Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








domingo, 31 de diciembre de 2017

EL PENDIENTE (cuento)


A mediados de diciembre, con un calor agobiante, fui a pasar unos días al Monasterio de Luján. Todos los años, en algún momento, siento esa necesidad imperiosa de estar un tiempo en silencio. El lugar es sencillo, la edificación es moderna y confortable y está rodeado por un extenso campo. En varias partes se levantan pequeños islotes de diferentes especies de árboles. La tranquilidad solamente parecer verse alterada por el canto de los pájaros que van y vienen, de algunos grillos que parecen narrar sus historia cuando llega la noche, y los sapos que croan en las tres diminutas lagunas esparcidas en el terreno. En algunos momentos ladra el único perro que cuida el convento. Averigüé y me dijeron que se llama Bernardo.

Cuando llegué al lugar, después de tocar el timbre, el hermano hospedero me dio un cálido recibimiento y casi en forma inmediata puso a mi disposición los horarios que mantienen la sincronía diaria de aquellos que estamos ahí. Luego me condujo a mi habitación. Es pequeña, con una ventana, una cama, un escritorio con su silla, algunos cuadros de imágenes religiosas, un crucifijo  y un baño, pequeño pero con lo suficiente para la higiene personal.

Descorrí las cortinas y desde la ventana pude observar el campanario, no muy elevado, que a las tres en punto de la mañana da inicio a la jornada de oración y trabajo.
A las dos y treinta ya me levanto. Una ducha rápida, me cambio y salgo para estar unos minutos antes en la capilla que congrega a los monjes y visitantes. Me gusta sentarme en el medio del templo y en un banco amplio. Una vez que estoy allí un monje se me acerca y me extiende un libro que será la guía en las oraciones de la jornada.

Se escuchan las campanas, y minutos después todos nos ponemos de pie. Un hermano avanza haciendo la señal de la cruz  y todos lo seguimos  como un ejército sigue la orden de su oficial. De allí en más las oraciones cantadas se alternan con los recitados. Cada salmo es precedido por una antífona y se culmina con una alabanza cantada que invoca al Dios como Padre, Hijo y Espíritu. Al principio y al final todos nos ponemos de pie otra vez. De esa manera termina ese primer momento del día en que los monjes llaman maitines. Siempre se debe rezar antes el amanecer, después cada uno tanto monjes como visitantes, se dirigen a sus tareas. No obstante, a mí me gusta quedarme un rato más y luego pasar por el comedor común. Lleno un tazón con café y leche, lo endulzo con miel, tomo dos panes y tres galletas. Tengo siempre la misma rutina  y me retiro a mi habitación para leer y meditar.

La oración se repite en varios horarios durante el día. A las siete lo llaman laudes y la oración está engarzada en forma inmediata con la misa.  Vienen luego dos momentos que denominan: prima y tercia. Luego a las doce se reza lo que se llama sexta y dónde también se canta el Ángelus en honor de la Virgen. Luego del almuerzo y el breve descanso, a las quince, se reza Nona, dedicada a la misericordia. Cuando el sol va decayendo hacemos la oración de  las llamadas Vísperas, también junto al Ángelus. Culminando la jornada, luego de la cena, y pasada las veinte se rezan completas. Aquí se recibe la bendición con agua bendita y se hace recuerdo de la muerte, invitando a tener el espíritu preparado para nuestra propia muerte. Aquello que comienza bien temprano tiene su cierre. Hemos pasado por las diferentes etapas del hombre que se levanta para trabajar y pone su confianza en Dios, luego va desarrollando sus actividades y se detiene a invocarlo en diversos momentos del día y al final de la jornada pone nuevamente la propia vida en sus manos.
En este andar cíclico de hombre y tiempo, como un engranaje perfecto marcado por la naturaleza, cada uno de nosotros va desarrollando sus actividades en absoluto silencio, que puede ser interrumpido con un saludo o un cruzar de miradas. Aquellos que nos hospedamos por un breve tiempo gozamos de la prerrogativa de preguntar al hermano hospedero por tal o cual actividad. Siempre se recibe una escueta pero cálida respuesta.
El domingo la jornada comenzó como los días anteriores. Pero la misa –como es un día festivo- se celebra a las once y pueden participar además todos los visitantes externos que están de paso. Muchos son feligreses de cada domingo, ya sea por su proximidad al Monasterio o bien porque son parientes de algún hermano monje u ocasionales peregrinos que van rumbo a sus casas de fin semana.

Había amanecido con uno sol pleno, el cielo estaba libre de nubes, y la temperatura era agradable, por lo cual presagiaba una jornada muy buena, y de ahí que los peregrinos que llegarían al templo serían muchos. El templo no es muy grande y a veces algunas personas siguen todo el oficio de pie.

Luego de realizar mis labores de reflexión en el cuarto, aproveché lo diáfano  del día y salí a caminar y media hora antes de que diera comienzo la misa, estaba ya sentado en el mismo lugar de siempre.

En el  coro estaban los monjes. Los jóvenes estaban a distancia del monje mayor que tenía los ojos cerrados. No pronunciaba palabra alguna. Pensé que el monje mayor tenía pensamientos que iban circulando desde su razón a su corazón, como la sangre va del corazón al resto del cuerpo y vuelve, y luego volvían a realizar ese circuito del corazón hacia su razón.

El bullicio de la gente que parloteaba en el atrio y que comenzó a entrar trastrocó mis propios pensamientos y me volvió a situar en tiempo y espacio en el lugar en el que estaba. Se escucharon de nuevo las campanadas. La misa duró un poco más de lo habitual y culminó con la bendición del Padre Abad, superior del convento. Los feligreses comenzaron a retirarse y después de pasados unos minutos quedábamos en el templo el monje y yo.
Se levantó y caminó parecía que casi sin tocar el piso, como sí levitara, elevándose envuelto en su silencio. Hasta me daba la impresión de que su rostro irradiaba luz. Se detuvo, se inclinó y el hábito compuso junto al piso el efecto de un círculo que me hizo pensar en un eclipse. Tomó entre sus dedos de la mano derecha un elemento que estaba en el piso de ladrillos. Lo observó con sigilo como un cazador examina a su presa o un jugador de ajedrez estudia su próxima jugada. Desde mi posición de vigía no podía divisar de qué se trataba. Entre él  y yo había un ángulo de obscuridad que mis ojos no podían atravesar. Me quedé sentado. Él siguió por un largo rato mirando lo que para mí era un objeto extraño. Yo sentía que era una eternidad. Caminó con su andar sereno y se detuvo frente a una imagen. Una escultura muy rústica que contenía a una mujer y a un niño en sus brazos. Con la poca iluminación que daba sobre el lado izquierdo de su rostro ví –o en verdad supongo que ví- que tenía el hermano los ojos cerrados. Tomó el elemento –que seguía siendo una gran incógnita para mí- y lo depositó a lado de la imagen. Hizo una inclinación y se retiró por el lugar de donde había venido. Dejé pasar unos minutos pero me devoró la ansiedad y entonces decidí caminar hacia la imagen.

