Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.
lunes, 28 de agosto de 2023
AMPLIAR Y EQUILIBRAR LA MIRADA HISTÓRICA. REVISTA CRITERIO JUNIO/JULIO 2023 AÑO XCVI Nº2499
viernes, 25 de agosto de 2023
BALDOMERO PERLASSA, el crack
Dedicado a aquellos que nos
gusta el fútbol jugado por personas de carne y hueso y desconfiamos de los
jugadores que son llamados “dioses o mesías”.
BALDOMEDO
PERLASSA, el crack
Había adquirido el hábito con el correr del tiempo que en
la hora del almuerzo solía quedarme en el
comedor de mi lugar de trabajo, en ese momento en la llamada sucursal
“James Bond” porque llevaba el número 007 ubicada en la esquina de Rivadavia y Boedo en
la Capital Federal. Llevaba la vianda que preparaba la noche anterior, comía
mientras dialogaba con algún ocasional compañero y después me reservaba quince minutos para ir
hasta el bar de la esquina y bebía un ristretto que el negro Gómez encargado
del lugar al verme entrar ya me preparaba. Luego volvía para seguir las
actividades hasta el horario de salida.
Ese día jueves 31 de mayo del año 1985 no había gente
porque una fuerte tormenta estaba haciendo estragos en la ciudad y nosotros los
pocos empleados que pudimos llegar teníamos
más tiempo para charlar. Luego las crónicas nos contarían que desde las 9 de la
mañana de ese día hasta las 9 del día siguiente llovieron sobre la capital más de 1884 milímetros, inundando gran
cantidad de barrios con noventa mil evacuados y lamentablemente con catorce
muertos.
Estaba sentado en la mesa del comedor y leía del diario Clarín la sección “Deportes”, ese día en la sección
nombrada contaba la historia de un jugador de fútbol cuyo título decía: “Baldomero Perlassa, el crack que nos dejó
con muchas penas y sin nada de glorias”.
Romanelli, el empleado más antiguo en la sucursal al cual
le faltaban pocos meses para jubilarse, echaba agua a la jarra de café que
había puesto a calentar a la mañana y a que a esa hora del día hervía y hervía
sin visos de cesar esa acción. Beber eso que llamaban osadamente café era
asegurase para la posteridad una gastritis o graves problemas de úlcera. Por
esa simple razón yo nunca tomaba el café del trabajo e iba por el ristretto diario.
Romanelli ojeo por encima de mi hombro lo que estaba
leyendo, luego se sentó en la cabecera de la mesa y me dijo con ese tono
porteño que tenía “pibe no leas más, te
voy a contar yo la historia de Baldomero”, y comenzó a hablarme en forma pausada:
Baldomero Perlassa fue de esos jugadores que son llamados
“todo terreno”. El Flaco jugaba en todos los sectores de la cancha, en todos
los puestos y no es una metáfora, es la verdad.
Cuando faltaba el arquero el flaco Perlassa iba al arco y
atajaba como los mejores, volaba de palo a palo, anticipaba los córners, tapaba
dentro y fuera del área, imbatible era el tal Perlassa. Cuando faltaba un
defensor ahí estaba el flaco, defendía como los mejores, iba abajo y trababa,
se levantaba y revoleaba el balón para el arco contrario, no pasaba un
delantero. Si el problema era en el mediocampo ahí suplía Perlassa el lugar del
ausente y pelota que tomaba por izquierda o por derecha la ponía en el pie del
delantero que solamente le quedaba patear al arco y hacer el gol, retrocedía
cuando atacaban y corría como un correcaminos cuando se trataba del ataque al
arco contrario. Y por fin su puesto estrella era ser el goleador del equipo,
ahí Perlassa se lucía con "dribilings", túneles a los adversarios,
chilenas y toda clase de movimientos artísticos, casi de ballet, para entrar al
área y depositar la pelota en la red del equipo adversario. Los tiros libres
ejecutados por él desde fuera del área era inatajables, le señalaba el ángulo
al arquero y como si usara su mano depositaba la pelota en el hueco que hacían
los noventa grados quedando el portero rival revolcado en el suelo y
mascullando la bronca que trasuntaba en su cara de pocos amigos. Algunos
arqueros solamente disfrutaban ver pasar
la pelota y eran testigos privilegiados de los goles de Perlassa, hasta más
todavía, nadie que se ufanará de ser arquero no recibía el diploma de ese puesto sino tuviera
en su historial un gol hecho por Perlassa, para ser licenciado en portería
debía haber recibido como mínimo un gol en la vida del flaco Baldomero
Perlassa.
