Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








viernes, 27 de octubre de 2017

LA ESPERA -cuento-

LA ESPERA

¨Todos compartimos el mundo por un breve tiempo” (Desconocido)

La señora Mónica se levantó temprano como lo hacía todos los días. Encendió la hornalla, llenó la pava con agua y la puso sobre el fuego. Vacío el mate del día anterior en el cesto de los residuos que estaba sobre la mesada. Apenas la pava comenzó a silbar la retiró del fuego, luego lleno el mate con yerba, mojó levemente la yerba, introdujo la bombilla y lo llenó con agua caliente, así tomó ese primer mate de la mañana. Puso el resto del agua en el termo, apagó la hornalla, salió al patio y miró las plantas. El sol iba descorriendo de a poco las sombras de la noche.

La Señora Mónica tomó varios mates seguidos, luego sacó la traba de la puerta que daba a la calle, destrabó los pasadores, puso la llave, la giro dos veces y bajando el picaporte abrió la puerta que la devolvió al mundo de los mortales. Mirando desde la puerta saludo a algunos vecinos que pasaban rumbo a sus trabajos,  a otros que barrían de sus veredas  las últimas hojas que estaban cayendo del otoño y a los que paseaban sus perros.

Luego de un tiempo de mirar, caminó hacia la esquina, vio que los recolectores de residuos se habían llevado la bolsa que había depositado en la tarde anterior en el canasto sostenido por el palo de la luz.


Volvió a entrar, siguió tomando unos mates, encendió la radio, escuchó las noticias y luego se puso a esperar. De la radio salían voces con comentarios, propagandas y noticias. Ella estaba sentada y  esa espera se alternaba con los mates que seguía tomando. No puedo saber lo que piensa, su rostro no delata nada. Puedo percibir que detrás de  los gruesos anteojos están sus ojos fijos. 

El tiempo pasa, los segundos le dan paso a los minutos y estos siguen girando en el minutero del reloj y así va cambiando la hora. La espera avanza. ahora junto a su ansiedad. No llega lo esperado. Tarda más de lo habitual. Se levanta, toma el teléfono, disca el número y luego de un rato de espera  nadie le contesta. Cuelga el teléfono y se vuelve a sentar.  

Continúa esperando. El tiempo no se detiene. El tiempo es como la vida, aunque estemos sentados y no hagamos nada con ella sigue corriendo. Tarde o temprano llegará lo que ella espera. Sentada escucha un golpe que interrumpe esa tensa espera. Un golpe le sucede a otro. Se levanta casi automáticamente, llega a la puerta y la abre y se saludan. 

La Señora Mónica le dice: “un sifón por favor”.

sdalbessio@gmail.com 

lunes, 18 de septiembre de 2017

LA COCA REDIVIVA -cuento-

Preámbulo: 
Hace tiempo que he comenzado un Taller de Literatura.
Mi primer maestro literario fue el gran amigo Pedro Luis Armano.
Él me fue guiando por diversas lecturas, en forma paciente y pedagógica. Me fue "haciendo" gustar de las novelas y de los diversos autores. También despertó en mi la necesidad y las ganas de escribir, y ahí el estilo fue periodístico.
Luego de un tiempo de ostracismo literario fui retomando la idea de pulir la escritura.
Es un trabajo artesanal que incluye: mucha lectura, escritura, corrección, reescritura y así a cada momento e instante.
Es Néstor Tellechea, un poeta y escritor bernalense, quién semana a semana me va haciendo conocer a nuevos autores y tiene la paciencia de ir corrigiendo mis escritos y sugiriendo temas e ideas.
Estoy en una etapa de leer cuentos y escribirlos. Voy ensayando, corrigiendo y recogiendo cada día. Hoy voy a compartir un pequeño cuento en el cual confluyen historias diversas, primero me fueron narradas en forma oral y decidí enhebrarlas en un pequeño texto, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

LA COCA REDIVIVA

Salimos desde el barrio de Palermo en el Chevallier e hicimos el viaje en unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente hasta llegar a nuestro destino. Nos estaba esperando Don Eusebio apoyado en su Torino rojo de cuatro puertas. La figura de él  sí denotaba que en los tiempos mozos había sido integrante del cuerpo de Granaderos a Caballo, dato que conocía porque me lo habían contado. Volviendo al auto, observé que las llantas estaban cromadas, la carrocería lustrada y el sol que daba sobre los vidrios, producía un destello de luz que lo hacía único.  Él me saludo con un apretón de manos bien fuerte, como se estila en los pueblos de nuestras provincias. Nos invitó a subir al Torino, me hizo señas que me sentara adelante, me acomodé en una mullida butaca y me puse el cinturón. El cinturón es un elemento agregado porque los torinos no los traían de fábrica, me agregó. Observé el volante que era de madera  impecablemente lustrado como también el tablero con “blem”, el olor lo delataba. Brillaba  todo en su interior y del equipo de música emergía la voz del Mudo.