Estoy parado frente a la imagen, mis ojos buscan el objeto y está allí. Me percibo con un cierto nerviosísimo por hacer algo a lo que no estoy acostumbrado, siento en mi cuerpo un leve temblor. Tomo rápidamente el objeto y lo pongo en el bolsillo de mi campera. Salgo rápidamente y me dirijo al comedor. Allí juntos, monjes e invitados, nos disponemos para disfrutar del almuerzo. El domingo no hay monje lector, sino que sale de unos parlantes una bella música, después de oírla por unos minutos reconozco que es el quinteto en Do mayor de Schubert que tiene como característica particular que es ejecutado con dos violoncelos.
Después de orar en agradecimiento por los alimentos, nos sentamos y como antiguos camaradas nos vamos pasando las fuentes con ensaladas y la comida preparada para ese día. Un joven hermano va pasando con una botella y al dirigirse a mí lo hace con un gesto para darme a entender si deseaba vino a lo que asiento con la cabeza. Saboreo ese néctar y ya me encuentro más sereno. Después del almuerzo colaboro en la tarea de recolección y limpieza de los utensilios. Antes de retirarme dejo sobre la mesa un sobre, dentro hay dinero para compensar las atenciones de la estadía en el convento.
Los monjes no tienen una tarifa fija, confían en la voluntad de los hospedados. Una de sus reglas que viene de su fundación en el medioevo es que los monjes no niegan alimento y hospedaje a aquellos peregrinos que golpeen a su puerta. Hago un rápido paneo con mis ojos por el cuarto, salgo y luego de saludar al hermano hospedero subo al auto para volver a casa.

Tiempo después estoy sentado en mi escritorio, tengo un vaso con whisky y algunos cubos de hielo –juego con ellos- mientras observo la foto que había tomado de la escultura de la Virgen y a su lado está el objeto que ya no es extraño para mí. 
Minutos después recibo un mensaje de texto de un amigo que dice: “estuve unos días en el monasterio y tengo un sobre para vos que te envía un monje”. Me suena extraño. Le hago a mi amigo dos o tres preguntas pero no obtengo  la respuesta que me hubiera permitido adelantarme al contenido de esa misiva. Acuerdo con él de encontrarnos en su oficina al día siguiente, dado que la intriga por el contenido de la carta pudo más que mis ocupaciones ya prefijadas.
Allí estaba a las nueve como habíamos arreglado. Nos saludamos y nos quedamos charlando un rato. No recuerdo nada de lo hablado con mi amigo, ya que mi cabeza estaba en el contenido de ese sobre. Nos despedimos  y entonces apuré mis pasos. Entre a un bar, busqué una mesa alejada de la gente, y le pedí a la moza un café cortado. Miré el sobre que decía mi nombre y apellido y al dorso estaba la dirección del monasterio y nada más. Arriba de mi nombre y también en una pulcra letra estilo gótico se leía el nombre de mi amigo junto a la palabra “atención”. Mi nombre y apellido lo precedía la palabra “Señor”. Desconocía al firmante.  Le pido a la moza, abusando de su atención un cuchillo, veo que me pone cara extraña ante tal pedido, entonces le muestro el fin de lo solicitado,  que era para abrir un sobre, y se sintió más aliviada. Lo supuse por el cambio en su semblante.

Tengo las hojas de la carta en mis manos y comienzo la lectura:
“Estimado Señor:
           Seguramente tendrá un sentimiento extraño por recibir esta carta. Me atrevo a escribirle porque al decir de su amigo sé que es una persona honesta y discreta. Quién ha hecho de intermediario entre Usted  y yo. Me agregó su amigo a modo de perlita que confesarle algo a Usted es como guardar un tesoro en un cofre a prueba de todo. Esas razones me animaron a escribirle esta confesión. El día en que usted estaba en el templo yo me acerqué y tomé un pendiente que estaba en el suelo, lo observé y lo deposité poco después a los pies de la Virgen María que adorna parte de nuestro templo. Poco después de retirarme, usted fue hasta dicho lugar y tomando ese pendiente, lo guardó en un bolsillo. Lo observé todo desde la sacristía. No me animé a acercarme en el almuerzo y luego Usted se retiró de nuestro monasterio. Dicho pendiente seguramente para Usted no tiene ningún valor, pero si lo tiene para mí. Ahora le voy a narrar el significado real y profundo que tiene ese simple pendiente y la razón de ponerlo a los pies de la escultura.
En mi infancia, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, tenía una compañera de colegio con la cual nos llevábamos muy bien, con la que además compartíamos  la proximidad de ser vecinos y la amistad de nuestras familias. Fuimos creciendo casi sin darnos cuenta. Al llegar a nuestra adolescencia  y por motivos laborales, esto lo supe años después, sus padres emigraron a la ciudad. Antes de despedirnos en una tarde calurosa de febrero nos  juramos que cuando alguno de los dos necesitara del otro lo buscaría y mediante un símbolo le haría saber que estaba necesitando un milagro en su vida. Si era yo quien lo necesitaba,  le llegaría una hoja con un poema que había escrito en la escuela y que a ella le había gustado mucho, porque era la historia de un perro que nos acompañaba en nuestras travesuras de infancia, y si ella era quien necesitaba del milagro, me acercaría un pendiente de color azul que tenía varios apliques con diversas figuras, como lo habrá podido notar. El tiempo pasó para ambos. Supe a través de mi familia que ella se había casado, tenía hijos y una profesión exitosa. Por mi parte soy monje, no antes de dar varias vueltas por la vida, ingresando al Monasterio después de pasados los treinta años y ya hace casi cuarenta que estoy enclaustrado viviendo en mi vida el lema de nuestro fundador San Benito "Ora et labora". En este largo tiempo, si le confieso que he necesitado varios milagros para continuar, pero nunca me atreví a hacerle llegar a ella ese poema que está guardado en mi breviario.
Intuyo que ese domingo de diciembre ella estuvo por aquí. No la vi. Se habrá percatado de mi silencio y mis ojos cerrados durante las oraciones y celebraciones. Cuando fui a rezar mi oración diaria a la Virgen y divisé ese objeto, al tomarlo volé con mi imaginación a esa adolescencia de alegría, secretos y promesas.  Recorrí el pendiente con mis dedos y comprendí el mensaje. Mi amiga de la infancia necesitaba de un milagro. Por eso lo llevé a los pies de la Virgen. Solamente le pido que si lo tiene en su poder lo ponga cerca de algún elemento religioso que sea importante en su historia de fe. Es un signo solamente y no hay magia. Los milagros son parte del andar diario de la gente, no hay intervenciones extraordinarias, hay actitudes ordinarias que producen lo que decimos un milagro. Le ruego ese gesto para dar por cumplido ese pacto juvenil. Disculpe mi atrevimiento, pero guarde en su corazón este pedido y esta historia. Es algo muy lejano en mi vida, pero creo estar seguro de que en algún momento estuve enamorado de ella. Hoy ya en el trayecto casi final de mi vida es Usted un instrumento para confesar aquello que ya fue vivido. Espero sepa comprender. Me despido con mi bendición y afecto. Hermano Silvio”.

