Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








miércoles, 31 de julio de 2019

Reflexiones sagradas desde la palabra Campo.



Carta depositada
en el santuario laico
Cuando escucho la palabra campo vienen a mi memoria los recuerdos de mi infancia. Un largo viaje y un gran portón que se habría daba lugar a un eterno camino de tierra que nos conducía al encuentro con una casa de color amarillo, rodeada por un pequeño monte, galpones y un poco más lejos “la ramada”, donde se ordeñaba dos veces por día a las vacas. Salen a nuestro encuentro mis abuelos y tíos, los peones y algunos perros.
Era un lugar de magia y misterio, de juegos y de cabalgatas. La tristeza comenzaba en la despedida cuando había que emprender la vuelta a la ciudad. Los momentos felices quedaron atesorados en el corazón.
La segunda vez que escuché la palabra campo fue en la escuela secundaria cuando un profesor nombró los campos de concentración. En la adolescencia  no presté atención o quizás no fui motivado por esa frase campo de concentración, pero quedó anclada en el puerto de mi memoria.
Años después, haciendo teatro leído, interpreté un texto que nos hablaba de Maximiliano Kolbe, un sacerdote católico que dio su vida para salvar a un padre de familia judío, ahí comencé a tomar conciencia que la palabra campo también tenía otro significado y otras historias y realidades.

Al venir a mi mente la palabra campo se desgranan otras imágenes como: tierra, aire libre, sembrados, animales, árboles y pájaros. También pienso en las rejas del arado que producen heridas en la tierra para que la siembra de la semilla echada por el labrador genere vida al transformarse en alimento.
La palabra campo significa según la R.A.E: Parte de la superficie terrestre no ocupada por núcleos de población. Parte de esta superficie destinada a la agricultura y conjunto de núcleos rurales dedicados a esta labor”.

Los territorios que estaban en medio de bosques cercanos a la ciudad, transitados por niños y ancianos, cerca de lagos o ríos, eran tierras que podían ser una plaza para juegos o un campo de fútbol o simplemente un pulmón de aire para la humanidad y de pronto, esa porción de tierra, se vio rodeada de alambres de púa, garitas en todas las esquinas y soldados armados con grandes reflectores que iluminaban las enormes construcciones.
Se sumaban a ese triste paisaje una serie de vallas, perros atados a cadenas y apenas sostenidos por los jóvenes soldados.
Entraban a los campos mujeres, niños y hombres, traían unas pocas cosas, alguna pequeña valija, una muñeca, y mucho sufrimiento.
Eran separados y algunos inmediatamente asesinados, otros eran desinfectados y se los ponía a trabajar como esclavos. A los que intentaban escapar, una bala o la electricidad que recorría los alambres acababan con su vida.

La falta de alimentos y las pocas fuerzas se iban asociando a enfermedades, las cámaras de gas y los experimentos, en especial en niños, eran los caminos a la muerte en los campos.
Millones de seres humanos se convirtieron en cenizas que quedaron esparcidas en esos campos y la sangre allí derramada nutrió parte de las hendiduras de la tierra.
El campo, la tierra y la soledad cobijaron las últimas palabras o las miradas finales de la vida de hombres y mujeres. Ellos tenían sueños, proyectos, familias y querían seguir viviendo, pero alguien decretó su prematura y cruel muerte.
Otros por fortaleza interior y aunque sus fuerzas flaquearan hicieron un acto de rebelión y lucharon para seguir sobreviviendo.

En ese espacio de dolor, sufrimiento y muerte alentaron a otros a no decaer, los tomaron de las manos, del hombro, les hablaron para soplar un hálito de vida para que no se convirtieran en lo que querían los perversos que fuesen “despojos de humanidad”.
Los pedazos de tierra que fueron utilizados para matar seguramente hubiesen querido ser como el campo de mi infancia.
La misión de la tierra es contener, dar vida, fundirse con el ser humano. Las personas que estaban inoculados por el odio y la violencia hicieron de su existencia, de esas porciones de tierra, un lugar de muerte.

Hoy son un faro de la humanidad, un lugar sagrado, un pedazo de existencia que nos trae a la memoria de la humanidad lo que sucedió ahí, en un tiempo y espacio determinados por la historia, pero que no deberíamos volver a repetir nunca más. Hubo millones de muertos, pero miles de sobrevivientes  convirtieron ese dolor en un aprendizaje, no solo para ellos, sino para todas las conciencias de los seres humanos. Con los años fueron compartiendo sus duras y crueles experiencias para que ese horror no se volviera a repetir. Hay una la larga lista de desconocidos que por el mundo llevan las semillas que siembran en los corazones abiertos para que ese nunca más sea realidad.

También hay otros que dejaron legados de esas doloras experiencias, pienso en Ana Frank y su diario que nos quedó como testamento, en especial para los adolescentes y jóvenes; en Víctor Frankl que hizo la resiliencia y nos aportó la logoterapia como método para superarnos en un mundo que a veces chapotea en el barro de la soledad y desesperación; en Etty Hillesum, joven judía que viven en Holanda, que tiene una profunda espiritualidad y una elevada vida mística que se hace insumisa haciendo el bien en lo cotidiano en la ciudad primero y luego dentro del campo.

