Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








sábado, 29 de agosto de 2020

HACIENDO MEMORIA II -

Crecí sin derrochar
logré abrazar, el mundo todo
y más, mil sueños más,
viví a mi modo...

Dolor lo conocí
y recibí compensaciones
seguí sin vacilar
logré vencer las decepciones...
Mi plan jamás falló
y me mostró mil y un recodos
y más, sí mucho más,
viví a mi modo...

Cuando me vine a Buenos aires me regalaron –mis compañeros catequistas de la Consolata- el ritual de los Sacramentos con esta frase y sus firmas: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me envió a consolar a los que están afligidos” Isaías 61, 1-3ª.

Esa mañana calurosa y de desasosiego del 23 de enero de 1980, con 17 años junto a una valija marrón, un bolso verde “diportto”, al P. José Auletta I.M.C. y los entonces seminaristas Rubén López –sacerdote- y José Luis Ponce de León –obispo en África- en un Renault 4 de color blanco emprendí el viaje. Una caja de libros me llegaría después por Transporte Barrado junto a cajas de picadillo, galletitas y otras vituallas que tenían mis padres la costumbre de enviarme, para ser compartidas.


Ahí quedaron mis padres, abuelos, hermano, tíos y primos. Algunos de ellos con “el magún” en su estómago. El magún (posiblemente se escriba de otra manera  y esa sea la pronunciación, palabra de un piamontés cocoliche) es la tristeza que queda anclada por una partida. Muchos años después lo traduje como la tristeza que uno tiene ante una despedida o situación dolorosa y que luego con el correr del tiempo y elaborando el duelo, la pérdida uno hace que eso desaparezca.

Luego ya en la Capital Federal del país, mientras me formaba en diversos cursos que fueron muy valiosos para mis primeros tiempos de formación. Íbamos al I.P.A; a las Jornadas de Vida Religiosa en la Federación de Box siendo uno de los expositores el P. Mateo Perdía C.P.. P: Arnaiz S.M., unas charlas de Monseñor Pironio sobre la vida consagrada y todo curso que sirviese para nuestra preparación. Comencé mi trabajo en la catequesis escolar, en el seminario teníamos el objetivo de trabajar para ganarnos aunque sea en parte el sustento diario, entonces conseguimos unas horas en el Colegio Lasalle de Flores. Como Pablo de Tarso que consideraba al trabajo como "Quien quiera ser discípulo, amigo y hermano de Cristo, que trabaje siempre que su salud, edad y circunstancias se lo permitan".

Como una perla para mi vida, acompañé varias veces al P. Mateo Pozzo I.M.C al antiguo Mercado de Abasto que estaba cerca de Chacarita. A las tres de la mañana en medio de esos hombres que gritaban, insultaban y cargaban grandes cajones, Mateo pedía y todos ellos le iban dando verduras y frutas, él nada desechaba. Todo lo que traíamos en el auto luego lo separaba y lo repartía en las casas religiosas de la zona de Flores que los misioneros frecuentábamos, por ejemplo las Hermanas Adoratrices de la calle Malvinas Argentinas, el Próvolo y otras más.


La dictadura seguía vigente para daba sus últimos zarpazos y vivimos con mucha tristeza y expectativas la guerra de Malvinas. La del 82 fue una Semana Santa vivido con el dolor de los muertos, la incertidumbre de los convocados y una parte del país que estaba con el oído y el corazón en el llamado teatro de operaciones y otros que continuaban su vida sin ton ni son.

Tuve muy buenos compañeros en el  itinerario catequístico y buenos maestros como el Hermano Mauricio Bovo, el Profesor Víctor Zacarías –hace pocos días fue su Pascua, el hermano Luis Combes. También trabajé un año en la catequesis de confirmación junto a mi compañero Alejandro García -platense- en la Parroquia San Francisco Solano de Mataderos, lugar donde fuera asesinado el P. Múgica. Muchos de los jóvenes que teníamos en confirmación eran niños en la época en la que fue asesinado el P. Carlos Múgica y nos contaban lo que sus padres les habían narrado sobre ese hecho.