-¿Algo más señor?. -No, gracias. Pagué y guardé la carta en mi bolsillo. Confundido y estupefacto, hasta diría con cierta vergüenza iba haciendo memoria en el tren de mis días en el Monasterio, del pendiente y el contenido de la carta del monje que acababa de leer. Llegué a  casa, subí y busqué  ese pendiente y junto a la fotografía que había sacado, puse todo prolijamente en un sobre y lo deposité en el cajón central del escritorio bajo llave.

El fin de semana siguiente me dirigí hasta el monasterio. Participé de la eucaristía como un fiel más. Se volvió a repetir aquella escena del domingo de diciembre y después que el hermano monje se hubiera retirado, puse el sobre en la escultura que representaba a María Virgen con el niño. El sobre contenía el siguiente epígrafe “para el Hermano Silvio con mi afecto y oración”.

Después me retiré. Había cumplido una misión. Había cerrado un círculo abierto involuntariamente.

                                                                                                         Sergio Dalbessio (2017).

sábado, 16 de diciembre de 2017

SABIDURÍA (microrrelato)

“La escritura es la herida de un enfermo de amor”
Christophe Lebreton[1]


SABIDURÍA

El monje en silencio. Oraban con palabras inteligibles los hermanos recién ingresados a la orden. El monje tenía pensamientos que iban de la razón al corazón. Los jóvenes estaban a distancia de él. El monje mayor había vivido siempre elevando su mente y su corazón a ese ser nunca visto. Su fe infantil la fue nutriendo con lecturas, escrituras y debates. La fe creció como también su vida. Sus palabras se fueron apagando, solamente hablaba para recitar o cantar los salmos. Meditaba durante el día y muchas veces lo hacía en el silencio de la noche. Contemplaba una sola imagen, la de aquel hombre que desnudo pendía del patíbulo de la cruz. La madurez le dio paso a la sabiduría. Cuando nos miraba salían de sus ojos palabras llenas de luz. Todos decían que era un santo. Hacia sus trabajos y sus oraciones como toda la comunidad. Esa mañana cuando entramos al templo estaba tendido con sus brazos extendidos, la cruz estaba vacía.

Christophe Lebreton (de barba).

 Nota: El día miércoles me encontré con el libro de poemas mencionado en la referencia. La frase que encabeza el microrrelato es tomada de ahí, ya que pone en palabras concretas lo que habíamos dialogado el día martes con el poeta y escritor Néstor Tellechea sobre la escritura de lo finito y lo infinito.



[1] Lebreton, Christophe (Francia, 1950-Argelia, 1996). Uno de los siete monjes secuestrados del Monasterio Trapense Nuestra Señora de Atlas, Tibhirine. Poeta, místico y mártir.  Libro: “Ama hasta el fin del fuego. Cien poemas de verdad y de vida”. Palumbo-Bertolini- Editorial Agape- 2017.

viernes, 27 de octubre de 2017

LA ESPERA -cuento-

LA ESPERA

¨Todos compartimos el mundo por un breve tiempo” (Desconocido)

La señora Mónica se levantó temprano como lo hacía todos los días. Encendió la hornalla, llenó la pava con agua y la puso sobre el fuego. Vacío el mate del día anterior en el cesto de los residuos que estaba sobre la mesada. Apenas la pava comenzó a silbar la retiró del fuego, luego lleno el mate con yerba, mojó levemente la yerba, introdujo la bombilla y lo llenó con agua caliente, así tomó ese primer mate de la mañana. Puso el resto del agua en el termo, apagó la hornalla, salió al patio y miró las plantas. El sol iba descorriendo de a poco las sombras de la noche.

La Señora Mónica tomó varios mates seguidos, luego sacó la traba de la puerta que daba a la calle, destrabó los pasadores, puso la llave, la giro dos veces y bajando el picaporte abrió la puerta que la devolvió al mundo de los mortales. Mirando desde la puerta saludo a algunos vecinos que pasaban rumbo a sus trabajos,  a otros que barrían de sus veredas  las últimas hojas que estaban cayendo del otoño y a los que paseaban sus perros.

Luego de un tiempo de mirar, caminó hacia la esquina, vio que los recolectores de residuos se habían llevado la bolsa que había depositado en la tarde anterior en el canasto sostenido por el palo de la luz.


Volvió a entrar, siguió tomando unos mates, encendió la radio, escuchó las noticias y luego se puso a esperar. De la radio salían voces con comentarios, propagandas y noticias. Ella estaba sentada y  esa espera se alternaba con los mates que seguía tomando. No puedo saber lo que piensa, su rostro no delata nada. Puedo percibir que detrás de  los gruesos anteojos están sus ojos fijos. 