Querido campo, vos sos inocente, aunque algunos hombres te quisieron transformar en un lugar de muerte, aun lo que perecieron ahí nos iluminan para que hagamos un mea culpa y cambiemos el mal por el bien. Forzadamente acogiste a judíos, gitanos, polacos, hombres y mujeres, homosexuales, sacerdotes, creyentes y ateos, recibiste al fin seres humanos.
Nuestra existencia se debate entre el bien y el mal, el campo de batalla es la tierra, Caín mató a Abel pero Dios no quiso venganza y por eso puso una señal sobre Caín para que nadie lo tocara. Hoy somos nosotros los que peregrinamos con esa señal, y a veces el mal se apodera y obnubila nuestros corazones.
Trastocamos nuestros impulsos de bien y convertimos nuestro espíritu en aridez y sequedad transformado nuestros deseos en guerras, de cualquier tipo.
Quienes experimentamos los dolores y sufrimientos de los otros seres humanos y creemos que somos hermanos, de la misma familia humana, de la misma sangre de Adán y Eva, apostamos a la paz, al diálogo, el encuentro, a la fraternidad y nos abrimos para abrazar a los otros.

Vos campo no lo querías, pero en ese momento tus tierras se sacralizaron, al odio de unos se puso el amor de otros, a la violencia de muchos se opuso los gestos solidarios de otros.
Conociste campo, el bien y el mal. Hoy los que caminan y sus pies pisan reverencialmente tus caminos, sus ojos ven los muros y sus corazones y espíritus sienten los sufrimientos de los que fueron torturados, esclavizados y asesinados. Ellos serán los que te dignifiquen haciendo memoria para que el nunca más un “campo de concentración” sea una realidad. Los únicos campos que existirán serán los sembrados por las espigas de trigo, alimento para las aves del cielo y los girasoles que mirando alabarán al sol. Esto nos hablará de humanidad. Dios no estuvo ausente en los campos porque Él habita con su huella imborrable y única en cada hombre y mujer que pasó por allí. Hoy sigue peregrinando junto a nosotros por el mundo.

¡Paz, Salam y Shalom!


lunes, 15 de abril de 2019



MÁRTIRES RIOJANOS
Dentro de unos días se llevará a cabo la beatificación de los llamados “mártires riojanos” por ocurrir su muerte martirial en la provincia de La Rioja, República Argentina. Los actos y la gran variedad de eventos sociales que se vienen llevando a cabo desde hace un tiempo, tanto de las organizaciones eclesiales como otras no ligadas a lo estrictamente eclesial, culminarán con la celebración litúrgica, epicentro que los elevará a los altares con el nombre de beatos, pudiéndose rendirles culto oficialmente.
Deseo reflexionar sobre algunos puntos que fueron surgiendo en estos años sobre el tema de nuestros mártires y santos vernáculos. La palabra “reflexión”nos permite confrontar –estar de acuerdo o disentir- con otras ideas, pensamientos y posturas enriqueciendo lo que se masculla con el cerebro y el corazón. Parto de la palabra mártir: “Es el testigo. O sea la persona que muere o padece por defender opiniones ideas o creencias religiosas” dice el diccionario de la RAE. Deducimos y sabemos que los cuatro mártires –en diferentes circunstancias y formas- sufrieron muerte violenta por anunciar a Jesús, dar testimonio de él, ser fieles a la Iglesia. Sus opciones y acciones los llevaron a que otras personas se ensañarán con ellos y les dieran muerte.

El reduccionismo religioso nos ha llevado a pensar a muchos que lo más emblemático es la frase “Con un oído en el pueblo y el otro en Evangelio” frase expresada por Monseñor Angelelli. Digo la palabra “reduccionismo” en el sentido de perder de vista la vida las opciones y acciones, las palabras y los gestos de las personas que no buscaron el martirio sino que se encontraron con esa muerte violenta –aunque podían presentirla y sentirla y hasta recibir amenazas constantes- por fidelidad a Dios y a su Palabra.
He querido reparar, además de lo ocurrido en La Rioja, en dos martirios que de diversa manera he sentido cercanos.
El primero es el de los cuatro Hermanos Maristas asesinados en el año 1996 en lo que se conoce como la masacre de Ruanda y Zaire. Hermanos religiosos que trabajaban enseñando y alentando la vida en un campo de refugiados. Ellos encontraron allí la muerte violenta por ser fieles al Evangelio. El diario personal del hermano Miguel Ángel Isla, encontrado entre restos de sangre y el desorden realizado por los asesinos, sirve de base para un excelente libro que recomiendo: El silencio de Dios –diario de un misionero mártir- de Santiago Martín, donde se narra la historia de ellos, su servicio, su mensaje y su decisión de no abandonar el lugar.El hermano Julio –español, uno de ellos- que se podría haber quedado a vivir en España dijo antes de su partida “Sé que podría haberme quedado en España, sé que no soy un héroe pero siento que tengo que ser consciente con lo que Dios me pide en estos momentos”. El 31 de octubre de 1996 cerca de las 20 horas los cuatro fueron asesinados.