Terminaba de jugar y el flaco se iba a trabajar al cementerio.
Sí, era el cuidador y sepulturero oficial en el cementerio del pueblo.
¿Y
dónde vivía esa tal Perlassa? le pregunté, como para
meter un bocadillo en ese monologo que sostenía Romanelli.
Era de Villa el Fortín un pueblo en los límites entre Santa Fe y
Córdoba, tenía unos dos mil habitantes, típico pueblo del interior colonizado
por piamonteses que tenía una plaza central, la iglesia que administraba el P.
Roque, la municipalidad en el frente de la misma –dónde alternaban radicales,
peronistas y demócratas progresistas en la silla de poder de la comuna, la estatua
del fundador del pueblo que lo mostraba de pie con un espiga de trigo y un
libro en su mano, las escuelas primaria y secundaria –donde pasaban todos los
chicos del pueblo, y las sedes de los dos equipos tradiciones y rivales que
eran el Filodramático del Sur y la Unión del Norte. El flaco Perlassa era de
Filo como se decía campechanamente.
Su oficio lo cumplía a la perfección, como sus goles, limpiaba
los mausoleos y los nichos, siempre los caminitos estaban bien demarcados, las
flores eran cambiadas regularmente y aquel lugar que era la última morada
terrena para los habitantes de ese pueblo, Baldomero se encargaba que fuese un
jardín, un verdadero Edén como le habían contado en su niñez cuando participaba de las
catequesis en la parroquia del pueblo. Le había quedado grabada en su memoria
las láminas que le mostraban donde el Paraíso Terrenal estaba lleno de plantas,
luz, árboles y todo era armonía y alegría, por eso cuando le ofrecieron el
trabajo no dudo en un momento en transformarlo en un edén para que el dolor,
las lágrimas de los que quedaban y despedían a los que se iban fuese un
preanuncio de algo mejor.
Contaban, sigue narrando eufóricamente Romanelli, que
Perlassa filosofaba junto a otros
parroquianos todas las tardes en el bar que frecuentaba y decía que en la vida
nacemos, vivimos y morimos. Esos tres momentos son fundantes, inevitables y que
nacer implica el vivir, ahora como vivimos la vida nos catapulta a la muerte que podemos esperar. Decía que
nadie puede escapar a la muerte, así lo atestiguan millones de personas que se
habían ido y agregaba, seguramente es un muy buen lugar porque nadie ha
regresado.
Baldomero tenía claro que cada uno tenía su día y su hora
para partir y en las grandes charlas le demostraba a sus ocasionales
acompañantes que nadie escapaba al destino.
Perlassa, comienza a describirme Romanelli, era blanco
como la leche recién ordeñada pero le decían como sobrenombre “el Pelé” en
homenaje al gran brasileño que había triunfado en las canchas del mundo. Pero
los que vieron jugar a los dos siempre decían que Perlassa era superior al brazuca como algunos decían, despectivamente,
en tiempos idos a los brasileños. Recuerdo dijo el Evildo Romanelli cuando
todavía las canchas eran de tablón, allí por Boedo en los años 60 se
enfrentaron los azulgranas que habían pedido prestado a Perlassa por una temporada y el Santos de
Pelé.
¿Y
todos esos datos e historias de dónde lo sabe Ud. Romanelli?
Romanelli me dice que algunos de los datos los obtuvo de
un hincha del rojo, el Raulito Francisco, que es socio vitalicio de uno de los
dos clubes de Avellaneda, que en su niñez se escapaba luego de comer los
ravioles de la tía y junto a su tío iba a la cancha para ver la reserva y luego
venía el festín en la primera de aquel Independiente campeón y que tenía tantas glorias, tan lejos de este
presente musita mi interlocutor y también otra fuente había sido el Tute
Napolitano, casualmente también hincha del rojo que conocía al tal Perlassa por
haber trabajado en la casa de un familiar suyo que vivía en el gran Buenos
Aires.