El tiempo pasa, los segundos le dan paso a los minutos y estos siguen girando en el minutero del reloj y así va cambiando la hora. La espera avanza. ahora junto a su ansiedad. No llega lo esperado. Tarda más de lo habitual. Se levanta, toma el teléfono, disca el número y luego de un rato de espera  nadie le contesta. Cuelga el teléfono y se vuelve a sentar.  

Continúa esperando. El tiempo no se detiene. El tiempo es como la vida, aunque estemos sentados y no hagamos nada con ella sigue corriendo. Tarde o temprano llegará lo que ella espera. Sentada escucha un golpe que interrumpe esa tensa espera. Un golpe le sucede a otro. Se levanta casi automáticamente, llega a la puerta y la abre y se saludan. 

La Señora Mónica le dice: “un sifón por favor”.

sdalbessio@gmail.com 

lunes, 18 de septiembre de 2017

LA COCA REDIVIVA -cuento-

Preámbulo: 
Hace tiempo que he comenzado un Taller de Literatura.
Mi primer maestro literario fue el gran amigo Pedro Luis Armano.
Él me fue guiando por diversas lecturas, en forma paciente y pedagógica. Me fue "haciendo" gustar de las novelas y de los diversos autores. También despertó en mi la necesidad y las ganas de escribir, y ahí el estilo fue periodístico.
Luego de un tiempo de ostracismo literario fui retomando la idea de pulir la escritura.
Es un trabajo artesanal que incluye: mucha lectura, escritura, corrección, reescritura y así a cada momento e instante.
Es Néstor Tellechea, un poeta y escritor bernalense, quién semana a semana me va haciendo conocer a nuevos autores y tiene la paciencia de ir corrigiendo mis escritos y sugiriendo temas e ideas.
Estoy en una etapa de leer cuentos y escribirlos. Voy ensayando, corrigiendo y recogiendo cada día. Hoy voy a compartir un pequeño cuento en el cual confluyen historias diversas, primero me fueron narradas en forma oral y decidí enhebrarlas en un pequeño texto, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

LA COCA REDIVIVA

Salimos desde el barrio de Palermo en el Chevallier e hicimos el viaje en unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente hasta llegar a nuestro destino. Nos estaba esperando Don Eusebio apoyado en su Torino rojo de cuatro puertas. La figura de él  sí denotaba que en los tiempos mozos había sido integrante del cuerpo de Granaderos a Caballo, dato que conocía porque me lo habían contado. Volviendo al auto, observé que las llantas estaban cromadas, la carrocería lustrada y el sol que daba sobre los vidrios, producía un destello de luz que lo hacía único.  Él me saludo con un apretón de manos bien fuerte, como se estila en los pueblos de nuestras provincias. Nos invitó a subir al Torino, me hizo señas que me sentara adelante, me acomodé en una mullida butaca y me puse el cinturón. El cinturón es un elemento agregado porque los torinos no los traían de fábrica, me agregó. Observé el volante que era de madera  impecablemente lustrado como también el tablero con “blem”, el olor lo delataba. Brillaba  todo en su interior y del equipo de música emergía la voz del Mudo.

El Torino se puso en marcha hacia ese barrio desconocido para mí, en el norte del Gran Buenos Aires. Según pude saber, ese Torino era 1970 S Sedán, con palanca al piso y tantos datos más que me iba proporcionando Don Eusebio, y muchos ya se escapaban a mi intelecto de agnóstico fierrero. Soy solamente un usuario de los autos y lo único que conozco es que me llevan y traen de un lugar a otro. Íbamos tranquilos por la Panamericana, desviamos por la colectora y comenzamos a transitar barriadas de casas bajas y jardines al frente, así de a poco el paisaje iba cambiando de composición y nos adentramos en un barrio donde el cielo se puede observar a simple vista y el aire es sinónimo de pureza.

Cuando entré a ser habitante-copiloto del Torino, me vino el recuerdo de Don Luis Otamendi, que tenía uno igual allá por los setenta, aunque aquel era de color marrón. Don Luis mantenía algunos negocios de compra y venta de cabezas vacunas con mi abuelo. Triste historia la de Don Luis, su hija falleció de leucemia siendo muy joven y la habitación que ocupó hasta su muerte, quedó tal como estaba, nunca –ni su esposa ni Don Luis- tocaron absolutamente nada, como si esperaran su regreso; hasta una caja de cigarrillos abierta estaba encima de la mesita de luz. Como si lo de la hija fuera poco, Héctor, el hijo de Don Luis, fue chupado por los militares en Córdoba en los terribles años de plomo y nunca más apareció. Mil conjeturas se tejieron sobre este muchacho. Desde que estaba escondido en un campo de sus familiares en Las Petacas, donde nacen los trigales en la provincia de Santa Fe, hasta que se había ido a Cuba. Lo vi dos o tres veces que vino a casa junto a Don Luis, recuerdo que era rubio, alto e hincha de Independiente. Juan Carlos, que era vecino de los Otamendi y con el tiempo se convirtió en mi amigo, me contó que el domingo antes de irse para Córdoba – la última vez que estuvo en la ciudad-  el hijo de Don Luis le pasó por debajo de la puerta del garaje unos folletos de un partido de izquierda del cuál era militante dentro del ámbito universitario. Pero volvamos a nuestro camino por las calles de Benavidez.

Llegamos y Don Eusebio estacionó el Toro, como le fue diciendo todo el viaje, frente a una linda casita de color blanca, con muchos árboles y flores en su frente.  Nos salieron a recibir varios perros que me olían para saber si era de confiar o no. Pasado ese primer detector de buenos deseos nos adentramos al comedor, allí estaba ella, Doña Gloria, la señora de Don Eusebio, que me recibió con afecto y cariño como si nos conociéramos desde siempre.
Nos ofrecieron unos mates que personalmente saboreé con entusiasmo y ganas después del viaje, y que fue matizado con algunas tortas fritas que daban sensación de comunión y fraternidad.