Mártires de la fe, su martirio fue la consecuencia de ser profetas en un campo de refugiado. Las organizaciones internacionales en ese campo hacían lo que podían o miraban a veces hacia el costado.Ellos tenían claros indicios de que eran perseguidos pero su opción fue quedarse. El mártir tiene un pensamiento y una acción y esto trae aparejada una consecuencia porque molesta e interpela a otros. Sus palabras y gestos son un aguijón que se clava en la conciencia y el corazón de aquellos que lucran con la vida humana. Su sangre derramada riega las semillas que crecen generando nuevas vidas.
Otro martirio ocurrido en Argelia, en marzo de mil novecientos noventa y seis, donde siete monjes del Monasterio Nuestra Señora de Atlas, Tibhirine luego de ser secuestrados por un grupo islámico –que se adjudicó la autoría- fueron asesinados.
Su trabajo con la comunidad era intenso, comprometido y ejemplar. Pudieron irse del lugar, lo rezaron y lo dialogaron y luego después de un tiempo -a pesar de las amenazas y de los hechos concretos de violencia que sufrieron- decidieron quedarse con su gente. Expresaba el superior Christian de Chergé “Orante en medio de un pueblo de Orantes”.
Vemos religiosos, educadores en un campo de refugiados y otros religiosos, monjes orantes, viviendo en un barrio y asistiendo a sus hermanos que profesan el Islam, ambos comprometidos con su realidad y sufriendo el martirio.
En el entierro de Gabriel y Carlos decía el obispo Angelelli “¡Sacúdelos por dentro, jSeñor! ¡Que la sangre de Gabriel y de Carlos los golpee en el corazón y la mente, para que se conviertan a Dios, sean buenos hombres, buenos hijos de Dios y buenos hermanos con sus hermanos! Este es el mejor regalo que les podemos hacer, y se lo hacemos en nombre de la diócesis: a los que instigaron y a los que ejecutaron las muertes de nuestros queridísimos Gabriel y Carlos” (Homilía del Obispo Angellelli del 22 de julio de 1976 en el entierro de Gabriel y Carlos. Mensajes de Monseñor Angelelli, Pastor y Profeta).
Es bueno y necesario leer las homilías y escritos del mártir Angelelli. En ellas alienta a las comunidades a vivir fraternalmente, denuncia las injusticias pero por sobre todo es fiel a su ministerio de obispo que lo ve ligado a la Iglesia loca y universal. Predica la Palabra de Dios, no su palabra. Por eso digo al principio reduccionismo, ya que creo que muchas personas –quiero creer bien intencionadas- levantan frases estereotipadas o bien son frutos de un álbum inconcluso. Palabras y hechos que solamente generan confusión y pareciese que los mártires fueron motivados más por opciones ideológicas o políticas partidarias y no por la fe, generando lo que se llama vulgarmente “llevar agua para mi molino”.
No puedo dejar de pensar que el martirio ocurre en un tiempo histórico determinado, atravesado por las circunstancias políticas, sociales, económicas, religiosas, etc., que sucedieron en ese espacio territorial. Por eso he querido poner en sintonía a estos tres martirios que ocurrieron en tiempos y lugares diferentes, pero que tenían un denominador común que era la fidelidad a Dios en el servicio a los hermanos cercanos, más allá de las creencias o increencias que cada pudiera profesar.
En el caso concreto el martirio de los cuatro sucedió entre el 18 de julio y el 4 de agosto del año 1976, imperando en nuestro país lo que se ha denominado “Proceso de Reorganización Nacional” o también “la última dictadura militar” que los argentinos vivimos con las consecuencias conocidas y padecidas por todos sus habitantes.
Aunque la fotografía martirial está en ese tiempo espacial no podemos dejar de analizar los tiempos precedentes, el espiral de violencia –que nunca sabremos su inicio pero que podemos decir desde que Caín mató a Abel- se fue gestando hasta llegar a asestar golpes de muerte y dolor sobre mujeres y hombres de nuestra patria. Pienso en la gran labor realizador por Monseñor Carmelo Quiaquinta en la búsqueda de la verdad sobre el asesinato de los mártires riojanos. La cantidad de viajes, entrevistas, charlas y las cajas, carpetas y papeles acumulados en su habitación allí en el Seminario Metropolitano de la calle José Cubas. El encargo del entonces Cardenal Bergoglio lo cumplió con la meticulosidad de un artesano a quién le interesaba llegar la verdad. Estaba preparando los seminarios sobre los mártires, además de comprometerse a alentar y estimular el perdón y la reconciliación entre los argentinos cuando la  Pascua de su vida lo sorprendió.
En diversos momentos de nuestra historia he visto que muchos se quieren “apropiar” y hasta veces “distorsionar” el verdadero y profundo sentido del martirio. Esta apropiación y distorsión es tanto para los que profesamos la fe dentro de la Iglesia Católica y para aquellos que hacen un uso ideológico y partidario de los mismos.
Ojalá que podamos ir a las fuentes de los escritos y testimonios para no aventurar conjeturas e interpretar de manera errónea la vida, los gestos, las actitudes, las palabras de los que siendo fieles al Evangelio pagaron con su propia vida la coherencia y el amor a la Iglesia. El camino de la Iglesia es recorrer el camino del ser humano, ellos podemos decir que captaron el mensaje del Maestro Jesús.
Los deseos de Jesús y de los seguidores, hablando en este escrito de los mártires, no fue ser venerados, sino que podamos tomar conciencia de las injusticias que vivimos a diario y podamos realizar un cambio que nos incluya a todos. Por eso sentí gozo y esperanza cuando hablando con un amigo sacerdote sobre el libro “Los mártires riojanos, esperanza para la Argentina contemporánea” de Pablo N. Pastrone me dijo: “Creo que pudo rescatar y ahondar en la espiritualidad de los mártires, es un libro para orar el martirio”.
Que la Iglesia Argentina toda pueda estar a la altura de los mártires. Que su sangre sea riego para la búsqueda de consensos, justicia, misericordia, perdón, reconciliación, fraternidad y fidelidad al Evangelio.