Prosiguió Evildo su relato diciendo que la Asociación del
Fútbol Argentino había decretado un
permiso especial para Perlassa, una especie de pasaporte de inmunidad
futbolística y con una rara bendición de las hinchadas de los diversos equipos
que nunca se enojaron ni insultaron a Baldomero. Ese permiso le permitía jugar
en cualquier equipo siempre en cuanto ese equipo avisara con un mes de
anticipación que contaría en ese partido con la presencia del gran jugador y en
que puesto jugaría el mismo. Así paso por los grandes equipos del fútbol
argentino, de Uruguay y Brasil y Paraguay, fue una especie de anticipo del
Mercosur pero en lo futbolístico y luego también en algunos equipos europeos,
pero no pudo adaptarse en las tierras del viejo mundo porque extrañaba su casa,
su pueblo, el cementerio y la milonga.
Perlassa baila el tango en aquel pirungunguin que estaba
ubicado en el llamado pueblo viejo. El Fortín nuevo y el viejo estaban
divididos por las vías del ferrocarril, la cantidad de habitantes estaba
equilibrada entre ambos lados. En el nuevo estaba la cancha de Filo y en el
viejo la de Unión, todos los trámites se debían hacer en el pueblo nuevo pues
ahí estaba como dijimos la municipalidad, la iglesia y también el banco de la
provincia y algunas oficinas públicas y de servicios. En el pueblo viejo había una
iglesia, que uno se usaba y una plaza que se si mantenía prolijamente. Algunos
ancianos habían quedado en esa parte del pueblo y el resto de las casa eran
habitadas por las familias de los empleados de la fábrica de quesos que daba
vida comercial y sostenía económicamente
al pueblo todo.
Pero un día, en la década del setenta, Perlassa desapareció
de la noche a la mañana del pueblo. Fue una gran conmoción no solo para su familia, amigos sino para toda
aquella comunidad que no podía salir del asombro de lo ocurrido. Era una época
complicada para el país, había desapariciones, enfrentamientos violentos, mucho
terror y desconfianza en la población. Pero el flaco era limpio, sin dobleces
en su decir y hacer y no tenía problemas con nadie, nunca una insulto, una
pelea, un enojo. Lo buscaron por cielo y tierra como se decía y no lo encontraron.
Ni siquiera dejo una carta, una nota. Su novia Claudia Patricia, conocida como la
Nenucha que era la maestra del pueblo quedo tan perpleja como todos y nunca
quiso hablar del tema. La Nenucha tuvo un hijo siendo soltera, y en aquel
pueblo de rasgos conservadores nunca levantó el dedo inquisidor sobre ella,
sino que al contrario, ella estudio geografía y botánica y también tuvo horas
en el secundario del pueblo, siempre fue muy querida y respetada por sus alumnos.
¿Y qué sucedió con Perlassa?, ¿volvió?, ¿supieron
algo de él, lo encontraron vivo o muerto? estas preguntas que
dije en forma casi suplicante era porque crecía en mí la ansiedad como la lava en un volcán en erupción, quería
saber que había pasado con ese crack.
Romanelli me seguía contando la historia con ampulosos
gestos, teatralizando cada uno de los momentos, hasta podía sentir su emoción
en el relato, en sus palabras, percibía sus puntos y comas, y como reía y hasta
en momentos derramaba algunas lágrimas como si hubiera una simbiosis entre
Perlassa y él.
El tiempo fue pasando, -continúo Romanelli- la vida
continuaba para el pueblo y Baldomero Perlassa fue quedando en el olvido, como
si no hubiese existido. De vez en cuando alguien en el bar del pueblo lo
recordaba; hasta la tía de un conocido a la que le decían Chita llegó a decir
que un mendigo que tocó a su puerta pidiendo un vaso de agua y cuando volvió
con el mismo ya no estaba y que pensando en ese rostro aseguró ver a Baldomero,
ahora con una larga barba.