El Torino se puso en marcha hacia ese barrio desconocido para mí, en el norte del Gran Buenos Aires. Según pude saber, ese Torino era 1970 S Sedán, con palanca al piso y tantos datos más que me iba proporcionando Don Eusebio, y muchos ya se escapaban a mi intelecto de agnóstico fierrero. Soy solamente un usuario de los autos y lo único que conozco es que me llevan y traen de un lugar a otro. Íbamos tranquilos por la Panamericana, desviamos por la colectora y comenzamos a transitar barriadas de casas bajas y jardines al frente, así de a poco el paisaje iba cambiando de composición y nos adentramos en un barrio donde el cielo se puede observar a simple vista y el aire es sinónimo de pureza.

Cuando entré a ser habitante-copiloto del Torino, me vino el recuerdo de Don Luis Otamendi, que tenía uno igual allá por los setenta, aunque aquel era de color marrón. Don Luis mantenía algunos negocios de compra y venta de cabezas vacunas con mi abuelo. Triste historia la de Don Luis, su hija falleció de leucemia siendo muy joven y la habitación que ocupó hasta su muerte, quedó tal como estaba, nunca –ni su esposa ni Don Luis- tocaron absolutamente nada, como si esperaran su regreso; hasta una caja de cigarrillos abierta estaba encima de la mesita de luz. Como si lo de la hija fuera poco, Héctor, el hijo de Don Luis, fue chupado por los militares en Córdoba en los terribles años de plomo y nunca más apareció. Mil conjeturas se tejieron sobre este muchacho. Desde que estaba escondido en un campo de sus familiares en Las Petacas, donde nacen los trigales en la provincia de Santa Fe, hasta que se había ido a Cuba. Lo vi dos o tres veces que vino a casa junto a Don Luis, recuerdo que era rubio, alto e hincha de Independiente. Juan Carlos, que era vecino de los Otamendi y con el tiempo se convirtió en mi amigo, me contó que el domingo antes de irse para Córdoba – la última vez que estuvo en la ciudad-  el hijo de Don Luis le pasó por debajo de la puerta del garaje unos folletos de un partido de izquierda del cuál era militante dentro del ámbito universitario. Pero volvamos a nuestro camino por las calles de Benavidez.

Llegamos y Don Eusebio estacionó el Toro, como le fue diciendo todo el viaje, frente a una linda casita de color blanca, con muchos árboles y flores en su frente.  Nos salieron a recibir varios perros que me olían para saber si era de confiar o no. Pasado ese primer detector de buenos deseos nos adentramos al comedor, allí estaba ella, Doña Gloria, la señora de Don Eusebio, que me recibió con afecto y cariño como si nos conociéramos desde siempre.
Nos ofrecieron unos mates que personalmente saboreé con entusiasmo y ganas después del viaje, y que fue matizado con algunas tortas fritas que daban sensación de comunión y fraternidad.

La razón de mi ida era muy simple. Mis amigos Duilio y Tota se iban un mes de vacaciones a Europa y necesitaban a alguien de confianza que les preparara a sus padres los remedios y se los ordenara para que no se equivocaran en los horarios y días que debían ingerir cada una de las tantas pastillas que tomaban a diario. En ese trámite estábamos, ellos me enseñaban y yo anotaba prolija y responsablemente, cuando de pronto llegó ella. Entró impregnando de perfume todo el lugar y se dirigió directamente hacia mí presentándose: “Soy Mirta, amiga y vecina, para lo que usted me necesite”. No soy tímido ni tampoco de recular en chancletas, pero quedé impresionado de esa figura que estaba enfundada en un vestido rojo, labios rabiosamente pintados también del mismo color y un ostentoso peinado de los ochenta.

Como se decía en el barrio, la relojeé de arriba abajo y de derecha a izquierda, preguntándome de dónde había salido semejante personaje. Haciendo gala de su vecindad, traía un plato con pedazos de torta que según ella había hecho ese mismo día, al probarla no podría asegurar la fecha de elaboración, pero daba la sensación de que ya tenía varios días.

Después de haber anotado todo sobre la medicación, acordamos que iría los sábados y supervisaría que tomasen cada uno de los remedios respectivos y que todas las noches a las ocho los llamaría para preguntarles cómo había estado el día y cómo se sentían. Así que ese tema fue resuelto rápidamente por ambas partes. Todos obtendríamos algún beneficio: las personas tomarían su medicación según lo acordado por el médico, mis amigos podrían viajar tranquilos y yo me ganaría –en estos tiempos de crisis- unos pesos extras.