Sergio Dalbessio.

lunes, 24 de diciembre de 2018

EL CUENTO DE NAVIDAD QUE CASI NO FUE



Reinaldo estaba mirando televisión en el living cuando Celmira le alcanzó la revista que venía con el diario del domingo y le agregó que había en ella tres cuentos que quizás le gustaría leer. Sin mucho entusiasmo, Reinaldo ojeo los nombres de los cuentos y los autores, y dejó la revista sobre la mesita ratona y siguió viendo la película. Luego agarró la revista dejándola esta vez sobre la mesa del comedor. Al día siguiente Reinaldo volvió a ver la revista y sí estaba vez se sentó a leer los cuentos. El primer cuento era de Paul Auster y se titulaba “El cuento de Navidad Auggie Wren”. Le gustó lo leído y lo  recomendó por redes sociales, y a algunos colegas y conocidos se los contó cambiando palabras y situaciones, pero manteniendo el espíritu del cuento navideño. Luego leyó el otro cuento que era de Bradbury y cuando comenzó la lectura del texto de Truman Capote se dio cuenta  en el cuarto párrafo que ya lo había leído y lo abandonó junto a la revista sobre su escritorio.

Reinaldo, unos días después, comenzó garabatear su propio cuento navideño, y recordó aquel pequeño juguete que era una esfera de vidrio en cuyo interior contenía agua, unos copitos que hacían de nieve, unos renos con Papá Noel y un paisaje que aparece ahora desdibujado en su memoria. Se vio moviendo esa esfera cientos de veces y mirando como el agua se mezclaba con la nieve y daban vida a esos renos y al Papá Noel. Su mente se fue escapando a esa época de la infancia donde la Navidad era misterio y se esperaba el milagro de la nochebuena que era encontrar en la mañana de Navidad junto al arbolito el regalo pedido a Papá Noel. Algunos años ese regalo era lo que le había pedido, en otros era algo que se necesitaba y  en la mayoría de las veces era Papa Noel quién dejaba el regalo que él deseaba, eso explicaban los padres cuando los hijos preguntábamos porque no nos trajo lo que pedimos en la cartita que depositamos en la urna que estaba en la juguetería de los Lamberti en la Avenida 25 de Mayo.

Esa magia en el misterio se fue disipando con el paso de los años pero volvió  cuando los hijos de Reinaldo y Celmira eran pequeños, luego con el paso del tiempo se volvió a esfumar y nuevamente, como una especie de ave fénix de la felicidad, renació cuando tuvieron a su primer nieto.

Motivado por el cuento de Auster, Reinaldo pensó que podría contar sobre la navidad algo que no tuviera relación con la infancia. Recordó que el día anterior había estado en el kiosco que atendían Erminada y Esteban. Mientras Esteban sacaba las fotocopias, Erminda que le gustaba hablar y mucho, le contó la historia del linyera que paraba frente a las monjas francesas quienes viven en una casa pequeña al lado de lo que antes era su capilla y con el tiempo se transformó en un hospital. El señor que cuidaba autos durante todo el día tenía su historia, como todos los mortales la tenemos. Según Erminda, él dijo que tenía dos hijas, que había estado preso y su mujer encerrada en una clínica por problemas mentales. Que luego de salir de la cárcel, donde estuvo poco tiempo,  por un delito menor se afincó en ese lugar. Siguió narrándome Erminda que todos los día le traía parte de lo que recaudaba limpiando y cuidando autos a Esteban, quién le guardaba ese dinero en una cajita. El dinero que iba guardando era porque una de sus hijas estaba por cumplir quince años justo el día de Navidad y quería invitarla a desayunar como regalo de cumpleaños. Contaba que sus hijas podían estudiar en un colegio privado porque los curas las habían becado. Cuando Esteban se acercó y me dio las fotocopias que ya había abonado nos despedimos  deseándonos una buena navidad para toda la familia y un próspero año nuevo.

Cuando Reinaldo resbaló en esa escalera caracol que estaba mojada y fue descendiendo los quince escalones sin poder agarrarse lo único que pensaba era no golpear su cabeza. Llegado al final de esa caída con dificultad se pudo levantar y notó un dolor en su espalda y en la rodilla izquierda de la cual vio que manaba un poco de sangre.

Caminando hacia su casa pensó que había nacido de nuevo, que Dios le pediría algo grande por el milagro de estar vivo y que también tenía que terminar el cuento de Navidad que había empezado en su corazón pero que todavía no había escrito.

domingo, 29 de abril de 2018

LA LLUVIA


La lluvia caía constante sobre la vereda, la mujer miraba a través del vidrio de la ventana. La lluvia no cesaba. La mujer estaba ahí mirando mientras el humo del cigarrillo invadía la habitación. La gente caminaba protegiéndose de la lluvia con pilotos de colores oscuros y paraguas de colores vivos. El cielo estaba casi oscuro. La mujer giraba sus ojos de un lado hacia el otro. La continuidad de su expresión dejaba una sensación de estar esperando a alguien o tal vez algo. Quizás esperaba un mensaje. Una llamada telefónica o un golpe en la puerta. Nada de eso sucedía mientras ella estaba observando. No muy lejos de ahí el mar se notaba embravecido. 