Compartíamos esa comunidad en un primer tiempo como formado el P. Oscar Goapper, fallecido en tierras misioneras; luego acompañado por el P. Nelson Borgoño y tiempo después el P. Luis Manco. Como compañeros recuerdo a Gustavo Marcías –que había estado en el 78 en la cordillera cuando Argentina y Chile estuvieron a punto de entrar en guerra por el Canal de Beagle, Christian Fernández Moores, Néstor Saporitti, Ponciano Acosta, Roque Ferreyra –le decíamos “el tupa” por ser uruguayo- junto a los ya nombrados Rubén, José Luis y Alejandro. Pasaron otros compañeros entrerrianos, mendocinos y cordobeses, buena gente. Rescato la siguiente anécdota; cuando estaba Oscar recibíamos la comunión en la mano y se comulgaba bajo las dos especies. Al llegar el nuevo formador abolió esa forma argumentando las leyes litúrgicas de la Santa Madre iglesia. Entonces nos reunimos los compañeros y le hicimos un planteo de no estar de acuerdo con la modalidad y nos dijo que éramos golpistas, que nos podía echar. Ahí vislumbre un gran retroceso entre el decir y hacer, la apertura misionera predicada, la que debería ser para ir a evangelizar respetando a los demás y el apego a las tradiciones, leyes y formas arcaicas del pensamiento único.


La alternancia de la vida comunitaria, de oración, de hacer las compras, de liturgia, de ir en el 85 hasta Villa Devoto a estudiar a la Facultad de Teología de la UCA, y convivir con varias familias que venían al seminario fue un clima propicio para no desvincularse de la realidad. Sin olvidar las pizzas de los sábados en la Pinturería Siloé de Pedernera 53 del querido Jorge Depaolini y familia, incluidos sus cuñados. Además con el Tupa salíamos los sábados a la tarde a caminar y matear, llegábamos hasta el Cementerio de Flores. Los domingos teníamos  lo que se llamaba “un lugar de pastoral misionera”, en mi caso iba hasta Paso del Rey, donde estaba el P. Elvio Mettone y tenía una casita de chicos judicializados. También ayudaba a un grupo de mujeres que mantenía una olla  popular.

En esos tiempos tenía como director espiritual al Padre Alberto Ibáñez Padilla s.j. en el Salvador de la Avenida Callao y  Tucumán; y era el confesor el P. Antonio Marino –luego obispo- en la Parroquia de San José de Flores.


Fueron lindos tiempos, pero el Espíritu sigue soplando, a veces no nos damos cuenta por los caminos que nos va llevando, nos dejemos llevar, y tenemos que afrontar otras temas de la vida, aunque a veces eso significa no acordar con otros, pero es la vida de uno en relación con el Absoluto, a eso siempre intento –a veces lo logro y a veces no- ser fiel.

Ese fui yo
que arremetí, hasta el azar
quise perseguir...
si me oculté
si me arriesgué
lo que perdí no lo lloré...
porque viví
siempre viví, a mi manera...

Continuará…

martes, 25 de agosto de 2020

POSTALES PERSONALES I - HACIENDO MEMORIA


Haciendo memoria
Estoy mirando atrás
y puedo ver mi vida entera
y sé que estoy en paz
pues la viví a mi manera...

Doce días después de mi nacimiento fui bautizado, el 24 de febrero de 1962 en una Parroquia de la localidad santafecina de Piamonte erigida con el nombre de San Antonio por un Misionero de la Consolata el P. Antonio Ricci. Ahí comenzó mi vida dentro de la iglesia formalmente.
Estuve tres años en la casa de formación de los Misioneros de la Consolata en el barrio de Flores. En la Pascua de 1982 (12-4) festejamos en la Casa Provincial –José Bonifacio y Pumacahua- y jugué unas partidas de ajedrez con el P. Ricci. El después nos saludó alegremente y se fue a dormir. Esa noche fue su Pascua, seguramente desde el cielo con su bicicleta y sotana estará llevando su alegría.

Siempre iba a misa a la parroquia Nuestra Señora dela Consolata en la localidad de San Francisco, Córdoba, junto a mi mamá, a la primera misa, los días domingos. En ese lugar a los 14 años tuve el primer grupo de catequesis de primera comunión. Éramos un equipo de jóvenes, chicas y varones, que nos iban formando cada semana y podíamos transmitirle lo aprendido a los niños. Recuerdo a uno de los chicos porque su papá era empleado en una estación de servicio, lavaba los autos y siempre le decía a mi papá: “su hijo le da catecismo al mío”.



Recuerdo algunos de esos rostros de chicos y de compañeros de camino tales como Mónica Pastore, Marta Oliva, Rosa Leone, A R. de Córdoba, Jorge Leone, Aldo Córdoba, Clides de Usinowicz, Mabel Racca, Marta Villarreal, Elsa Ledesma Patricia Usinowicz y Marcelo Cereda.




Puedo decir que el retiro realizado en las instalaciones del colegio técnico conocido popularmente como “artes y oficios” al lado de la Catedral predicado por el P. Hernán Pereda de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey fue una llamada a seguir a Jesús.