Creo que Romanelli captó lo que yo estaba pensando en ese momento y se sentó nuevamente ya que
mucho de lo narrado lo hizo de pie, me miró fijos a los ojos y me dijo, “Flaco este es un secreto entre vos y yo,
no podès decirle nada hasta que yo me muera, tenés que prometérmelo”.
Le dije si Don Romanelli –el Don para expresarle mi
respeto a sus canas y experiencia- quédese tranquilo, usted me conoce y sabe
que nunca hablo de mis compañeros y con mis dedos índices hice una cruz y la
besé como señal de eterno silencio, y él agrego “por eso te lo digo a vos Pibe”.
Y soltó una serie de palabras que fueron hilvanando la
frase que todavía sigue resonando en mi corazón y en mi mente: “Baldomero Perlassa soy yo”, e
inmediatamente se escuchó por los parlantes de la música funcional una melodía
que hablaba de amor.
Ahí comprendí las razones por las cuales Perlassa había
abandonado el pueblo, su familia, amigos, su novia y la posibilidad de ser un
gran ídolo.
Hoy treinta años después de aquella charla y mientras vuelvo a escuchar esa misma canción
titulada “Vattene amore” cantada por Mietta, los recuerdos de esa charla
aparecen como fantasmas del pasado, y sentado en el sillón ya no se si
Romanelli era Perlassa, si se inventó esa historia o si Perlassa al fin y al
cabo es quién les está escribiendo está historia.
Nota: los dibujos que ilustran el cuento pertenecen a Cristina Rosas Ifrán.
sábado, 13 de agosto de 2022
LA BIBLIA, MESA DE COMUNIÓN
“Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorpréndete cuando la encuentres” (Heráclito).
LA BIBLIA
Mesa de comunión entre la Palabra de Dios y la Vida Cotidiana de la Humanidad.
Memorias sobre la primera biblia latinoamericana.
Sergio era una adolescente con cierta rebeldía que estaba entrando en la juventud. Fue canalizando sus inquietudes espirituales y sociales luego de hacer un retiro espiritual gracias a su abuela Dominga que le había dado el dinero para esa primera experiencia de acercamiento al mundo de Dios y de la Iglesia.
Alumno de un colegio religioso, el Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas, ya había recibido varios de los sacramentos y se estaba preparando junto a sus compañeros de curso para la Confirmación. Tenía una biblia con tapas negras blandas, pero no le entusiasmaba su lectura y se había convertido en un elemento decorativo encima de su escritorio junto a varias estampitas de santos y dos pequeñas estatuas de la Virgen –una de Luján y otra de Guadalupe- que su familia le había regalado de las visitas a esos santuarios marianos.
Sergio quería tener su propia biblia. Aquella tarde salió con su bicicleta y pedaleo hasta Libertador sur, allí estaba la única librería católica de la ciudad. Entró y saludo a la dueña del local a la que conocía porque ya había ido varias veces en busca de algún libro, estampas de paulinas, un rosario y diversos objetos que regalaba en las jornadas o convivencia que había comenzado a frecuentar luego del retiro. Preguntó si habían llegado las biblias y ante la respuesta afirmativa pidió una. La señora le puso varios ejemplares sobre el mostrador pero él se quedó con esa de tapa azul. Pagó y salió del local, y volvió raudamente a su casa. Tenía lo que había ido a buscar.
Se sentó y empezó a hojear su nueva adquisición. Lo primero que le llamó la atención fueron las cantidad de fotos que tenía esta biblia, ya que la anterior no tenía ninguna figura. Le fue dando una rápida pasada, le escribió dentro de ella su nombre y apellido y dirección. Así comenzó una nueva relación con la Palabra de Dios con esa biblia conocida vulgarmente como latinoamericana.