Los dueños de casa habían preparado el almuerzo y nos invitaron a que nos quedáramos, algo a lo que no nos pudimos negar cuando vimos en el patio la parrilla que tenía entre sus hierros calientes, abundante carne, chorizos y algunas achuras. El humo despertó mi fiera interior y los fuelles de mis pulmones se llenaron de ese olor que te hace ser argentino hasta la médula, por más que detestes serlo el resto del tiempo.
Mientras esperábamos que el asadito estuviera a punto, en una mesa, preparada debajo de una enredadera túpida y bien verde comenzamos a hincarle el diente a la tradicional picadita donde abundaba el queso, salamines, otros fiambres, aceitunas negras y verdes, papitas, picles y rebanadas de pan. Al ir saboreando esas delicias, la espera del asadito no se hizo eterna. Vino con soda, cerveza y gaseosas que eran las bebidas que estaban sobre la mesa, cubierta por un lindo mantel floreado y una vajilla impecable que cerraban la escena. Hicimos un brindis por los que iban a viajar, por los que recién nos habíamos conocido y por ella.

Si por ella, por Mirta, la del vestido y labios rojos que me hizo recordar a Caloi cuando dibujada a la Mulatona, pero si aquella era negra, Mirta era más que blanca. ¿Por ella? ¿Cuál era la razón? Es que entre el final de los remedios y el principio de la picada nos fue contando sus sueños juveniles que fuimos escuchando entre atónitos y perplejos. Nos dijo Mirta que ella habría querido estudiar,  algo que no pudo hacer porque su infancia fue pobre, tuvo que salir a trabajar desde chica para ayudar a la familia a parar la olla y que luego se “ennovió” y como quedó embarazada, no una sino varias veces,  se dio cuenta de que se le había pasado el tiempo. Atiné a preguntarle como queriendo hacer un corte “qué le habría gustado estudiar a Ud.”, y nos dijo: psicóloga social. Y de ahí sin necesidad de generar otra pregunta de mi parte, nos siguió relatando que si habría podido estudiar esa carrera su objetivo hubiera sido ayudar a las mujeres que sufren violencia, a aquellas que son flageladas por novios, maridos o padres y de ahí en más fue una perorata de declaración de principios que la habían motivado a tener esos deseos sublimes y no concretados de estudiar. Todos asentimos esos buenos deseos y algunos hasta ensayamos la frase: “Nunca es tarde para estudiar”, aunque en realidad en nuestro interior pensáramos distinto.

 Estábamos entrándole al último pedazo de vacío después de descarnar varias costillas, engullirnos un rico choripán, ensartar algunas achuras y no dejar de picar un pedazo de morcilla, cuando “lá” Mirta retomó el discurso. Y digo “lá” Mirta, es porque así se la llama a la gente en nuestros pueblos. Me hizo recordar mi vida por los pueblos santafecinos y cordobeses donde decíamos “la” Doris, “la” Cristina, “el” Evelio o “el” Arnaldo, pero siempre con el artículo que precedía al nombre. Esto del artículo desapareció inmediatamente de mi vocabulario una vez que traspasé allí por los años ochenta la General Paz y me hice porteño, unitario y ya no usé más el artículo precediendo a un nombre  y la Avenida Callao se transformó en “Cayao”, haciendo hincapié en la “y” griega diciendo “CaYao”, bien fuerte para que no dudaran que mi porteñidad.

Todos teníamos todavía nuestras bocas ocupadas y los dientes bien afilados saboreando los manjares que venían bien calentitos desde la parrilla cercana, y ¨la” Mirta, como dije, se despacha diciendo: ¡Cómo me habría gustado ser la Coca Sarli en la película “Carne”! Todos nos miramos asombrados, y en verdad ella no había bebido más que gaseosas en todo el almuerzo, incluida la picada, así que no era fruto del alcohol aquella confesión inesperada para todos los presentes.

Y para beneplácito de algunos y vergüenza de otros, eso creo, “la” Mirta siguió narrando escenas de la película, como si las estuviera haciendo en vivo y directo. Ella iba narrando despegada de nosotros y como si se estuvieran proyectando aquellas aberraciones que sucedían en la película sobre ese escenario natural que era el quincho entre enredaderas, amapolas y hortensias. Cómo nos habrá cautivado con sus palabras y sus gestos que hasta los perros que esperaban que les tiráramos los huesos, se sentaron y quedaron como hipnotizados por esa figura de “la” Mirta interpretando a “la” Delicia en la icónica escena de la violación que ocurría en el camión en ese film dirigido por Armando Bo.

A todo eso “el” Duilio –esposo de “la” Tota, mis amigos por los cuales yo estaba ahí- comenzó a ponerse colorado y al final de la narración su rostro tenía un rojo bermellón que seguro hubiera sido envidia de los pintores más importantes del mundo que no lo habrían conseguido por más mezclas realizadas. Ese fue un logro de “la” Mirta –de ponerlo colorado al Duilio- ya que en un momento atinó a decir que “el” Duilio  podría ser ese obrero del frigorífico cuyo personaje se llamaba Humberto y lo encarnó Romualdo Quiroga,  quien la rapta y genera con ese hecho todas las consecuencias posteriores que sufre la Delicia.