La razón de mi ida era muy simple. Mis amigos Duilio y Tota se iban un mes de vacaciones a Europa y necesitaban a alguien de confianza que les preparara a sus padres los remedios y se los ordenara para que no se equivocaran en los horarios y días que debían ingerir cada una de las tantas pastillas que tomaban a diario. En ese trámite estábamos, ellos me enseñaban y yo anotaba prolija y responsablemente, cuando de pronto llegó ella. Entró impregnando de perfume todo el lugar y se dirigió directamente hacia mí presentándose: “Soy Mirta, amiga y vecina, para lo que usted me necesite”. No soy tímido ni tampoco de recular en chancletas, pero quedé impresionado de esa figura que estaba enfundada en un vestido rojo, labios rabiosamente pintados también del mismo color y un ostentoso peinado de los ochenta.

Como se decía en el barrio, la relojeé de arriba abajo y de derecha a izquierda, preguntándome de dónde había salido semejante personaje. Haciendo gala de su vecindad, traía un plato con pedazos de torta que según ella había hecho ese mismo día, al probarla no podría asegurar la fecha de elaboración, pero daba la sensación de que ya tenía varios días.

Después de haber anotado todo sobre la medicación, acordamos que iría los sábados y supervisaría que tomasen cada uno de los remedios respectivos y que todas las noches a las ocho los llamaría para preguntarles cómo había estado el día y cómo se sentían. Así que ese tema fue resuelto rápidamente por ambas partes. Todos obtendríamos algún beneficio: las personas tomarían su medicación según lo acordado por el médico, mis amigos podrían viajar tranquilos y yo me ganaría –en estos tiempos de crisis- unos pesos extras.

Los dueños de casa habían preparado el almuerzo y nos invitaron a que nos quedáramos, algo a lo que no nos pudimos negar cuando vimos en el patio la parrilla que tenía entre sus hierros calientes, abundante carne, chorizos y algunas achuras. El humo despertó mi fiera interior y los fuelles de mis pulmones se llenaron de ese olor que te hace ser argentino hasta la médula, por más que detestes serlo el resto del tiempo.
Mientras esperábamos que el asadito estuviera a punto, en una mesa, preparada debajo de una enredadera túpida y bien verde comenzamos a hincarle el diente a la tradicional picadita donde abundaba el queso, salamines, otros fiambres, aceitunas negras y verdes, papitas, picles y rebanadas de pan. Al ir saboreando esas delicias, la espera del asadito no se hizo eterna. Vino con soda, cerveza y gaseosas que eran las bebidas que estaban sobre la mesa, cubierta por un lindo mantel floreado y una vajilla impecable que cerraban la escena. Hicimos un brindis por los que iban a viajar, por los que recién nos habíamos conocido y por ella.

Si por ella, por Mirta, la del vestido y labios rojos que me hizo recordar a Caloi cuando dibujada a la Mulatona, pero si aquella era negra, Mirta era más que blanca. ¿Por ella? ¿Cuál era la razón? Es que entre el final de los remedios y el principio de la picada nos fue contando sus sueños juveniles que fuimos escuchando entre atónitos y perplejos. Nos dijo Mirta que ella habría querido estudiar,  algo que no pudo hacer porque su infancia fue pobre, tuvo que salir a trabajar desde chica para ayudar a la familia a parar la olla y que luego se “ennovió” y como quedó embarazada, no una sino varias veces,  se dio cuenta de que se le había pasado el tiempo. Atiné a preguntarle como queriendo hacer un corte “qué le habría gustado estudiar a Ud.”, y nos dijo: psicóloga social. Y de ahí sin necesidad de generar otra pregunta de mi parte, nos siguió relatando que si habría podido estudiar esa carrera su objetivo hubiera sido ayudar a las mujeres que sufren violencia, a aquellas que son flageladas por novios, maridos o padres y de ahí en más fue una perorata de declaración de principios que la habían motivado a tener esos deseos sublimes y no concretados de estudiar. Todos asentimos esos buenos deseos y algunos hasta ensayamos la frase: “Nunca es tarde para estudiar”, aunque en realidad en nuestro interior pensáramos distinto.

 Estábamos entrándole al último pedazo de vacío después de descarnar varias costillas, engullirnos un rico choripán, ensartar algunas achuras y no dejar de picar un pedazo de morcilla, cuando “lá” Mirta retomó el discurso. Y digo “lá” Mirta, es porque así se la llama a la gente en nuestros pueblos. Me hizo recordar mi vida por los pueblos santafecinos y cordobeses donde decíamos “la” Doris, “la” Cristina, “el” Evelio o “el” Arnaldo, pero siempre con el artículo que precedía al nombre. Esto del artículo desapareció inmediatamente de mi vocabulario una vez que traspasé allí por los años ochenta la General Paz y me hice porteño, unitario y ya no usé más el artículo precediendo a un nombre  y la Avenida Callao se transformó en “Cayao”, haciendo hincapié en la “y” griega diciendo “CaYao”, bien fuerte para que no dudaran que mi porteñidad.

Todos teníamos todavía nuestras bocas ocupadas y los dientes bien afilados saboreando los manjares que venían bien calentitos desde la parrilla cercana, y ¨la” Mirta, como dije, se despacha diciendo: ¡Cómo me habría gustado ser la Coca Sarli en la película “Carne”! Todos nos miramos asombrados, y en verdad ella no había bebido más que gaseosas en todo el almuerzo, incluida la picada, así que no era fruto del alcohol aquella confesión inesperada para todos los presentes.

Y para beneplácito de algunos y vergüenza de otros, eso creo, “la” Mirta siguió narrando escenas de la película, como si las estuviera haciendo en vivo y directo. Ella iba narrando despegada de nosotros y como si se estuvieran proyectando aquellas aberraciones que sucedían en la película sobre ese escenario natural que era el quincho entre enredaderas, amapolas y hortensias. Cómo nos habrá cautivado con sus palabras y sus gestos que hasta los perros que esperaban que les tiráramos los huesos, se sentaron y quedaron como hipnotizados por esa figura de “la” Mirta interpretando a “la” Delicia en la icónica escena de la violación que ocurría en el camión en ese film dirigido por Armando Bo.

A todo eso “el” Duilio –esposo de “la” Tota, mis amigos por los cuales yo estaba ahí- comenzó a ponerse colorado y al final de la narración su rostro tenía un rojo bermellón que seguro hubiera sido envidia de los pintores más importantes del mundo que no lo habrían conseguido por más mezclas realizadas. Ese fue un logro de “la” Mirta –de ponerlo colorado al Duilio- ya que en un momento atinó a decir que “el” Duilio  podría ser ese obrero del frigorífico cuyo personaje se llamaba Humberto y lo encarnó Romualdo Quiroga,  quien la rapta y genera con ese hecho todas las consecuencias posteriores que sufre la Delicia.

