías del ferrocarril, la cantidad de habitantes estaba equilibrada entre ambos lados. En el nuevo estaba la cancha de Filo y en el viejo la de Unión, todos los trámites se debían hacer en el pueblo nuevo pues ahí estaba como dijimos la municipalidad, la iglesia y también el banco de la provincia y algunas oficinas públicas y de servicios. En el pueblo viejo había una iglesia, que uno se usaba y una plaza que se si mantenía prolijamente. Algunos ancianos habían quedado en esa parte del pueblo y el resto de las casa eran habitadas por las familias de los empleados de la fábrica de quesos que daba vida comercial y sostenía  económicamente al pueblo todo.

Pero un día, en la década del setenta, Perlassa desapareció de la noche a la mañana del pueblo. Fue una gran conmoción no solo  para su familia, amigos sino para toda aquella comunidad que no podía salir del asombro de lo ocurrido. Era una época complicada para el país, había desapariciones, enfrentamientos violentos, mucho terror y desconfianza en la población. Pero el flaco era limpio, sin dobleces en su decir y hacer y no tenía problemas con nadie, nunca una insulto, una pelea, un enojo. Lo buscaron por cielo y tierra como se decía y no lo encontraron. Ni siquiera dejo una carta, una nota. Su novia Claudia Patricia, conocida como la Nenucha que era la maestra del pueblo quedo tan perpleja como todos y nunca quiso hablar del tema. La Nenucha tuvo un hijo siendo soltera, y en aquel pueblo de rasgos conservadores nunca levantó el dedo inquisidor sobre ella, sino que al contrario, ella estudio geografía y botánica y también tuvo horas en el secundario del pueblo, siempre fue  muy querida y respetada por sus alumnos.

¿Y  qué sucedió con Perlassa?, ¿volvió?, ¿supieron algo de él, lo encontraron vivo o muerto? estas preguntas que dije en forma casi suplicante era porque crecía en mí la ansiedad  como la lava en un volcán en erupción, quería saber que había pasado con ese crack.



Romanelli me seguía contando la historia con ampulosos gestos, teatralizando cada uno de los momentos, hasta podía sentir su emoción en el relato, en sus palabras, percibía sus puntos y comas, y como reía y hasta en momentos derramaba algunas lágrimas como si hubiera una simbiosis entre Perlassa  y él.

El tiempo fue pasando, -continúo Romanelli- la vida continuaba para el pueblo y Baldomero Perlassa fue quedando en el olvido, como si no hubiese existido. De vez en cuando alguien en el bar del pueblo lo recordaba; hasta la tía de un conocido a la que le decían Chita llegó a decir que un mendigo que tocó a su puerta pidiendo un vaso de agua y cuando volvió con el mismo ya no estaba y que pensando en ese rostro aseguró ver a Baldomero, ahora con una larga barba.

Creo que Romanelli captó lo que yo estaba pensando  en ese momento y se sentó nuevamente ya que mucho de lo narrado lo hizo de pie, me miró fijos a los ojos y me dijo, “Flaco este es un secreto entre vos y yo, no podès decirle nada hasta que yo me muera, tenés que prometérmelo”.

Le dije si Don Romanelli –el Don para expresarle mi respeto a sus canas y experiencia- quédese tranquilo, usted me conoce y sabe que nunca hablo de mis compañeros y con mis dedos índices hice una cruz y la besé como señal de eterno silencio, y él agrego “por eso te lo digo a vos Pibe”.

Y soltó una serie de palabras que fueron hilvanando la frase que todavía sigue resonando en mi corazón y en mi mente: “Baldomero Perlassa soy yo”, e inmediatamente se escuchó por los parlantes de la música funcional una melodía que hablaba de amor.

Ahí comprendí las razones por las cuales Perlassa había abandonado el pueblo, su familia, amigos, su novia y la posibilidad de ser un gran ídolo.

Hoy treinta años después de aquella charla y  mientras vuelvo a escuchar esa misma canción titulada “Vattene amore” cantada por Mietta, los recuerdos de esa charla aparecen como fantasmas del pasado, y sentado en el sillón ya no se si Romanelli era Perlassa, si se inventó esa historia o si Perlassa al fin y al cabo es quién les está escribiendo está historia.

Nota: los dibujos que ilustran el cuento pertenecen a Cristina Rosas Ifrán. 

 

 

 

 

 

 

sábado, 13 de agosto de 2022

LA BIBLIA, MESA DE COMUNIÓN

“Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorpréndete cuando la encuentres” (Heráclito).

 

LA BIBLIA

Mesa  de comunión entre la Palabra de Dios  y la Vida Cotidiana de la Humanidad.

Memorias sobre la primera biblia latinoamericana.