Las olas se agitaban y pegaban muy fuerte sobre las piedras, volvían a replegarse y a realizar en forma incesante el mismo movimiento. 
Él observaba desde el torreón el barco que salía hacia alta mar. Conocía el nombre de ese barco porque lo había abordado tantas veces en su vida. Su rostro denotaba la vejez que contrastaba con su jovial espíritu. El humo que salía de la pipa recorría la pequeña habitación de ese lugar inexpugnable. Hacía tiempo que había decidido vivir allí. 
Ella levantó la vista y pudo ver a lo lejos el torreón. Conocía historias sobre ese lugar, se las habían contado sus padres y tías cuando era pequeña. Ya era adulta y pensó que esas historias de fantasmas, muertos y aparecidos eran para no llevarla cuando ella quería ir hasta el torreón. 
Él pensaba en las historias de fantasmas, muertos y aparecidos que escribía y otros leían. Ella un día cualquiera  entró  a la librería y se encontró con el libro de él. Esa noche lo leyó de un tirón. Cuando el teléfono sonó tres veces, ella apagó el cigarrillo, se puso el piloto beige, un pañuelo azul en el cuello y el gorro gris de lana en su cabeza. Salió caminando hacia el mar. 

La continuidad de los pasos simples y serenos denotaba que no había apuro. La lluvia ahora pegaba sobre ella. 
Él seguía mirando a lo lejos, cada tanto recargaba la pipa con tabaco. Ella se detuvo cerca del espigón, podía oír las olas chocar con violencia contra ese entramado de piedras, hierros y maderas. Él ya no podía ver el barco que se había perdido en la lejanía de ese mar. 
Ella quiso ir a conocer esas historias que le contaban cuando era pequeña. 
Se encontraron en ese espacio donde la continuidad de los hechos testimoniaba que se habían conocido desde siempre.
Sergio Dalbessio

domingo, 31 de diciembre de 2017

EL PENDIENTE (cuento)


A mediados de diciembre, con un calor agobiante, fui a pasar unos días al Monasterio de Luján. Todos los años, en algún momento, siento esa necesidad imperiosa de estar un tiempo en silencio. El lugar es sencillo, la edificación es moderna y confortable y está rodeado por un extenso campo. En varias partes se levantan pequeños islotes de diferentes especies de árboles. La tranquilidad solamente parecer verse alterada por el canto de los pájaros que van y vienen, de algunos grillos que parecen narrar sus historia cuando llega la noche, y los sapos que croan en las tres diminutas lagunas esparcidas en el terreno. En algunos momentos ladra el único perro que cuida el convento. Averigüé y me dijeron que se llama Bernardo.

Cuando llegué al lugar, después de tocar el timbre, el hermano hospedero me dio un cálido recibimiento y casi en forma inmediata puso a mi disposición los horarios que mantienen la sincronía diaria de aquellos que estamos ahí. Luego me condujo a mi habitación. Es pequeña, con una ventana, una cama, un escritorio con su silla, algunos cuadros de imágenes religiosas, un crucifijo  y un baño, pequeño pero con lo suficiente para la higiene personal.

Descorrí las cortinas y desde la ventana pude observar el campanario, no muy elevado, que a las tres en punto de la mañana da inicio a la jornada de oración y trabajo.
A las dos y treinta ya me levanto. Una ducha rápida, me cambio y salgo para estar unos minutos antes en la capilla que congrega a los monjes y visitantes. Me gusta sentarme en el medio del templo y en un banco amplio. Una vez que estoy allí un monje se me acerca y me extiende un libro que será la guía en las oraciones de la jornada.

Se escuchan las campanas, y minutos después todos nos ponemos de pie. Un hermano avanza haciendo la señal de la cruz  y todos lo seguimos  como un ejército sigue la orden de su oficial. De allí en más las oraciones cantadas se alternan con los recitados. Cada salmo es precedido por una antífona y se culmina con una alabanza cantada que invoca al Dios como Padre, Hijo y Espíritu. Al principio y al final todos nos ponemos de pie otra vez. De esa manera termina ese primer momento del día en que los monjes llaman maitines. Siempre se debe rezar antes el amanecer, después cada uno tanto monjes como visitantes, se dirigen a sus tareas. No obstante, a mí me gusta quedarme un rato más y luego pasar por el comedor común. Lleno un tazón con café y leche, lo endulzo con miel, tomo dos panes y tres galletas. Tengo siempre la misma rutina  y me retiro a mi habitación para leer y meditar.

La oración se repite en varios horarios durante el día. A las siete lo llaman laudes y la oración está engarzada en forma inmediata con la misa.  Vienen luego dos momentos que denominan: prima y tercia. Luego a las doce se reza lo que se llama sexta y dónde también se canta el Ángelus en honor de la Virgen. Luego del almuerzo y el breve descanso, a las quince, se reza Nona, dedicada a la misericordia. Cuando el sol va decayendo hacemos la oración de  las llamadas Vísperas, también junto al Ángelus. Culminando la jornada, luego de la cena, y pasada las veinte se rezan completas. Aquí se recibe la bendición con agua bendita y se hace recuerdo de la muerte, invitando a tener el espíritu preparado para nuestra propia muerte. Aquello que comienza bien temprano tiene su cierre. Hemos pasado por las diferentes etapas del hombre que se levanta para trabajar y pone su confianza en Dios, luego va desarrollando sus actividades y se detiene a invocarlo en diversos momentos del día y al final de la jornada pone nuevamente la propia vida en sus manos.
En este andar cíclico de hombre y tiempo, como un engranaje perfecto marcado por la naturaleza, cada uno de nosotros va desarrollando sus actividades en absoluto silencio, que puede ser interrumpido con un saludo o un cruzar de miradas. Aquellos que nos hospedamos por un breve tiempo gozamos de la prerrogativa de preguntar al hermano hospedero por tal o cual actividad. Siempre se recibe una escueta pero cálida respuesta.
El domingo la jornada comenzó como los días anteriores. Pero la misa –como es un día festivo- se celebra a las once y pueden participar además todos los visitantes externos que están de paso. Muchos son feligreses de cada domingo, ya sea por su proximidad al Monasterio o bien porque son parientes de algún hermano monje u ocasionales peregrinos que van rumbo a sus casas de fin semana.