Él frecuentaba la iglesia de la Consolata, los sacerdotes pertenecían una congregación misionera, iba a misa desde los seis años junto a su mamá. Luego del retiro comenzó a frecuentar la misa diaria y en algún momento uno de los sacerdotes le pidió que dirigiera la misa de los sábados por la tarde, algo que le asusto en primer momento pero acepto igual el servicio y como había practicado oratoria en el colegio fue semana tras semana venciendo la timidez de leer ante tanto público, porque era un templo grande y los sábados se llenaba de feligreses. Muchas de las tardes se quedaba dialogando con los sacerdotes porque se planteaba preguntas existenciales ligadas a la vocación en su futuro luego de culminar los estudios secundarios.
También comenzó a frecuentar algunos grupos juveniles de diversas parroquias de la ciudad donde tenía amigos, siempre estaba curioseando lo que ofrecía cada uno de ellos; eran tiempos de grupos misioneros, de leer revistas que aparecían para los jóvenes cristianos con temáticas juveniles. No quería pertenecer a ninguno de los grupos ya constituidos. También tenía fuertes diferencias con los jóvenes curas diocesanos por miradas diversas sobre algunas cosas de la iglesia y la realidad, en especial con el tema del poder y el dinero. Eran años álgidos para el país, la violencia que había comenzado de tiempos inmemoriales seguía creciendo como si “los caines” y “los abeles” repitieran hora a hora ese momento trágico de la humanidad y el mito bíblico nunca pudiera tener un final.
La catequesis de confirmación era guiada por el rector del colegio, el hermano Demetrio, y esa mañana Sergio llevó su nueva biblia. Ninguno llevaba biblia, la mayoría de ellos iban a un colegio religioso por dinastía familiar, por cercanía o como Sergio porque su familia sabía que podía recibir una muy buena formación y el sacrificio de esos padres tendría un resultado en que sus hijos se convirtieran en futuros profesionales en las diversas profesiones liberales que abundaban en la ciudad.
La actividad agropecuaria e industrial de la ciudad y su zona de influencia le imprimía a esa geografía de la pampa gringa una dinámica de trabajo y estudio donde se notaban altos niveles de ingresos en varios sectores de la población. Los barrios con sus edificaciones iban creciendo y más allá de los delitos que se pudieran dar como en otros lugares la mayoría de la gente vivía con cierto orden y tranquilidad. Los domingos eran dedicados al fútbol; lo sábados las familias salían a cenar afuera o hacían vida en algún club; y los jóvenes iban a bailar. Muchos jóvenes que habían ido a estudiar a Córdoba, Santa Fe o Rosario volvían con nuevas ideas, se enfrentaban sus familias y algunos con el tiempo ya no volvieron, pero muchos años después sabíamos el porqué de esa no vuelta y otros si volvieron para el dolor de sus familiares y amigos en ataúdes cerrados, también años después conoceríamos en parte lo que les había ocurrido.
Ese clima de bonanza contrastaba con altos índices de inflación, atentados, paros, huelgas y un sinnúmero de hechos de diversos tipos que asolaban a toda la patria y aquel lugar no podía permanecer fuera de ellos. El diario de la ciudad presagiaba en sus noticias que algo se estaba gestando en Buenos Aires como se decía en los corrillos diarios de las charlas de café o en las casas familiares donde la política no estaba vedada ni excluida. La mayoría de las familias se dividían entre peronistas y radicales. Algunas veces se armaban grandes discusiones pero ante un grito del patriarca -el abuelo- o la matriarca -la abuela- de la casa todos volvían a sus platos y seguían comiendo, bebiendo y se despedían con besos y abrazos.
Como todas las mañanas muy temprano salió Sergio de su casa en bicicleta para ir al colegio. El miércoles 24 de marzo de 1976 estaba cursando el segundo año de la escuela secundaria. Tenía catorce años. Cuando llego al colegio –cerca de las 7 de la mañana- el Rector estaba parado en el umbral de la amplia puerta para avisarles que ese día no habría clases porque “hubo líos en Buenos Aires” agrego. Tomó su bicicleta y volviendo hacia su casa encontró a su abuelo Lorenzo que estaba comprando carne y le dijo que ese día no tendría clases por los motivos que les había dicho el Hermano Rector.
Al principio no se percató de grandes cambios. Únicamente que todas las mañanas cuando iba al colegio pasaba por el frente de la delegación policial y a partir de ese día tuvo que cambiar el recorrido ya que estaba vallado y no se podía transitar por frente de la misma.