Sergio era una adolescente con cierta rebeldía que estaba entrando en la juventud. Fue canalizando sus inquietudes espirituales y sociales luego de hacer un retiro espiritual gracias a su abuela Dominga que le había dado el dinero para esa primera experiencia de acercamiento al mundo de Dios y de la Iglesia.

Alumno de un colegio religioso, el Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas, ya  había recibido varios de los sacramentos y se estaba preparando junto a sus compañeros de curso para la Confirmación. Tenía una biblia con tapas negras blandas, pero no le entusiasmaba su lectura y se había convertido en un elemento decorativo encima de su escritorio junto a varias estampitas de santos y dos pequeñas estatuas de la Virgen –una de Luján y otra de Guadalupe- que su familia le había regalado de las visitas a esos santuarios marianos.

Sergio quería tener su propia biblia. Aquella tarde salió con su bicicleta y pedaleo hasta Libertador sur, allí estaba la única librería católica de la ciudad. Entró y saludo a la dueña del local a la que conocía porque ya había ido varias veces en busca de algún libro, estampas de paulinas, un rosario y diversos objetos que regalaba en las jornadas o convivencia que había comenzado a frecuentar luego del retiro. Preguntó si habían llegado las biblias y ante la respuesta afirmativa pidió una. La señora le puso varios ejemplares sobre el mostrador pero él  se quedó con esa de tapa azul. Pagó y salió del local, y volvió raudamente a su casa. Tenía lo que había ido a buscar. 


Se sentó y empezó a hojear su nueva adquisición. Lo primero que le llamó la atención fueron las cantidad de fotos que tenía esta biblia, ya que la anterior no tenía ninguna figura. Le fue dando una rápida pasada, le escribió dentro de ella su nombre y apellido y dirección. Así comenzó una nueva relación con la Palabra de Dios con esa biblia conocida vulgarmente como latinoamericana.

Él frecuentaba la iglesia de la Consolata, los sacerdotes pertenecían una congregación misionera, iba a misa desde los seis años junto a su mamá. Luego del retiro comenzó a frecuentar la misa diaria y en algún momento uno de los sacerdotes le pidió que dirigiera la misa de los sábados por la tarde, algo que le asusto en primer momento pero acepto igual el servicio y como había practicado oratoria en el colegio fue semana tras semana venciendo la timidez de leer ante tanto público, porque era un templo grande y los sábados se llenaba de feligreses. Muchas de las tardes se quedaba dialogando con los sacerdotes porque se planteaba preguntas existenciales ligadas a la vocación en su futuro luego de culminar los estudios secundarios.

También comenzó a frecuentar algunos grupos juveniles de diversas parroquias de la ciudad donde tenía amigos, siempre estaba curioseando lo que ofrecía cada uno de ellos; eran tiempos de grupos misioneros, de leer revistas que aparecían para los jóvenes cristianos con temáticas juveniles. No quería pertenecer a ninguno de los grupos ya constituidos. También tenía fuertes diferencias con los jóvenes curas diocesanos por miradas diversas sobre algunas cosas de la iglesia y la realidad, en especial con el tema del poder y el dinero. Eran años álgidos para el país, la violencia que había comenzado de tiempos inmemoriales seguía creciendo como si los caines y “los  abeles repitieran hora a hora ese momento trágico de la humanidad y el mito bíblico nunca pudiera tener un final. 


La catequesis de confirmación era guiada por el rector del colegio, el hermano Demetrio, y esa mañana Sergio llevó su nueva biblia. Ninguno llevaba biblia, la mayoría de ellos iban a un colegio religioso por dinastía familiar, por cercanía o como Sergio porque su familia sabía que podía recibir una muy buena formación y el sacrificio de esos padres tendría un resultado en que sus hijos se convirtieran en futuros profesionales en las diversas profesiones liberales que abundaban en la ciudad.

La actividad agropecuaria e industrial de la ciudad y su zona de influencia le imprimía a esa geografía de la pampa gringa una dinámica de trabajo y estudio donde se notaban altos niveles de ingresos en varios sectores de la población. Los barrios con sus edificaciones iban creciendo y más allá de los delitos que se pudieran dar como en otros lugares la mayoría de la gente vivía con cierto orden y tranquilidad. Los domingos eran dedicados al fútbol; lo sábados las familias salían a cenar afuera o hacían vida en algún club; y los jóvenes iban a bailar. Muchos jóvenes que habían ido a estudiar a Córdoba, Santa Fe o Rosario volvían con nuevas ideas, se enfrentaban sus familias y algunos con el tiempo ya no volvieron, pero muchos años después sabíamos el porqué de esa no vuelta y otros si volvieron para el dolor de sus familiares y amigos en ataúdes cerrados, también años después conoceríamos en parte lo que les había ocurrido.