Al llegar a la noche a mi casa, después de un día de tantas emociones y novedades, antes de acostarme prendí la computadora y puse en el buscador la película. Mientras la miraba no podía olvidarme de “la” Mirta y su interpretación, y en un momento no supe si en realidad “la” Mirta era la verdadera protagonista de la película, y “la” Coca la que había vuelto del más allá, a la casa de mis amigos, o si todo lo había vivido o simplemente lo había soñado –pero ya no era lo importante- porque en tal caso, como dijo el poeta: “Cuando morís, si tenés suerte, durante un tiempo, sos un recuerdo”.


S.D.
sdalbessio@gmail.com 

lunes, 20 de febrero de 2017

PENSABA EN LAS LORITAS QUE REVOLOTEAN POR EL BARRIO…


(Reflexiones “simplonas” sobre país-soja-ecología y sociedad)

La soja es una buena planta. Nos da alimento y varios productos más derivados de la misma. Su semilla se ha esparcido por doquier en nuestro vasto territorio. Como alimento no es objetable, puede paliar en parte la hambruna que recorre este mundo, comenzando por casa.

Sin embargo el desborde que tuvimos en los últimos casi 20 años de terrenos sembrados de soja nos ha llevado a un sinnúmero de sinsabores. Logros por un lado, pero también fracasos.
Al daño ambiental –conocido y padecido por los argentinos a lo largo y lo ancho del país- se le suma el social, que es un flagelo que como el anterior nos llevarán años reconvertir.

Daño ambiental: bosques aniquilados, selvas devastadas y gran tala de árboles. Esto trajo como consecuencia una mutación y traslación del sistema de la flora y  la fauna. Desborde de ríos con inundaciones y daños en vastas poblaciones. Envenenamiento de personas y animales por agrotóxicos para darle más fuerza y prontitud a la planta en su crecimiento. Se dejaron de cultivar otros granos: maíz, trigo, girasol, etc. El cambio de recibir un cheque mensual por el campo alquilado fue dejar de criar animales y bajar la productividad de la leche. Así podríamos nombrar una serie de elementos que impactaron en forma negativa en nuestro sistema ecológico-ambiental.

Al principio –con las retenciones a la soja- el gobierno  comenzó a tener en las arcas del Estado un dinero que entraba a chorros. Un dinero que debía canalizarse en obras públicas: puentes, caminos, rutas, agua potable, sistemas de cloacas, escuelas, hospitales y obras que apuntalaran el sistema social en forma ascendente en su calidad de vida.

Nada de lo anterior ocurrió, el dinero se fue esparciendo en planes sociales, en comprar voluntades políticas, y en obras nunca realizadas.  Ese gran chorro se fue convirtiendo “un choreo nacional”.
Pero quiero volver en el daño social infligido por los dividendos obtenidos por la soja: planes sociales que tenían un inicio y un fin se convirtieron en eternos. Esto generó una captación política partidaria de amplios sectores de la sociedad, también conculco sueños y proyectos personales de muchas personas que querían una vida mejor. Marchas y piquetes se convirtieron en un trabajo para muchas personas, muchos adolescentes que debían estar estudiando estaban cortando una ruta.

Abuelos, padres e hijos se fueron transformando en ignorantes, en generaciones sin trabajo y obviamente a obtener un dinero que fue pan para su momento, pero en el tiempo se fue trastocando en hambre y en decadencia. Muchos –no todos- siguieron obteniendo esos dineros de forma ilícita. El narcotráfico también supo dónde anclar, el buen y rápido dinero es apetecible para muchos que viven el presente –sin memoria del pasado y sin esperanza para el futuro.

Simplemente pienso que la soja fue una gran oportunidad para tener un alimento más con todos sus derivados que nos permitiría crecer como sociedad. Fue una fiebre incontenible para muchos que llenaron sus arcas sembrando o haciendo sembrar dicha semilla. Pero la misma no usada correctamente nos ha infligió a los argentinos un gran daño: ambiental y social. Ambos serán muy difíciles de poder revertirlos porque ya llevan muchos años enquistados en nuestro cuerpo social.

La avaricia y la codicia no poseen límites. La avaricia y la codicia no saben de clases sociales. Corroen a todos los seres humanos por igual. Solamente pensando en términos humanos y de  hermandad podemos planificar la solución de los problemas que nos atañen para la plenificación personal y  social de todos los integrantes de la comunidad humana.