La vida en la ciudad mediterránea seguía con normalidad, salvo que habían cambiado las figuras que gobernaban en el Municipio, el resto era como si no hubiese pasado nada. Los jóvenes estudiantes del secundario seguían desfilando cada fecha patria al mando del Jefe de Bomberos, los que egresaban de quinto año hacían su tradicional viaje a Bariloche, luego los que podían emigraban a las ciudades capitales cercanas a seguir estudiando para hacer realidad el sueño de mi hijo el doctor, otros se quedaban trabajando en los negocios familiares y algunas chicas –muy pocas- también lo hacían y otras se quedaban para la tarea de ser amas de casa e integrar con el tiempo las instituciones de beneficencia del pueblo.
Al Obispo del lugar lo trataban como Monseñor Doctor, era un catamarqueño que siempre vestía una sotana beige, usaba anteojos con marcos dorados y unos zapatos negros muy simples. Su tez acriollada presagiaba junto a su tonada la procedencia de aquel Monseñor, un hombre lejano a la realidad y muy cercano a los ámbitos de poder.
El Monseñor seguía día a día la construcción de su sueño: la Catedral terminada, y la iglesia continuaba recibiendo nuevas vocaciones para el sacerdocio que él como máxima autoridad iba derivando a diversos seminarios para su formación. A los curas díscolos los enviaba un poco más lejos de su ámbito de poder para que lo cuestionaran lo menos posible. Cuentan que una vez en una reunión de curas con el obispo, este preguntó cómo veían su ministerio pastoral, y entonces un curita tercermundista que había participado de tomas de fábricas y del hospital, previo al golpe se levantó y le dijo “Monseñor con todo respeto su ministerio se parece a una bicicleta sin cadena” y antes que el Obispo preguntara por qué le disparo con una frase lacónica, dura pero que pintaba la realidad: “porque pedalea y pedalea pero siempre está en el mismo lugar”. Desde ese día se terminaron las reuniones con los curas, llamaba a uno por uno para monologar. Para saber que pasaba en las capillas y parroquias de su diócesis usaba el servicio secreto de una anciano que con su moto Vespa y siempre vestido de gris iba de misa en misa para ver que predicaban los sacerdotes, cuantos fieles había aproximadamente en cada uno de ellas y si los ministros ayudantes eran los que él había autorizado.
Sergio colaboraba en la parroquia y le ayudaba en la misa diaria a un sacerdote anciano, italiano de pura cepa, antifascista y gran crítico de Mussolini, el P. Bosco. Era a pesar de su edad muy rebelde y le molestaban los viejos y las viejas “comesantos”, y le gustaba darle la contra al Obispo. Siempre decía que estaba más allá del bien y del mal. Así que siempre inventaba alguna excusa: a veces que no tenía voz, otras que estaba con fiebre, él presidia la celebración pero el joven Sergio que le ayudaba leía el evangelio o predicaba con su consentimiento y distribuía la comunión. Esto llegaba a los oídos del obispo por intermedio de su informante y lo llamaba al P. Bosco y le recriminaba por esas actitudes amenazándolo con quitarle las licencias eclesiásticas. El P. Bosco le pedía perdón y le decía que no iba a suceder más y siempre seguía igual. Sergio fue protagonista y testigo de esos diálogos donde el obispo creía que imponía su autoridad y aquel cura anciano cuál viejo vizcacha le ganaba por la experiencia de su vejez y siempre se salía con las suyas. El P. Bosco y Sergio se cruzaron por última vez en la vida en una tarde de diciembre y nunca más se vieron.
El día que Sergio llevó la biblia latinoamericana al colegio comenzaron los problemas. Cuando la vio un compañero le dijo que eran un comunista porque esa biblia la habían hecho los comunistas, a lo que Sergio le respondía que eran mentiras y palabras van y palabras vienen la discusión comenzó a subir de tono hasta que el hermano Demetrio pidió silencio y tuvo que levantar su voz para obtenerlo en medio de esa batahola verbal juvenil. El hermano le pidió la biblia a Sergio y la mostró a todos y muy pausadamente fue describiendo todo aquello que se encontraba dentro de la misma y que según su opinión no había nada que contradijera a lo que se llamaba palabra de Dios. Sergio sintió una sensación de alivio y triunfo, no así su compañero que quedó vencido y enojado.