Ese clima de bonanza contrastaba con altos índices de inflación, atentados, paros, huelgas y un sinnúmero de hechos de diversos tipos que asolaban a toda la patria y aquel lugar no podía permanecer fuera de ellos. El diario de la ciudad presagiaba en sus noticias que algo se estaba gestando en Buenos Aires como se decía en los corrillos diarios de las charlas de café o en las casas familiares donde la política no estaba vedada ni excluida. La mayoría de las familias se dividían entre peronistas y radicales. Algunas veces se armaban grandes discusiones pero ante un grito del  patriarca -el abuelo- o la matriarca -la abuela- de la casa todos volvían a sus platos y seguían comiendo, bebiendo y se despedían con besos y abrazos.

Como todas las mañanas muy temprano salió Sergio de su casa en bicicleta para ir al colegio. El miércoles  24 de marzo de 1976  estaba cursando el segundo año de la escuela secundaria. Tenía catorce años. Cuando llego al colegio –cerca de las 7 de la mañana- el Rector estaba parado en el umbral de la amplia puerta para avisarles que ese día no habría clases porque hubo líos en Buenos Aires” agrego.  Tomó su bicicleta y volviendo hacia su casa encontró a su abuelo Lorenzo que estaba comprando carne y le dijo que ese día no tendría clases por los motivos que les había dicho el Hermano Rector.

Al principio no se percató de grandes cambios. Únicamente que todas las mañanas cuando iba al colegio pasaba por el frente de la delegación policial y a partir de ese día tuvo que cambiar el recorrido ya que estaba vallado y no se podía transitar por frente de la misma.

La vida en la ciudad mediterránea seguía con normalidad, salvo que habían cambiado las figuras que gobernaban en el Municipio, el resto era como si no hubiese pasado nada. Los jóvenes estudiantes del secundario seguían desfilando cada fecha patria al mando del Jefe de Bomberos, los que egresaban de quinto año hacían su tradicional viaje a Bariloche, luego los que podían emigraban a las ciudades capitales cercanas a seguir estudiando para hacer realidad el sueño de mi hijo el doctor, otros se quedaban trabajando en los negocios familiares y algunas chicas –muy pocas- también lo hacían y otras se quedaban para la tarea de ser amas de casa e integrar con el tiempo las instituciones de beneficencia del pueblo.

Al Obispo del lugar  lo trataban como Monseñor Doctor, era un catamarqueño que siempre vestía una sotana beige, usaba  anteojos con marcos dorados y unos zapatos negros muy simples. Su tez acriollada presagiaba junto a su tonada la procedencia de aquel Monseñor, un hombre lejano a la realidad y muy cercano a los ámbitos de poder.

El Monseñor seguía día a día la construcción de su sueño: la Catedral terminada,  y la iglesia continuaba recibiendo nuevas vocaciones para el sacerdocio que él como máxima autoridad iba derivando a diversos seminarios para su formación. A los curas díscolos los enviaba un poco más lejos de su ámbito de poder para que lo cuestionaran lo menos posible. Cuentan que una vez en una reunión de curas con el obispo, este preguntó cómo veían su ministerio pastoral, y entonces un curita tercermundista que había participado de tomas de fábricas y del hospital, previo al golpe se levantó y le dijo “Monseñor con todo respeto su ministerio se parece a una bicicleta sin cadena” y antes que el Obispo preguntara por qué le disparo con una frase lacónica, dura pero que pintaba la realidad: “porque pedalea y pedalea pero siempre está en el mismo lugar”. Desde ese día se terminaron las reuniones con los curas, llamaba a uno por uno para monologar. Para saber que pasaba en las capillas y parroquias de su diócesis usaba el servicio secreto de una anciano que con su moto Vespa  y siempre vestido de gris iba de misa en misa para ver que predicaban los sacerdotes, cuantos fieles había aproximadamente en cada uno de ellas y si los ministros ayudantes eran los que él había autorizado.

Sergio colaboraba en la parroquia y le ayudaba en la misa diaria a un sacerdote anciano, italiano de pura cepa, antifascista y gran crítico de Mussolini, el P. Bosco. Era a pesar de su edad muy rebelde y le molestaban los viejos y las viejas comesantos, y le gustaba darle la contra al Obispo. Siempre decía que estaba más allá del bien y del mal. Así que siempre inventaba alguna excusa: a veces que no tenía voz, otras que estaba con fiebre, él presidia la celebración pero el joven Sergio que le ayudaba leía el evangelio o predicaba con su consentimiento y distribuía la comunión. Esto llegaba a los oídos del obispo por intermedio de su informante y lo llamaba al P. Bosco y le recriminaba por esas actitudes amenazándolo con quitarle las licencias eclesiásticas. El P. Bosco le pedía perdón y le decía que no iba a suceder más y siempre seguía igual. Sergio fue protagonista y testigo de esos diálogos donde el obispo creía que imponía su autoridad y aquel cura anciano cuál viejo vizcacha le ganaba por la experiencia de su vejez y siempre se salía con las suyas. El P. Bosco y Sergio se cruzaron por última vez en la vida en una tarde de diciembre y nunca más se vieron.