Al llegar a la noche a mi casa, después de un día de tantas emociones y novedades, antes de acostarme prendí la computadora y puse en el buscador la película. Mientras la miraba no podía olvidarme de “la” Mirta y su interpretación, y en un momento no supe si en realidad “la” Mirta era la verdadera protagonista de la película, y “la” Coca la que había vuelto del más allá, a la casa de mis amigos, o si todo lo había vivido o simplemente lo había soñado –pero ya no era lo importante- porque en tal caso, como dijo el poeta: “Cuando morís, si tenés suerte, durante un tiempo, sos un recuerdo”.


S.D.
sdalbessio@gmail.com 

lunes, 20 de febrero de 2017

PENSABA EN LAS LORITAS QUE REVOLOTEAN POR EL BARRIO…


(Reflexiones “simplonas” sobre país-soja-ecología y sociedad)

La soja es una buena planta. Nos da alimento y varios productos más derivados de la misma. Su semilla se ha esparcido por doquier en nuestro vasto territorio. Como alimento no es objetable, puede paliar en parte la hambruna que recorre este mundo, comenzando por casa.

Sin embargo el desborde que tuvimos en los últimos casi 20 años de terrenos sembrados de soja nos ha llevado a un sinnúmero de sinsabores. Logros por un lado, pero también fracasos.
Al daño ambiental –conocido y padecido por los argentinos a lo largo y lo ancho del país- se le suma el social, que es un flagelo que como el anterior nos llevarán años reconvertir.

Daño ambiental: bosques aniquilados, selvas devastadas y gran tala de árboles. Esto trajo como consecuencia una mutación y traslación del sistema de la flora y  la fauna. Desborde de ríos con inundaciones y daños en vastas poblaciones. Envenenamiento de personas y animales por agrotóxicos para darle más fuerza y prontitud a la planta en su crecimiento. Se dejaron de cultivar otros granos: maíz, trigo, girasol, etc. El cambio de recibir un cheque mensual por el campo alquilado fue dejar de criar animales y bajar la productividad de la leche. Así podríamos nombrar una serie de elementos que impactaron en forma negativa en nuestro sistema ecológico-ambiental.

Al principio –con las retenciones a la soja- el gobierno  comenzó a tener en las arcas del Estado un dinero que entraba a chorros. Un dinero que debía canalizarse en obras públicas: puentes, caminos, rutas, agua potable, sistemas de cloacas, escuelas, hospitales y obras que apuntalaran el sistema social en forma ascendente en su calidad de vida.

Nada de lo anterior ocurrió, el dinero se fue esparciendo en planes sociales, en comprar voluntades políticas, y en obras nunca realizadas.  Ese gran chorro se fue convirtiendo “un choreo nacional”.
Pero quiero volver en el daño social infligido por los dividendos obtenidos por la soja: planes sociales que tenían un inicio y un fin se convirtieron en eternos. Esto generó una captación política partidaria de amplios sectores de la sociedad, también conculco sueños y proyectos personales de muchas personas que querían una vida mejor. Marchas y piquetes se convirtieron en un trabajo para muchas personas, muchos adolescentes que debían estar estudiando estaban cortando una ruta.

Abuelos, padres e hijos se fueron transformando en ignorantes, en generaciones sin trabajo y obviamente a obtener un dinero que fue pan para su momento, pero en el tiempo se fue trastocando en hambre y en decadencia. Muchos –no todos- siguieron obteniendo esos dineros de forma ilícita. El narcotráfico también supo dónde anclar, el buen y rápido dinero es apetecible para muchos que viven el presente –sin memoria del pasado y sin esperanza para el futuro.

Simplemente pienso que la soja fue una gran oportunidad para tener un alimento más con todos sus derivados que nos permitiría crecer como sociedad. Fue una fiebre incontenible para muchos que llenaron sus arcas sembrando o haciendo sembrar dicha semilla. Pero la misma no usada correctamente nos ha infligió a los argentinos un gran daño: ambiental y social. Ambos serán muy difíciles de poder revertirlos porque ya llevan muchos años enquistados en nuestro cuerpo social.

La avaricia y la codicia no poseen límites. La avaricia y la codicia no saben de clases sociales. Corroen a todos los seres humanos por igual. Solamente pensando en términos humanos y de  hermandad podemos planificar la solución de los problemas que nos atañen para la plenificación personal y  social de todos los integrantes de la comunidad humana.


Solamente son ideas que me atraparon un domingo a la mañana y no quería dejarlas dar vuelta por mi pensamiento, sino volcarlas en una hoja mientras las loritas siguen creciendo y desplegando sus verdes alas en una parte del cielo bonaerense.
Sergio L. R. Dalbessio

lunes, 16 de enero de 2017

NO TUVE MÀS UN AMIGO IGUAL

El vendió sus sueños y acortó caminos. 
Más les puedo asegurar que no tuve nunca más un amigo igual
El perdió lo suyo y yo también perdí lo mío 
Algo nos cambió el perfume tierno del estío 
Entre bambalinas yo juego a estar vivo 
El cepilla un perro todos los domingos 
Ya no creo que recuerde nuestro río 
Más les puedo asegurar que no tuve nunca más, 
un amigo igual Aún recuerdo su sonrisa y siento que el destino 
Es como algunas botellas donde duerme el vino 
Unas se conservan y otras se avinagran, 
Y aunque el tiempo mate ciertas bellas almas 
Siempre guardo lo que fuera suyo y mío, 
Y les puedo asegurar que no tuve nunca más un amigo igual.
Tiernamente amigos (Víctor Heredia)

Soy un bicho de radio. En el éter me siento más cómodo. La mente puede navegar sin inconvenientes. Hoy escuchando Bravo Continental, el locutor  Fernando Bravo hizo un homenaje a Víctor Heredia. La primera canción que nos hizo escuchar fue Tiernamente amigos, la versión de Heredia junto a Jairo.

Escuchando la canción fui nadando en emociones a mi infancia-adolescencia. Recordé a mi amigo Jorge Raúl. Un vecino que vivía frente a nuestra casa. En un pasillo dónde había dos casas muy pequeñas. En una la habitaba un matrimonio con tres hijas: Don Román Gallegos, su señora y sus hijas Mónica, Mabel y Marcela. En la otra estaban Doña María, Jorge mi amigo, su tío Alberto y Ana.