Al día siguiente unos padres se apersonaron en la rectoría para hablar con el Hermano Rector por el tema de esa biblia, esto lo supo Sergio muchos años de boca del hermano. Los padres habían esgrimido unos recortes de diversos diarios donde Monseñor Idelfonso Sansierra, obispo de la provincia de San Juan había dicho que la biblia en cuestión era marxista y por lo tanto estaba prohibida y no se podía usar en la iglesia católica. Llegaron hasta amenazar que iban a ver al obispo Herrero para denunciar que el colegio y un alumno estaban siendo promotores y gestores del marxismo, que era un mal que se debía extirpar pronto para no generar más infecciones en el cuerpo del tejido social de los alumnos y de la sociedad toda.
El hermano que era conocedor de dicha Biblia y una persona muy sagaz e inteligente les propuso unas charlas sobre la biblia y además le dijo que tenía la autorización de su congregación para vender ejemplares de ella a los alumnos y que estaba esperando la llegada de dichas cajas con los ejemplares, agregando que esperaba que cada familia adquiriera la suya. Los padres tragaron saliva y quedaron solamente en esa bravuconada y poco a poco cada uno de los compañeros de Sergio llegaba a clase trayendo su biblia latinoamericana para los encuentros de catequesis previos a la confirmación.
La biblia se fue convirtiendo en una compañera de Sergio, nunca se separaba de ella. Encuentros, celebraciones, semanas misioneras, misiones en pueblos cordobeses y algunos esporádicos encuentros bíblicos fueron gestando ese lazo de alianza con la palabra de Dios. Luego con el tiempo vinieron otras biblias: un pastor protestante le regalo la clásica de tapas negras y borde de hojas de color rojo, un sacerdote amigo la de Jerusalén para estudiar biblia y teología, y ya viviendo en Buenos Aires se compró la del Pueblo de Dios, llegando a conocer a algunos de sus traductores.
Pero la biblia latinoamericana con las fotos de Luther King y Helder Camara, con la Virgen de Guadalupe y otras tantas figuras y frases la sigue conservando hasta el día de hoy. Ya desgastada, con roturas de su uso y mudanzas, forrada como lo hacía con los libros con un plástico que protegiera las tapas y una imagen de la Virgen de la Consolata siguen siendo parte de aquella primera biblia que sintió como propia, pero no solamente por haberla comprado con sus ahorros, sino porque entendía lo que se leía, era un lenguaje accesible, humano y fraterno. Era el Dios que se hacía carne en la palabra y el pueblo que describía con sus alegrías y tristezas era el pueblo que hoy caminaba por estas tierras.
Sergio, con el paso del tiempo fue leyendo la historia de Abraham y su fe; la travesía de Moisés, los profetas con sus denuncias y anuncios, sus miedos y sus fracasos; las mujeres que continuaron la fe ante las debilidades del pueblo; el poder y la ambición de los reyes, el silencio de María, el Jesús que va creciendo en los encuentros con los enfermos, los pobres, los marginados y va madurando su vocación de servicio a la humanidad junto a los primeros amigos que lo fueron acompañando. El sermón de la montaña y el juicio final al leerlos se dijo que son textos que se deben llevar tatuados en el corazón, y en lo momentos difíciles él siempre volvía junto a los discípulos de Emaús y lo veía en la explicación de las escrituras y partiendo el pan.
Luego de años Sergio, ya adulto, mientras caminaba por aquel camino leyó debajo de la tenue luz del farol de la plaza esta frase de Pascal: “Cuando escribo mis pensamientos a veces se me escapan; pero esto me hace recordar mi propia debilidad, que olvido continuamente y me enseña tanto como mi pensamiento olvidado, pues solo lucho por reconocer mi propia insignificancia”.
Sergio L. R. Dalbessio