Solamente son ideas que me atraparon un domingo a la mañana y no quería dejarlas dar vuelta por mi pensamiento, sino volcarlas en una hoja mientras las loritas siguen creciendo y desplegando sus verdes alas en una parte del cielo bonaerense.
Sergio L. R. Dalbessio

lunes, 16 de enero de 2017

NO TUVE MÀS UN AMIGO IGUAL

El vendió sus sueños y acortó caminos. 
Más les puedo asegurar que no tuve nunca más un amigo igual
El perdió lo suyo y yo también perdí lo mío 
Algo nos cambió el perfume tierno del estío 
Entre bambalinas yo juego a estar vivo 
El cepilla un perro todos los domingos 
Ya no creo que recuerde nuestro río 
Más les puedo asegurar que no tuve nunca más, 
un amigo igual Aún recuerdo su sonrisa y siento que el destino 
Es como algunas botellas donde duerme el vino 
Unas se conservan y otras se avinagran, 
Y aunque el tiempo mate ciertas bellas almas 
Siempre guardo lo que fuera suyo y mío, 
Y les puedo asegurar que no tuve nunca más un amigo igual.
Tiernamente amigos (Víctor Heredia)

Soy un bicho de radio. En el éter me siento más cómodo. La mente puede navegar sin inconvenientes. Hoy escuchando Bravo Continental, el locutor  Fernando Bravo hizo un homenaje a Víctor Heredia. La primera canción que nos hizo escuchar fue Tiernamente amigos, la versión de Heredia junto a Jairo.

Escuchando la canción fui nadando en emociones a mi infancia-adolescencia. Recordé a mi amigo Jorge Raúl. Un vecino que vivía frente a nuestra casa. En un pasillo dónde había dos casas muy pequeñas. En una la habitaba un matrimonio con tres hijas: Don Román Gallegos, su señora y sus hijas Mónica, Mabel y Marcela. En la otra estaban Doña María, Jorge mi amigo, su tío Alberto y Ana.

Durante años lo llamábamos cariñosamente el negrito por su tez. Petiso y regordete. Era un gran pibe. Muy bueno. Por esas cosas de la vida fuimos compartiendo los juegos de la infancia: fútbol, figuritas, bolitas, andares en bicicleta y todo aquello que los pibes podíamos hacer en una ciudad que crecía día a día.

Compartíamos los sueños del futuro, hablábamos de las chicas que nos gustaban y también íbamos al cine matinée, dónde todavía veíamos dos películas. El cine temáticamente paso por películas de romanos, luego los westerns reemplazaron al circo romano. Las eternas  peleas de cowboys e indios les dieron paso a los soldados de la segunda guerra mundial –siempre en versiones norteamericanas-, y ya en la última etapa tuvimos la invasión de las artes marciales. Luego al ver Nazareno Cruz y el lobo se quebró la infancia dando paso a la adolescencia.

Volviendo a mi amigo Jorge, su abuela –a la cual él llamaba mamá- lo cuidaba y educaba con valores. Siempre lo llamaba a respetar, a escuchar. No olvido su cara y sus arrugas de abuelita del interior. Su tío Alberto era pintor, salía con su bicicleta y a veces volvía temprano, a veces la abuela lo mandaba a Jorge a buscarlo. Algún bar lo había detenía en su regreso, casi todos en el interior tenìan como un paso por algún bar para enjugar los labios. A veces los labios desbordaban y entonces sobrevenía alguna pelea o simplemente no saber cómo volver a casa. Escuche por primera vez esa frase que decía: “·los pobres se emborrachan y los ricos se alegran”. A Alberto nunca lo vi enojado, siempre sonriente y respetuoso.

Ana era su mamá, aunque Jorgito había decidido llamarla por su nombre de pila. Trabajaba y también cuidaba de él. En las ciudades y pueblos del interior siempre sucedían esas historias de abuelas que cuidaban a sus nietos que sus hijas tenían a una edad adolescente. Parte de una sociedad que respetuosamente ocultaba situaciones. Hoy creo que eso se fue venciendo. Nunca conocí a su papá. Ojalá –pienso en lo profundo de mi corazón- él lo haya conocido. Nunca lo sabré.

Fuimos creciendo y cada uno fue sorteando diversos caminos. Unos meses antes de partir a Buenos Aires ya no nos hablamos más. Creo  además que su habían mudado. Ya hace treinta y siete años que partí aquel 23 de enero. Nunca más lo vi. Pregunte varias veces por él. Supe que trabajaba en una panadería.

Solamente le deseo –aunque quizás la vida no nos una en la tierra- que haya tenido una buena vida y haya transitado caminos de felicidades como los que pude ir caminando yo día a día.

Ese amigo fue construyendo esa persona que soy hoy.