Había amanecido con uno sol pleno, el cielo estaba libre de nubes, y la temperatura era agradable, por lo cual presagiaba una jornada muy buena, y de ahí que los peregrinos que llegarían al templo serían muchos. El templo no es muy grande y a veces algunas personas siguen todo el oficio de pie.

Luego de realizar mis labores de reflexión en el cuarto, aproveché lo diáfano  del día y salí a caminar y media hora antes de que diera comienzo la misa, estaba ya sentado en el mismo lugar de siempre.

En el  coro estaban los monjes. Los jóvenes estaban a distancia del monje mayor que tenía los ojos cerrados. No pronunciaba palabra alguna. Pensé que el monje mayor tenía pensamientos que iban circulando desde su razón a su corazón, como la sangre va del corazón al resto del cuerpo y vuelve, y luego volvían a realizar ese circuito del corazón hacia su razón.

El bullicio de la gente que parloteaba en el atrio y que comenzó a entrar trastrocó mis propios pensamientos y me volvió a situar en tiempo y espacio en el lugar en el que estaba. Se escucharon de nuevo las campanadas. La misa duró un poco más de lo habitual y culminó con la bendición del Padre Abad, superior del convento. Los feligreses comenzaron a retirarse y después de pasados unos minutos quedábamos en el templo el monje y yo.
Se levantó y caminó parecía que casi sin tocar el piso, como sí levitara, elevándose envuelto en su silencio. Hasta me daba la impresión de que su rostro irradiaba luz. Se detuvo, se inclinó y el hábito compuso junto al piso el efecto de un círculo que me hizo pensar en un eclipse. Tomó entre sus dedos de la mano derecha un elemento que estaba en el piso de ladrillos. Lo observó con sigilo como un cazador examina a su presa o un jugador de ajedrez estudia su próxima jugada. Desde mi posición de vigía no podía divisar de qué se trataba. Entre él  y yo había un ángulo de obscuridad que mis ojos no podían atravesar. Me quedé sentado. Él siguió por un largo rato mirando lo que para mí era un objeto extraño. Yo sentía que era una eternidad. Caminó con su andar sereno y se detuvo frente a una imagen. Una escultura muy rústica que contenía a una mujer y a un niño en sus brazos. Con la poca iluminación que daba sobre el lado izquierdo de su rostro ví –o en verdad supongo que ví- que tenía el hermano los ojos cerrados. Tomó el elemento –que seguía siendo una gran incógnita para mí- y lo depositó a lado de la imagen. Hizo una inclinación y se retiró por el lugar de donde había venido. Dejé pasar unos minutos pero me devoró la ansiedad y entonces decidí caminar hacia la imagen.

Estoy parado frente a la imagen, mis ojos buscan el objeto y está allí. Me percibo con un cierto nerviosísimo por hacer algo a lo que no estoy acostumbrado, siento en mi cuerpo un leve temblor. Tomo rápidamente el objeto y lo pongo en el bolsillo de mi campera. Salgo rápidamente y me dirijo al comedor. Allí juntos, monjes e invitados, nos disponemos para disfrutar del almuerzo. El domingo no hay monje lector, sino que sale de unos parlantes una bella música, después de oírla por unos minutos reconozco que es el quinteto en Do mayor de Schubert que tiene como característica particular que es ejecutado con dos violoncelos.
Después de orar en agradecimiento por los alimentos, nos sentamos y como antiguos camaradas nos vamos pasando las fuentes con ensaladas y la comida preparada para ese día. Un joven hermano va pasando con una botella y al dirigirse a mí lo hace con un gesto para darme a entender si deseaba vino a lo que asiento con la cabeza. Saboreo ese néctar y ya me encuentro más sereno. Después del almuerzo colaboro en la tarea de recolección y limpieza de los utensilios. Antes de retirarme dejo sobre la mesa un sobre, dentro hay dinero para compensar las atenciones de la estadía en el convento.
Los monjes no tienen una tarifa fija, confían en la voluntad de los hospedados. Una de sus reglas que viene de su fundación en el medioevo es que los monjes no niegan alimento y hospedaje a aquellos peregrinos que golpeen a su puerta. Hago un rápido paneo con mis ojos por el cuarto, salgo y luego de saludar al hermano hospedero subo al auto para volver a casa.