Durante años lo llamábamos cariñosamente el negrito por su tez. Petiso y regordete. Era un gran pibe. Muy bueno. Por esas cosas de la vida fuimos compartiendo los juegos de la infancia: fútbol, figuritas, bolitas, andares en bicicleta y todo aquello que los pibes podíamos hacer en una ciudad que crecía día a día.

Compartíamos los sueños del futuro, hablábamos de las chicas que nos gustaban y también íbamos al cine matinée, dónde todavía veíamos dos películas. El cine temáticamente paso por películas de romanos, luego los westerns reemplazaron al circo romano. Las eternas  peleas de cowboys e indios les dieron paso a los soldados de la segunda guerra mundial –siempre en versiones norteamericanas-, y ya en la última etapa tuvimos la invasión de las artes marciales. Luego al ver Nazareno Cruz y el lobo se quebró la infancia dando paso a la adolescencia.

Volviendo a mi amigo Jorge, su abuela –a la cual él llamaba mamá- lo cuidaba y educaba con valores. Siempre lo llamaba a respetar, a escuchar. No olvido su cara y sus arrugas de abuelita del interior. Su tío Alberto era pintor, salía con su bicicleta y a veces volvía temprano, a veces la abuela lo mandaba a Jorge a buscarlo. Algún bar lo había detenía en su regreso, casi todos en el interior tenìan como un paso por algún bar para enjugar los labios. A veces los labios desbordaban y entonces sobrevenía alguna pelea o simplemente no saber cómo volver a casa. Escuche por primera vez esa frase que decía: “·los pobres se emborrachan y los ricos se alegran”. A Alberto nunca lo vi enojado, siempre sonriente y respetuoso.

Ana era su mamá, aunque Jorgito había decidido llamarla por su nombre de pila. Trabajaba y también cuidaba de él. En las ciudades y pueblos del interior siempre sucedían esas historias de abuelas que cuidaban a sus nietos que sus hijas tenían a una edad adolescente. Parte de una sociedad que respetuosamente ocultaba situaciones. Hoy creo que eso se fue venciendo. Nunca conocí a su papá. Ojalá –pienso en lo profundo de mi corazón- él lo haya conocido. Nunca lo sabré.

Fuimos creciendo y cada uno fue sorteando diversos caminos. Unos meses antes de partir a Buenos Aires ya no nos hablamos más. Creo  además que su habían mudado. Ya hace treinta y siete años que partí aquel 23 de enero. Nunca más lo vi. Pregunte varias veces por él. Supe que trabajaba en una panadería.

Solamente le deseo –aunque quizás la vida no nos una en la tierra- que haya tenido una buena vida y haya transitado caminos de felicidades como los que pude ir caminando yo día a día.

Ese amigo fue construyendo esa persona que soy hoy.

Link de la canciòn cantada por Vìctor Heredia y Jairo   https://youtu.be/O-Z-0G5IZRE 




jueves, 5 de enero de 2017

VECINOS y LABURANTES

"Compartí la vida con grandes personas y a la vez fui testigo de las pequeñas miserias humanas que se encuentran hasta en los mejores individuos. Creo que dejé de idealizar a los demás y aprendí a quererlos en su verdadera dimensión, relativizando los defectos demasiados evidentes en una vida intensamente comunitaria" (Mamerto Menapace)


En el arcón de los recuerdos voy extrayendo aquellos pedazos de historia que a uno lo van constituyendo como persona. Viví mi infancia en un barrio de casas simples y de gente trabajadora.

Cada uno tenía su trabajo y ese era el sustento de su familia. Se compraba un terreno y se iba construyendo ladrillo a ladrillo la casa. A veces se había realizado el esfuerzo y se compraba una casa que se iba remodelando de acuerdo a las necesidades familiares y los vaivenes económicos del país.

No escuche nunca la palabra vagancia. El mendigo pasaba, pedía con respeto y con unción sagrada se le entregaba para comer, beber y alguna ropa o elemento que fuese útil en su vida. Las gracias nunca faltaban. Hasta aquel que era medio remolón en cuestiones de trabajar, esa especie de personaje tipo Fatiga que hace muy bien Minguito en la películas “Los muchachos de mi barrio” siempre tenía su oportunidad de colaborar y ganarse su dinero.

Mi papá Imar con su hermano Olivio, luego de venir del trabajo del campo anclaron en la ciudad y con su propia soderîa se convirtieron en “los soderos de la vida”.  Soderîa “El Sergio” –los beneficios de ser el primero cómo hijo, sobrino y nieto. Había muchos soderos: los hermanos Caballero, Gilli, los hermanos Mercol, el gordo Camisassa, el petiso Heredia y muchos más. Un trabajo duro, de fuerza y mucha paciencia. En invierno se levantaban más tarde y arrancaban a las 6,15 a repartir soda. En el verano se adelantaba la hora y era por “la fresca” como se decía. Así que a las 5,30 como una oración del breviario laboral se salía a repartir cada sifón hasta completar el rosario diario que cerraba un día de trabajo.

En el verano, luego de los doce años de edad, siempre colaboraba con mi padre. No me lo pedía. Pero intuí que era lo que debía hacer por todo aquello que iba recibiendo de ellos día a día. Estudios, viajes, retiros, campamentos y convivencias formaban parte de mi vida. Era lo que ellos me daban –permitiéndome hacerlo y el dinero necesario para realizarlo- y solamente siempre antes de partir recibía las jaculatorias profanas “no hagas macanas” y “hace el bien”. Nadie pensaba en los derechos del niño. Era voluntario trabajar y libremente era querido por mí. Cada niño si podía colaboraba con su papá o mamá en las actividades que podía. Uno ya se empezaba a sentir grande y además se iban asumiendo responsabilidades. Señal que estábamos creciendo.

Los sifones eran pesados. Cabeza de plomo. Seis sifones por cajón. Llenarlos, cargarlos y descargarlos. Así como una rueda sinfín. Anotar en una libreta o cobrarlos, según la conveniencia del cliente. Casas de familias, restaurantes, parrilladas y bares eran los depositarios del “agua con cosquillas”.