El día que Sergio llevó la biblia latinoamericana al colegio comenzaron los problemas. Cuando la vio un compañero le dijo que eran un comunista porque esa biblia la habían hecho los comunistas, a lo que Sergio le respondía que eran mentiras y palabras van y palabras vienen la discusión comenzó a subir de tono hasta que el hermano Demetrio pidió silencio y tuvo que  levantar su voz para obtenerlo en medio de esa batahola verbal juvenil. El hermano le pidió la biblia a Sergio y la mostró a todos y muy pausadamente fue describiendo todo aquello que se encontraba dentro de la misma y que según su opinión no había nada que contradijera a lo que se llamaba palabra de Dios. Sergio sintió una sensación de alivio y triunfo, no así su compañero que quedó vencido y enojado.

Al día siguiente unos padres se apersonaron en la rectoría para hablar con el Hermano Rector por el tema de esa biblia, esto lo supo Sergio muchos años de boca del hermano. Los padres habían esgrimido unos recortes de diversos diarios donde Monseñor Idelfonso Sansierra, obispo de la provincia de San Juan había dicho que la biblia en cuestión era marxista y por lo tanto estaba prohibida y no se podía usar en la iglesia católica. Llegaron hasta amenazar que iban a ver al obispo Herrero para denunciar que el colegio y un alumno estaban siendo promotores y gestores del marxismo, que era un mal que se debía extirpar pronto para no generar más infecciones en el cuerpo del tejido social de los alumnos y de la sociedad toda.

El hermano que era conocedor de dicha Biblia y una persona muy sagaz e inteligente les propuso unas charlas sobre la biblia y además le dijo que tenía la autorización de su congregación para vender ejemplares de ella a los alumnos y que estaba esperando la llegada de dichas cajas con los ejemplares, agregando que esperaba que cada familia adquiriera la suya. Los padres tragaron saliva y quedaron solamente en esa bravuconada y poco a poco cada uno de los compañeros de Sergio llegaba a clase trayendo su biblia latinoamericana para los encuentros de catequesis previos a la confirmación.

La biblia se fue convirtiendo en una compañera de Sergio, nunca se separaba de ella. Encuentros, celebraciones, semanas misioneras, misiones en pueblos cordobeses y algunos esporádicos encuentros bíblicos fueron gestando ese lazo de alianza con la palabra de Dios. Luego con el tiempo vinieron otras biblias: un pastor protestante le regalo la clásica de tapas negras y borde de hojas de color rojo, un sacerdote amigo la de Jerusalén para estudiar biblia y teología, y ya viviendo en Buenos Aires se compró la del Pueblo de Dios, llegando a conocer a algunos de sus traductores.


Pero la biblia latinoamericana con las fotos de Luther King y Helder Camara, con la Virgen de Guadalupe y otras tantas figuras y frases la sigue conservando hasta el día de hoy. Ya desgastada, con roturas de su uso y mudanzas, forrada como lo hacía con los libros con un plástico que protegiera las tapas y una imagen de la Virgen de la Consolata siguen siendo parte de aquella primera biblia que sintió como propia, pero no solamente por haberla comprado con sus ahorros, sino porque entendía lo que se leía, era un lenguaje accesible, humano y fraterno. Era el Dios que se hacía carne en la palabra y el pueblo que describía con sus alegrías y tristezas era el pueblo que hoy caminaba por estas tierras.

Sergio, con el paso del tiempo fue leyendo la historia de Abraham y su fe; la travesía de Moisés, los profetas con sus denuncias y anuncios, sus miedos y sus fracasos; las mujeres que continuaron la fe ante las debilidades del pueblo; el poder y la ambición de los reyes, el silencio de María, el Jesús que va creciendo en los encuentros con los enfermos, los pobres, los marginados y va madurando su vocación de servicio a la humanidad junto a los primeros amigos que lo fueron acompañando. El sermón de la montaña y el juicio final al leerlos se dijo que son textos que se deben llevar tatuados en el corazón, y en lo momentos difíciles él siempre volvía  junto a los discípulos de Emaús y lo veía  en la explicación de las escrituras y partiendo el pan.


Luego de años Sergio, ya adulto, mientras caminaba por aquel camino leyó debajo de la tenue luz del farol de la plaza esta frase de Pascal: “Cuando escribo mis pensamientos a veces se me escapan; pero esto me hace recordar mi propia debilidad, que olvido continuamente y me enseña tanto como mi pensamiento olvidado, pues solo lucho por reconocer mi propia insignificancia”.

Sergio L. R. Dalbessio