Link de la canciòn cantada por Vìctor Heredia y Jairo   https://youtu.be/O-Z-0G5IZRE 




jueves, 5 de enero de 2017

VECINOS y LABURANTES

"Compartí la vida con grandes personas y a la vez fui testigo de las pequeñas miserias humanas que se encuentran hasta en los mejores individuos. Creo que dejé de idealizar a los demás y aprendí a quererlos en su verdadera dimensión, relativizando los defectos demasiados evidentes en una vida intensamente comunitaria" (Mamerto Menapace)


En el arcón de los recuerdos voy extrayendo aquellos pedazos de historia que a uno lo van constituyendo como persona. Viví mi infancia en un barrio de casas simples y de gente trabajadora.

Cada uno tenía su trabajo y ese era el sustento de su familia. Se compraba un terreno y se iba construyendo ladrillo a ladrillo la casa. A veces se había realizado el esfuerzo y se compraba una casa que se iba remodelando de acuerdo a las necesidades familiares y los vaivenes económicos del país.

No escuche nunca la palabra vagancia. El mendigo pasaba, pedía con respeto y con unción sagrada se le entregaba para comer, beber y alguna ropa o elemento que fuese útil en su vida. Las gracias nunca faltaban. Hasta aquel que era medio remolón en cuestiones de trabajar, esa especie de personaje tipo Fatiga que hace muy bien Minguito en la películas “Los muchachos de mi barrio” siempre tenía su oportunidad de colaborar y ganarse su dinero.

Mi papá Imar con su hermano Olivio, luego de venir del trabajo del campo anclaron en la ciudad y con su propia soderîa se convirtieron en “los soderos de la vida”.  Soderîa “El Sergio” –los beneficios de ser el primero cómo hijo, sobrino y nieto. Había muchos soderos: los hermanos Caballero, Gilli, los hermanos Mercol, el gordo Camisassa, el petiso Heredia y muchos más. Un trabajo duro, de fuerza y mucha paciencia. En invierno se levantaban más tarde y arrancaban a las 6,15 a repartir soda. En el verano se adelantaba la hora y era por “la fresca” como se decía. Así que a las 5,30 como una oración del breviario laboral se salía a repartir cada sifón hasta completar el rosario diario que cerraba un día de trabajo.

En el verano, luego de los doce años de edad, siempre colaboraba con mi padre. No me lo pedía. Pero intuí que era lo que debía hacer por todo aquello que iba recibiendo de ellos día a día. Estudios, viajes, retiros, campamentos y convivencias formaban parte de mi vida. Era lo que ellos me daban –permitiéndome hacerlo y el dinero necesario para realizarlo- y solamente siempre antes de partir recibía las jaculatorias profanas “no hagas macanas” y “hace el bien”. Nadie pensaba en los derechos del niño. Era voluntario trabajar y libremente era querido por mí. Cada niño si podía colaboraba con su papá o mamá en las actividades que podía. Uno ya se empezaba a sentir grande y además se iban asumiendo responsabilidades. Señal que estábamos creciendo.

Los sifones eran pesados. Cabeza de plomo. Seis sifones por cajón. Llenarlos, cargarlos y descargarlos. Así como una rueda sinfín. Anotar en una libreta o cobrarlos, según la conveniencia del cliente. Casas de familias, restaurantes, parrilladas y bares eran los depositarios del “agua con cosquillas”.

Clientes alegres, gruñones, pícaros, honestos, quién pagaba o quién siempre tenía una excusa para estirar la cuenta. Parte de una sociedad en la que fuimos haciéndonos grandes.

Al mediodía de los veranos, después de comer, con la infaltable  camiseta con tiras mi papá se paraba en el portón de la casa para ver pasar a los empleados y obreros que venían del primer turno de trabajo. De Motores Corradi, de Molinos de Boero y Romano, de la Marina Funcional, de Pinocho, de Caven del Este y tantas fábricas y negocios que había en la ciudad. Una explosión de trabajo y de consumo. También época de muchos conflictos y de inusitada violencia. Muchas muertes sin razón, pero ese será otro capítulo.

Mi madre cocinaba, limpiaba, lavaba y atendía algunos clientes que venían a casa a buscar soda. Casi todas las mamás se dedicaban a la casa, algunas eran maestras. Ella me pedía ir a la panadería o al almacén. Así que montaba en mi bicicleta roja. En los sueños y la imaginación fue pasando de un corcel al estilo del Zorro hasta un auto último modelo al estilo de James Bond. Era una bicicleta de dos ruedas. Pero soñar no costaba nada. Siempre quedaba con el vuelto alguna golosina –no eran muy comunes- y los clásicos huesitos (tenían forma de huesos para perros) de la panadería de Marchessini. Mi mamá después de años de silencioso trabajo tuvo su recompensa jubilándose como ama de casa. La vida tiene sus vericuetos.