Desde ahí, además de la catequesis, me involucré en los grupos juveniles y en la incipiente coordinadora de grupos juveniles. Hay que contextualizar en el tiempo que vivíamos para el gobierno militar, muchas actividades estaban proscriptas y regía la censura. Los jóvenes era uno de los grupos donde el poder de turno tenía puesta su mirada. Una iglesia que conservadora en su estructura estaba necesitada de vocaciones sacerdotales y religiosas, viendo que los jóvenes se movían comenzaron tibiamente a apoyarnos, además de ejercer cierta vigilancia para que no nos desviemos ya que estaba muy presente esos jóvenes que adhirieron a la iglesia y al cristianismo habían tomado las armas, sin olvidar que muchos de ellos integraron grupos de la iglesia, desde aquellos grupos instaurados desde años con una sólida jerarquía y principios hasta los más volubles como los llamados grupos misioneros y juveniles.

Hoy puedo afirmar que muchos miembros de la iglesia alentaron esa toma de armas con predicaciones erróneas, interpretaciones falsas del Evangelio y teologías asentadas en personalismos. Todavía quedan algunos vivos, ellos tendrían que pedir perdón a la sociedad por su prédica que condujeron a uno de los tantos baños de sangre que vivimos en la Argentina y que todavía nos sigue manchando dolorosamente.

Recuerdo a los padres Luis Sccacabarozzi, Mario Viola, Juan Bosco, Nelson Borgoño, Ramón Núñez y Enrique Blussand, todos Misioneros de la Consolata, con diferentes personalidades y características. También al padre Baldomero Martini -después obispo- y al P. Pedro Ludueña Sueldo, sin olvidar al P. Ronald Ferrero de la localidad de Morteros, todos ellos del clero diocesano. Con mucho afecto a dos laicos Víctor Córdoba y el Sr. Tito Melían, ambos muy compañeros y disponibles a alentar a los jóvenes en el compromiso con la iglesia.

Se hicieron grandes jornadas juveniles, en lo personal fue un golpe la muerte de Pablo VI, para muchos el Papa de nuestra infancia y adolescencia. Elegían a otro que a los treinta y tres días nos dejaba –merecería un párrafo aparte sobre la inesperada muerte de Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa. Fue elegido un cardenal de Polonia –haciendo casi realidad la novela de Morris West “Las sandalias del pescador”- rompiendo una tradición de siglos de papas italianos –algo que todavía sigue- y el recientemente elegido Juan Pablo II voló a Puebla, México. Los jóvenes entusiasmados con ese documento de color verde que nos habla de la realidad latinoamericana y de las opciones preferenciales.

Misionar también fue abriendo mi mente y corazón a nuevas realidades, como lo vivido en Ciénaga del Coro, diócesis de Cruz del Eje, en tierras donde anduvo el cura Brochero y que la gente mayor contaba de las andanzas de ese sacerdote que predicaba a la gente humilde de las sierras cordobesas. Etapa compartida con el P. Virginio Bressanelli s.c.j. –luego obispo- y los amigos Omar Santillán y Raúl Aimar.

Menciono también a los Hermanos Maristas: los Hermanos David Calvo Ortega, Demetrio Espinosa y Adán Kappes que nos facilitaron los encuentros para confirmarnos, Marcelino Buet, Urbano Espinosa y Antonio Ruet, sin olvidar al gran maestro Avelino Sufia que nos preparó para la primera comunión.
Las clases de oratoria de los sábados a cargo del Hno David nos ayudaron para hablar en público y compartíamos momentos de oración en la reciente capilla del colegio.

Voy narrando todos estos hechos para entender que la vida va sucediendo como una cadena de eventos donde las personas que intervienen, si uno los sabe escuchar, son la voz del Espíritu que siempre sopla y nos lleva adonde quiere y cuando quiere. Esto cuando uno es adulto lo va mirando con el espejo retrovisor y se sitúa cada palabra, hecho y persona en su lugar.

Podrían nombrar a las personas que pusieron piedras en el camino, descalificaron o persiguieron, pero ya no habita ningún rencor en mi corazón hacia ellos, sino pedirles a Dios que los haya recibido entre sus manos a aquellos que tuvieron su Pascua y bendiga a los que todavía siguen con vida.

Pero siempre me detengo en aquellos que han sumado a mi vida como lo fueron Juan Carlos Gieco y Mónica Pino, cuya casa visité durante mucho tiempo, mientras veía crecer a sus primeros hijos –Carolina y Juan Pablo- ellos hablaban del Movimiento Carismático –impulso de un nuevo Pentecostés-, de Neruda y de Los Jaivas.