Tiempo después estoy sentado en mi escritorio, tengo un vaso con whisky y algunos cubos de hielo –juego con ellos- mientras observo la foto que había tomado de la escultura de la Virgen y a su lado está el objeto que ya no es extraño para mí. 
Minutos después recibo un mensaje de texto de un amigo que dice: “estuve unos días en el monasterio y tengo un sobre para vos que te envía un monje”. Me suena extraño. Le hago a mi amigo dos o tres preguntas pero no obtengo  la respuesta que me hubiera permitido adelantarme al contenido de esa misiva. Acuerdo con él de encontrarnos en su oficina al día siguiente, dado que la intriga por el contenido de la carta pudo más que mis ocupaciones ya prefijadas.
Allí estaba a las nueve como habíamos arreglado. Nos saludamos y nos quedamos charlando un rato. No recuerdo nada de lo hablado con mi amigo, ya que mi cabeza estaba en el contenido de ese sobre. Nos despedimos  y entonces apuré mis pasos. Entre a un bar, busqué una mesa alejada de la gente, y le pedí a la moza un café cortado. Miré el sobre que decía mi nombre y apellido y al dorso estaba la dirección del monasterio y nada más. Arriba de mi nombre y también en una pulcra letra estilo gótico se leía el nombre de mi amigo junto a la palabra “atención”. Mi nombre y apellido lo precedía la palabra “Señor”. Desconocía al firmante.  Le pido a la moza, abusando de su atención un cuchillo, veo que me pone cara extraña ante tal pedido, entonces le muestro el fin de lo solicitado,  que era para abrir un sobre, y se sintió más aliviada. Lo supuse por el cambio en su semblante.

Tengo las hojas de la carta en mis manos y comienzo la lectura:
“Estimado Señor:
           Seguramente tendrá un sentimiento extraño por recibir esta carta. Me atrevo a escribirle porque al decir de su amigo sé que es una persona honesta y discreta. Quién ha hecho de intermediario entre Usted  y yo. Me agregó su amigo a modo de perlita que confesarle algo a Usted es como guardar un tesoro en un cofre a prueba de todo. Esas razones me animaron a escribirle esta confesión. El día en que usted estaba en el templo yo me acerqué y tomé un pendiente que estaba en el suelo, lo observé y lo deposité poco después a los pies de la Virgen María que adorna parte de nuestro templo. Poco después de retirarme, usted fue hasta dicho lugar y tomando ese pendiente, lo guardó en un bolsillo. Lo observé todo desde la sacristía. No me animé a acercarme en el almuerzo y luego Usted se retiró de nuestro monasterio. Dicho pendiente seguramente para Usted no tiene ningún valor, pero si lo tiene para mí. Ahora le voy a narrar el significado real y profundo que tiene ese simple pendiente y la razón de ponerlo a los pies de la escultura.
En mi infancia, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, tenía una compañera de colegio con la cual nos llevábamos muy bien, con la que además compartíamos  la proximidad de ser vecinos y la amistad de nuestras familias. Fuimos creciendo casi sin darnos cuenta. Al llegar a nuestra adolescencia  y por motivos laborales, esto lo supe años después, sus padres emigraron a la ciudad. Antes de despedirnos en una tarde calurosa de febrero nos  juramos que cuando alguno de los dos necesitara del otro lo buscaría y mediante un símbolo le haría saber que estaba necesitando un milagro en su vida. Si era yo quien lo necesitaba,  le llegaría una hoja con un poema que había escrito en la escuela y que a ella le había gustado mucho, porque era la historia de un perro que nos acompañaba en nuestras travesuras de infancia, y si ella era quien necesitaba del milagro, me acercaría un pendiente de color azul que tenía varios apliques con diversas figuras, como lo habrá podido notar. El tiempo pasó para ambos. Supe a través de mi familia que ella se había casado, tenía hijos y una profesión exitosa. Por mi parte soy monje, no antes de dar varias vueltas por la vida, ingresando al Monasterio después de pasados los treinta años y ya hace casi cuarenta que estoy enclaustrado viviendo en mi vida el lema de nuestro fundador San Benito "Ora et labora". En este largo tiempo, si le confieso que he necesitado varios milagros para continuar, pero nunca me atreví a hacerle llegar a ella ese poema que está guardado en mi breviario.
Intuyo que ese domingo de diciembre ella estuvo por aquí. No la vi. Se habrá percatado de mi silencio y mis ojos cerrados durante las oraciones y celebraciones. Cuando fui a rezar mi oración diaria a la Virgen y divisé ese objeto, al tomarlo volé con mi imaginación a esa adolescencia de alegría, secretos y promesas.  Recorrí el pendiente con mis dedos y comprendí el mensaje. Mi amiga de la infancia necesitaba de un milagro. Por eso lo llevé a los pies de la Virgen. Solamente le pido que si lo tiene en su poder lo ponga cerca de algún elemento religioso que sea importante en su historia de fe. Es un signo solamente y no hay magia. Los milagros son parte del andar diario de la gente, no hay intervenciones extraordinarias, hay actitudes ordinarias que producen lo que decimos un milagro. Le ruego ese gesto para dar por cumplido ese pacto juvenil. Disculpe mi atrevimiento, pero guarde en su corazón este pedido y esta historia. Es algo muy lejano en mi vida, pero creo estar seguro de que en algún momento estuve enamorado de ella. Hoy ya en el trayecto casi final de mi vida es Usted un instrumento para confesar aquello que ya fue vivido. Espero sepa comprender. Me despido con mi bendición y afecto. Hermano Silvio”.