Los vecinos aportaban lo suyo: el gran Batán, el verdulero de la esquina –Bv. Juan B. Justo y Gerónimo del Barco, fanático de Boca. Siempre alegre, divertido, amable. Un personaje central del barrio. Años después supe su apellido –Panero. Maretto, el kiosquero, cada mañana con su bicicleta y con su moto traía el diario La Voz de San Justo. Don Bischoff, un alemán gruñón, zinguero, siempre vestido con su jardinero verde. El Aldo Salvaneschi, venia de trabajar en la fábrica, descansaba y se ponía a realizar las hamacas, las calesitas, los sube y baja –rojos y blancos del querido River Plate, para que en la Navidad y Reyes los chicos tuvieran un pequeño parque de diversión en sus casas. Los papás de: los Heredia, del Gerardo Giustetti y del César Daguero tenían su trabajo, ya sea como empleado en la empresa de energía eléctrica, carpintero y dedicado a la fotografía –en ese orden. Cada uno tenía su modo lícito de ganarse el pan de cada día. No se conocían los planes trabajar. Se trabajaba.

Algunos mayores ostentaban el título de “Don”. Palabra reservada a la sabiduría, al respeto, a quién se la había ganado y se la merecía. Don Lorenzo era mi abuelo. Por eso cuando hace años una vecina me empezó  a llamar Don Sergio me remonté a ese tiempo y me dije “me gane el respeto de los vecinos”.

Así podría nombrar a una cantidad de vecinos y vecinas que van surgiendo en mi memoria. El negro Gerván y la Rosa, Don Rodríguez y su esposa, los nonos Bessone, los Viotto, los Giner, los Gambini, los Goethe, Melano, Don Fenoglio –quién decidió irse de este mundo muy temprano y  Doña Ofelia, el Chiche, Doña Lucero y su hijo el Alberto, tío del Jorgito Contreras –un gran amigo de la infancia. Después fueron llegando nuevas familias, nuevos amigos y amigas. Se fue renovando el barrio poco a poco.

Unas líneas para una familia de apellido Rossi, el papá era albañil, muy humildes, eran varios hermanitos, y uno de ellos era sordomudo. Vivieron un tiempo en Bv. Juan B. Justo y Larrea. Muy buenos amigos. Después  se fueron a vivir a la ciudad de Córdoba. Muchos años después uno de ellos volvió a visitarnos: era aquel niño –ahora joven- sordomudo que ya había aprendido a expresarse con el lenguaje de señas. Fue una gran emoción volver a verlo.

Todos íbamos a la escuela. La mayoría iba a escuelas estatales. Yo era uno de los pocos del barrio que iba a escuela privada. Pero todos usábamos guardapolvo blanco en la primaria. La diferencia en el uniforme recién aparecía en la secundaria.

Como todo barrio había sus peleas. Un celo, un egoísmo o una medianera con una fila más de ladrillos hacían que estallase un conflicto que los chicos vivíamos como una guerra mundial. Insultos, palabrotas y por una tiempo los vecinos no se saludaban. Luego cuando sobrevenía alguna muerte o las fiestas de fin de año aquellas peleas eran olvidadas y ganaba nuevamente la concordia. Hasta que nuevamente se desatará la furia. En su mayoría descendientes de italianos esto es como un ADN que nos constituía. También había turcos (después de grande me dijeron que eran sirio-libaneses), alemanes y españoles.

La siesta era un momento sacro dónde se clausuraba todo movimiento. De muy pequeño la sufría. Luego de más grande me escapaba y nos juntábamos en alguna casa del barrio sin hacer ruido a escuchar radio y hablar de sueños y muchas quimeras. La siesta podía durar de 45 minutos a una hora y media. Según la necesidad y las responsabilidades asumidas. Luego se seguía sin prisa y sin pausa las tareas diarias.

Una vez el querido Batán organizó un partido de fútbol con toda la gente del barrio. Estamos hablando de hombres entre cuarenta y cincuenta años. Muchos de ellos se destacaron en su juventud en diversos clubes o bien en el potrero barrial. Siempre lo recuerdo como un momento de alegría dónde todos podían estar juntos. Luego del partido, que era una excusa, una generoso asado y muchas bebidas. Hasta el día de hoy siempre este episodio juega en mi vida como real e imaginario. Como esas historias que contaba el padre del personaje principal de la película de Tim Burton en “El gran pez”.


Muchos de ellos ya no están, están sus hijas e hijos, sus nietos y bisnietos. De muchos no supe más nada. Después de partir del barrio, a los 17 años, las noticias y las caras se fueron espaciando. Quedaron esos rostros en mi memoria. En mis profundos recuerdos. En el gran afecto. Un par de lágrimas quizás sea el mejor homenaje a estos hombres y mujeres que son parte de mi historia.

Esos vecinos fueron construyendo esa persona que soy hoy. 

miércoles, 4 de enero de 2017

INFANCIA Y JUGUETES

“Para los que en la vida hemos comido del fruto del bien y del mal ya no es posible retornar a la infancia. Tenemos que avanzar hacia la esperanza. La nostalgia tiene que madurar en anhelo y convertirse en fuerza para avanzar las estrellas. La esperanza es la victoria sobre la nostalgia. Las estrellas nos siguen invitando a caminar”. En “La estrella y el árbol –Raíces y sueños” de Mamerto Menapace.