Clientes alegres, gruñones, pícaros, honestos, quién pagaba o quién siempre tenía una excusa para estirar la cuenta. Parte de una sociedad en la que fuimos haciéndonos grandes.

Al mediodía de los veranos, después de comer, con la infaltable  camiseta con tiras mi papá se paraba en el portón de la casa para ver pasar a los empleados y obreros que venían del primer turno de trabajo. De Motores Corradi, de Molinos de Boero y Romano, de la Marina Funcional, de Pinocho, de Caven del Este y tantas fábricas y negocios que había en la ciudad. Una explosión de trabajo y de consumo. También época de muchos conflictos y de inusitada violencia. Muchas muertes sin razón, pero ese será otro capítulo.

Mi madre cocinaba, limpiaba, lavaba y atendía algunos clientes que venían a casa a buscar soda. Casi todas las mamás se dedicaban a la casa, algunas eran maestras. Ella me pedía ir a la panadería o al almacén. Así que montaba en mi bicicleta roja. En los sueños y la imaginación fue pasando de un corcel al estilo del Zorro hasta un auto último modelo al estilo de James Bond. Era una bicicleta de dos ruedas. Pero soñar no costaba nada. Siempre quedaba con el vuelto alguna golosina –no eran muy comunes- y los clásicos huesitos (tenían forma de huesos para perros) de la panadería de Marchessini. Mi mamá después de años de silencioso trabajo tuvo su recompensa jubilándose como ama de casa. La vida tiene sus vericuetos.

Los vecinos aportaban lo suyo: el gran Batán, el verdulero de la esquina –Bv. Juan B. Justo y Gerónimo del Barco, fanático de Boca. Siempre alegre, divertido, amable. Un personaje central del barrio. Años después supe su apellido –Panero. Maretto, el kiosquero, cada mañana con su bicicleta y con su moto traía el diario La Voz de San Justo. Don Bischoff, un alemán gruñón, zinguero, siempre vestido con su jardinero verde. El Aldo Salvaneschi, venia de trabajar en la fábrica, descansaba y se ponía a realizar las hamacas, las calesitas, los sube y baja –rojos y blancos del querido River Plate, para que en la Navidad y Reyes los chicos tuvieran un pequeño parque de diversión en sus casas. Los papás de: los Heredia, del Gerardo Giustetti y del César Daguero tenían su trabajo, ya sea como empleado en la empresa de energía eléctrica, carpintero y dedicado a la fotografía –en ese orden. Cada uno tenía su modo lícito de ganarse el pan de cada día. No se conocían los planes trabajar. Se trabajaba.

Algunos mayores ostentaban el título de “Don”. Palabra reservada a la sabiduría, al respeto, a quién se la había ganado y se la merecía. Don Lorenzo era mi abuelo. Por eso cuando hace años una vecina me empezó  a llamar Don Sergio me remonté a ese tiempo y me dije “me gane el respeto de los vecinos”.

Así podría nombrar a una cantidad de vecinos y vecinas que van surgiendo en mi memoria. El negro Gerván y la Rosa, Don Rodríguez y su esposa, los nonos Bessone, los Viotto, los Giner, los Gambini, los Goethe, Melano, Don Fenoglio –quién decidió irse de este mundo muy temprano y  Doña Ofelia, el Chiche, Doña Lucero y su hijo el Alberto, tío del Jorgito Contreras –un gran amigo de la infancia. Después fueron llegando nuevas familias, nuevos amigos y amigas. Se fue renovando el barrio poco a poco.

Unas líneas para una familia de apellido Rossi, el papá era albañil, muy humildes, eran varios hermanitos, y uno de ellos era sordomudo. Vivieron un tiempo en Bv. Juan B. Justo y Larrea. Muy buenos amigos. Después  se fueron a vivir a la ciudad de Córdoba. Muchos años después uno de ellos volvió a visitarnos: era aquel niño –ahora joven- sordomudo que ya había aprendido a expresarse con el lenguaje de señas. Fue una gran emoción volver a verlo.

Todos íbamos a la escuela. La mayoría iba a escuelas estatales. Yo era uno de los pocos del barrio que iba a escuela privada. Pero todos usábamos guardapolvo blanco en la primaria. La diferencia en el uniforme recién aparecía en la secundaria.

Como todo barrio había sus peleas. Un celo, un egoísmo o una medianera con una fila más de ladrillos hacían que estallase un conflicto que los chicos vivíamos como una guerra mundial. Insultos, palabrotas y por una tiempo los vecinos no se saludaban. Luego cuando sobrevenía alguna muerte o las fiestas de fin de año aquellas peleas eran olvidadas y ganaba nuevamente la concordia. Hasta que nuevamente se desatará la furia. En su mayoría descendientes de italianos esto es como un ADN que nos constituía. También había turcos (después de grande me dijeron que eran sirio-libaneses), alemanes y españoles.

La siesta era un momento sacro dónde se clausuraba todo movimiento. De muy pequeño la sufría. Luego de más grande me escapaba y nos juntábamos en alguna casa del barrio sin hacer ruido a escuchar radio y hablar de sueños y muchas quimeras. La siesta podía durar de 45 minutos a una hora y media. Según la necesidad y las responsabilidades asumidas. Luego se seguía sin prisa y sin pausa las tareas diarias.

Una vez el querido Batán organizó un partido de fútbol con toda la gente del barrio. Estamos hablando de hombres entre cuarenta y cincuenta años. Muchos de ellos se destacaron en su juventud en diversos clubes o bien en el potrero barrial. Siempre lo recuerdo como un momento de alegría dónde todos podían estar juntos. Luego del partido, que era una excusa, una generoso asado y muchas bebidas. Hasta el día de hoy siempre este episodio juega en mi vida como real e imaginario. Como esas historias que contaba el padre del personaje principal de la película de Tim Burton en “El gran pez”.


Muchos de ellos ya no están, están sus hijas e hijos, sus nietos y bisnietos. De muchos no supe más nada. Después de partir del barrio, a los 17 años, las noticias y las caras se fueron espaciando. Quedaron esos rostros en mi memoria. En mis profundos recuerdos. En el gran afecto. Un par de lágrimas quizás sea el mejor homenaje a estos hombres y mujeres que son parte de mi historia.

Esos vecinos fueron construyendo esa persona que soy hoy.