-¿Algo más señor?. -No, gracias. Pagué y guardé la carta en mi bolsillo. Confundido y estupefacto, hasta diría con cierta vergüenza iba haciendo memoria en el tren de mis días en el Monasterio, del pendiente y el contenido de la carta del monje que acababa de leer. Llegué a  casa, subí y busqué  ese pendiente y junto a la fotografía que había sacado, puse todo prolijamente en un sobre y lo deposité en el cajón central del escritorio bajo llave.

El fin de semana siguiente me dirigí hasta el monasterio. Participé de la eucaristía como un fiel más. Se volvió a repetir aquella escena del domingo de diciembre y después que el hermano monje se hubiera retirado, puse el sobre en la escultura que representaba a María Virgen con el niño. El sobre contenía el siguiente epígrafe “para el Hermano Silvio con mi afecto y oración”.

Después me retiré. Había cumplido una misión. Había cerrado un círculo abierto involuntariamente.

                                                                                                         Sergio Dalbessio (2017).

sábado, 16 de diciembre de 2017

SABIDURÍA (microrrelato)

“La escritura es la herida de un enfermo de amor”
Christophe Lebreton[1]


SABIDURÍA

El monje en silencio. Oraban con palabras inteligibles los hermanos recién ingresados a la orden. El monje tenía pensamientos que iban de la razón al corazón. Los jóvenes estaban a distancia de él. El monje mayor había vivido siempre elevando su mente y su corazón a ese ser nunca visto. Su fe infantil la fue nutriendo con lecturas, escrituras y debates. La fe creció como también su vida. Sus palabras se fueron apagando, solamente hablaba para recitar o cantar los salmos. Meditaba durante el día y muchas veces lo hacía en el silencio de la noche. Contemplaba una sola imagen, la de aquel hombre que desnudo pendía del patíbulo de la cruz. La madurez le dio paso a la sabiduría. Cuando nos miraba salían de sus ojos palabras llenas de luz. Todos decían que era un santo. Hacia sus trabajos y sus oraciones como toda la comunidad. Esa mañana cuando entramos al templo estaba tendido con sus brazos extendidos, la cruz estaba vacía.

Christophe Lebreton (de barba).

 Nota: El día miércoles me encontré con el libro de poemas mencionado en la referencia. La frase que encabeza el microrrelato es tomada de ahí, ya que pone en palabras concretas lo que habíamos dialogado el día martes con el poeta y escritor Néstor Tellechea sobre la escritura de lo finito y lo infinito.



[1] Lebreton, Christophe (Francia, 1950-Argelia, 1996). Uno de los siete monjes secuestrados del Monasterio Trapense Nuestra Señora de Atlas, Tibhirine. Poeta, místico y mártir.  Libro: “Ama hasta el fin del fuego. Cien poemas de verdad y de vida”. Palumbo-Bertolini- Editorial Agape- 2017.

viernes, 27 de octubre de 2017

LA ESPERA -cuento-

LA ESPERA

¨Todos compartimos el mundo por un breve tiempo” (Desconocido)

La señora Mónica se levantó temprano como lo hacía todos los días. Encendió la hornalla, llenó la pava con agua y la puso sobre el fuego. Vacío el mate del día anterior en el cesto de los residuos que estaba sobre la mesada. Apenas la pava comenzó a silbar la retiró del fuego, luego lleno el mate con yerba, mojó levemente la yerba, introdujo la bombilla y lo llenó con agua caliente, así tomó ese primer mate de la mañana. Puso el resto del agua en el termo, apagó la hornalla, salió al patio y miró las plantas. El sol iba descorriendo de a poco las sombras de la noche.

La Señora Mónica tomó varios mates seguidos, luego sacó la traba de la puerta que daba a la calle, destrabó los pasadores, puso la llave, la giro dos veces y bajando el picaporte abrió la puerta que la devolvió al mundo de los mortales. Mirando desde la puerta saludo a algunos vecinos que pasaban rumbo a sus trabajos,  a otros que barrían de sus veredas  las últimas hojas que estaban cayendo del otoño y a los que paseaban sus perros.

Luego de un tiempo de mirar, caminó hacia la esquina, vio que los recolectores de residuos se habían llevado la bolsa que había depositado en la tarde anterior en el canasto sostenido por el palo de la luz.


Volvió a entrar, siguió tomando unos mates, encendió la radio, escuchó las noticias y luego se puso a esperar. De la radio salían voces con comentarios, propagandas y noticias. Ella estaba sentada y  esa espera se alternaba con los mates que seguía tomando. No puedo saber lo que piensa, su rostro no delata nada. Puedo percibir que detrás de  los gruesos anteojos están sus ojos fijos. 

El tiempo pasa, los segundos le dan paso a los minutos y estos siguen girando en el minutero del reloj y así va cambiando la hora. La espera avanza. ahora junto a su ansiedad. No llega lo esperado. Tarda más de lo habitual. Se levanta, toma el teléfono, disca el número y luego de un rato de espera  nadie le contesta. Cuelga el teléfono y se vuelve a sentar.  

Continúa esperando. El tiempo no se detiene. El tiempo es como la vida, aunque estemos sentados y no hagamos nada con ella sigue corriendo. Tarde o temprano llegará lo que ella espera. Sentada escucha un golpe que interrumpe esa tensa espera. Un golpe le sucede a otro. Se levanta casi automáticamente, llega a la puerta y la abre y se saludan. 

La Señora Mónica le dice: “un sifón por favor”.

sdalbessio@gmail.com