Hoy caminaba por la calle principal de Bernal. Me detuve en una vidriera a ver juguetes. Me transporté a unos 45 ò 47 años atrás en el tiempo. Me encontré caminando por la avenida más importante de San Francisco (Córdoba) que se llama Bv 25 de Mayo. Parado en la juguetería de los Lamberti. La atendían varios hermanos. Gente mayor. A esa edad toda persona era grande.

Allí en las vidrieras miraba y miraba los juguetes. Pensando y soñando en los que tendría. Sinceramente mis padres nunca me compraron un juguete de ese lugar (aunque me hacían buenos regalos navideños –bicicleta, pelota de fútbol, botines sacachispas). 

Así que durante un tiempo –domingo tras domingo- fui ahorrando las monedas que me sobraban de la entrada al cine –iba a la matinée. Así chirola tras chirola cuando tuve lo suficiente fui a comprar a esa juguetería “Mis ladrillos” que eran de goma. 


Durante años fueron parte de la fantasía de construir en la cocina de mi casa cientos de historias. Casas realizadas con esos ladrillitos, corrales –hechos con broches-, mezclados con soldaditos, indios y animales hacían que el tiempo de juego fuese sagrado.

 ¿Qué será de esa juguetería? Sé que la infancia se fue hace muchos años. Un maravilloso tiempo de Niños Dios, Papás Noeles y Reyes magos con agua y pasto.

Pero esos ladrillos y esos juegos fueron construyendo esa persona que soy hoy. 

martes, 18 de octubre de 2016

DOÑA PILAR, UNA CARICIA DE DIOS...

Hace tiempo que vengo pensando unas líneas para hacer un homenaje a una persona que conocí y valoré mucho en el Instituto Santa Cruz, donde vengo trabajando desde el 1 de agosto de 1990. 

Esa persona es Doña Pilar. Una persona que comencé a descubrir con el tiempo y a medida que fueron pasando los años y en numerosos los diálogos encontré a alguien de una gran fe y de un gran amor.
Doña Pilar la que cuidaba las plantas del tercer piso con esmero y dedicación. Doña Pilar la abuela que vivía preocupada por sus nietos. Doña Pilar la que se ocupaba de sus hijas y se desvivía por sus vidas. Doña Pilar la que tenía siempre el café presto para sus queridos profesores.

Doña Pilar y su infaltable sonrisa
A veces me decía: “Sergio cuando tenga un ratito me gustaría charla con Ud.”. Un diálogo con ella equivalía a aprender para mí. Me hablaba de su querido y amado Ramón. De sus hijas y las preocupaciones que tenía. De las cosas del colegio. Siempre prudente y precisa. 

Me dijo luego de retirar los restos de su hijo del cementerio de la Chacarita: “Sergio he pasado nuevamente por el mismo dolor que tuve cuando mi hijo murió”. 

Los visité varias veces en su departamentito de la calle Boedo. Ramón y ella gente sencilla y abierta, de gran corazón. Cada palabra de ellos se transformaba en evangelio para mi espíritu y mi corazón. Ella me pedía consejo a mí y nunca se enteró que era yo el aconsejado.

Una vez participó de una reunión en el colegio y propuso que no se descontara los días de paro o bien el presentismo a los que no podíamos ir por problemas de transporte. Me dijo: “cuando lo dije pensé en Ud. y Cristina que vienen de tan lejos y no tienen auto”. Evangelio puro, nada más para agregar.
Lloraba en cada internación y operación de Ramón, su ser amado. Siempre puestas en las manos de Dios.

Todo lo que ella me dijo durante tantas y lindas charlas –muchas entre mate y mate- han quedado grabado en mi corazón – personalmente he mantenido esa fidelidad sacerdotal laica de no revelar lo que he escuchado y la persona me pide esa discreción. Ella ha depositado en mi corazón su fe y su amor.
Cuando su querido Ramón tuvo su Pascua ella no era ya la misma. Me hablaba de sus hijos, sus nietas…pero yo sentía en sus palabras y sus lágrimas que estaba con su ser amado.

Doña Pilar al lado del P. Marcos y junto al Personal de Maestranza
Contuvo su enfermedad en silencio durante años, cuando Ramón se fue ella soltó ese dique y comenzó a caminar hacia él.

Hoy con tantas reivindicaciones quiero hacer memoria de una gran mujer que he conocido. Su figura diminuta se ha acrecentado con los años, sus silencios se transformaron en palabras y sus gestos en vida. En Doña Pilar he sentido siempre la presencia y el bálsamo de Dios en nuestra existencia.

GRACIAS DOÑA PILAR!!! Ruegue por nosotros. Amén.