Entre los momentos fundantes están a las visitas a la capilla del Hospital, al cementerio, las noches de oración en la parroquia junto un grupo de jóvenes que habíamos hecho de la oración un punto de encuentro. Cada uno siguió luego su camino, algunos son sacerdotes, otros estamos casados y otros ya están junto al Señor. Daniel Mari, fue preceptor y un gran compañero, consejero pausado y excelente persona, y a Reynaldo Giménez, mucho más grande que yo, pero muy espiritual y también una gran personal. Ambos están gozando de la p presencia de Dios. Peregrinamos en ese momento de la vida junto a Sergio Muratore, Daniel Cavallo, Mario Ludueña, Domingo Camisasso y Marcelo Cereda.
Fue una etapa de preparación, de compartir y de crecer en una adolescencia llena de preguntas y cuyas respuestas se fueron contestando con el tiempo. Cuando uno es joven con todos los bríos parece que nada nos detiene, cometemos errores, algunos aciertos. Tengo claro de mi fidelidad a lo que conocía y sabía. Soy un agradecido a cada momento.

Todo lo vivido, agitado por el Espíritu, animado por la libertad que siempre pude disfrutar y que valoro mi familia me dio, desde una excelente formación en el colegio, el espacio para trabajar junto a mi papá en los veranos en la sodería, el poder participar de diversas actividades antes mencionadas y las revistas religiosas que me mamá recibía y yo las devoraba, como las tardes de radioteatro fueron elementos que me llevaron en una mañana de enero de 1980, más precisamente el 23, a vivir mi segunda emigración, de San Francisco hacia Buenos Aires.

-continuará-

lunes, 22 de junio de 2020

FOTOGRAFIANDO EN EL DÍA DEL PADRE



POSTALES

Pensar en el festejo del día del padre, así llamado culturalmente, me lleva sin lugar a duda a pensar diversas postales en relación a dicha palabra convocante: “padre”.

En mis recuerdos me remito a mi papá, en especial a mi adolescencia, en el rastrojero repartiendo los sifones de soda en aquellos veranos calurosos de San Francisco, donde la provincia de Córdoba se hace pampa gringa con la de Santa Fe. Reparto tras reparto, mucho silencio y enseñanzas concretas sobre lo que sí debía hacer y lo que no debía hacer. Aprendí que el trabajo era la forma honesta de vivir el día a día. El pan nuestro de cada día ganado con el sudor de la frente, y les puedo asegurar que en esos veranos eran para transpirar en serio.

Luego la docencia me fue poniendo otras postales de hijos con diversos tipos de padre. Los que hablaban de sus padres, los que los ignoraban, los que los padecían, los que los extrañaban. No hay un solo modelo, una sola imagen, cada uno vive su experiencia como hijo con respecto a su padre.

Una de las postales que siempre quedaron ancladas en mi corazón fue cuando al inicio de mi ministerio en la catequesis tuve que acompañar a un alumno que su padre había fallecido; eso se ha repetido durante años, y el año pasado tuve que darle un abrazo –las palabras sobran para esos momentos- a dos alumnos que sus padres fallecieron. Como cristiano creo en la Pascua del ser humano. Pero en aquel que vive dolorosamente la pérdida de su ser querido hay muchas más preguntas, todas sin respuestas. En ese instante, poder dar aseveraciones o protocolos de duelo está demás.

En estos tiempos de pandemia quiero detenerme en dos postales que comparto: el papá y el nene que se quedaron sin vivienda en Capital Federal y fueron noticia. Un padre llorando porque no le pedía dar a su hijo lo esencial: alimento y el cobijo de un tuyo. ¡Qué dolor profundo habrá traspasado ese hombre! Y la más cercana, el padre que tirando un carrito acompañado de su hijo, quién no tendría más de cinco años  y ya iba caminando al lado del carro. ¡Qué dureza ver el carro arrastrado por un hombre y un niño que debería estar jugando o estudiando! Imágenes que interpelan a los egoísmos que tenemos los otros seres humanos.

Podría describir cientos de postales, familiares y lejanas. El ser padre me ha llevado a cambiar pensamientos, criterios, afirmaciones y por sobre todo silencios para que los hijos crezcan en la libertad, la misma que yo tuve y tengo. En estos días se usó una frase de Belgrano, uno de los padres de la Patria: “Sin la libertad, la vida no vale nada”. Cuando uno se convierte en padre, desde el momento que uno sabe que está esperando un hijo, ya no se duerme más de la misma manera. Esa frase que parece hecha,  soy testigo que es realidad. Siempre se está atento a los actos y hechos de los hijos, luego esto se traslada a los nietos y el descanso vendrá luego.

Digo postales porque soy del tiempo en que se recibían y se enviaban las llamadas postales desde los lugares donde uno iba a vacacionar; además la postal es un instante de una persona o un paisaje; y las postales hay que verlas en el contexto de desplegar el mapa de todo el paisaje circundante para poder comprenderlas. Por último, como un homenaje a Pedro, que tenía un blog denominado Postales, auténticas piezas de la literatura periodística se pueden encontrar en ese espacio.

Por último voy a levantar el ancla en la imagen de Dios. Se le atribuye a Dios la imagen la de ser padre –ahora también sumamos desde Juan Pablo I- la de madre. Que Dios trae y Dios lleva como si fuese una cinta transportadora en una fábrica de empaques. Dios es Amor. Dios es Misterio. Imágenes ponemos los seres humanos de todos los tiempos para nosotros, y a veces las mismas no representan ni abarcan todo lo que Dios fue, es y será. El amor contiene, repara, es paciente, es servicial, es misericordia. Para entender a Dios, como para entender a nuestros padres, para entendernos a nosotros, los que somos padres, tenemos que ampliar el mapa de la vida, no quedarnos con una escena en un lejano rincón, sino desplegarnos para que nuestra mirada amplia nos permita contemplar el misterio de Dios, de la vida y la de ser padre.

Soy un hombre de esperanza –no de poético optimismo-, y por eso reparo en personajes como Abraham, Moisés y en especial de uno llamado Job, que a pesar de todo lo vivido su fe fue inquebrantable y la esperanza fue su sostén. Y abrevo en otro relato mítico al que siempre vuelvo, cuando Caín mata a su hermano Abel. Como lectores esperamos que Dios haga caer el fuego de su venganza en él, sin embargo, el narrador, que comprende desde su corazón –seguramente era padre, esto es una licencia mía-, dice la frase maravillosa que le atribuye a Dios: “Ciertamente cualquiera que mataré a Caín, siete veces será castigado. Entonces Dios puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara”.

Padre se es un instante y luego se va construyendo a lo largo de la vida, ese alguien que uno va siendo junto a los hijos, y las palabras padre e hijo engloban un sinnúmero de circunstancias y hechos que como las huellas digitales no existen dos padres y dos hijos iguales cuando se bucea en lo profundo de las personas.
Después de estas breves palabras es bueno decir Feliz día del Padre y Feliz día de los Hijos. La humanidad es gestada como un hijo y a su vez transforma en padre de otras humanidades.
¡¡¡Feliz día!!!
Sergio D.

lunes, 15 de junio de 2020

PADRE NUESTRO


Padre Nuestro
que habitas en el cielo y en la tierra,
que estás aquí junto a nosotros,
en este momento estás junto a mí.

Santificamos tu nombre,
te llamamos Dios porque lo creemos,
aún en medio de las dudas y enojos
balbuceamos e invocamos tu nombre.
Venga a nosotros la verdad, la justicia,
la paz, la misericordia, el perdón y
la compasión.

Buscamos hacer el bien, con sincero corazón,
y a veces no nos sale como deseamos,
pero tenemos la certeza que estamos construyendo juntos
tu Reino, ese que nos enseñó Jesús, con palabras y acciones.
Reino que es una comunidad, un espacio donde todos cabemos,
sin exclusiones, respetando y valorando las diferencias tan necesarias
para crecer como personas y como humanidad.

Háganse tus deseos de que el hombre viva en armonía,
hagamos nosotros lo posible esos deseos,
que los seres humanos junto la naturaleza
y al cosmos que nos cobija,
podamos vivir anticipadamente los destellos
de lo que será contemplado eternamente
luego de nuestra muerte física y psíquica,
fluirá nuestro espíritu con toda su energía,
allí en lo que llamamos cielo, que incluye la tierra.

Danos el pan nuestro de cada día,
el de la mesa cotidiana,
el de la salud,
de la educación,
del trabajo, de la diversión,
de la libertad de expresarnos, de rezar, celebrar y cantar,
de ser artesanos con nuestros manos,
el de respetar la naturaleza,
el pan del dialogo,
de buscar la plenitud como mujeres y hombres.

Te pedimos ese pan porque sabemos
que vistes los lirios del campo y
das de comer a los pájaros del cielo.

Perdona nuestros enojos, mentiras, violencias,
calumnias, divisiones y guerras
que traen muerte, dolor y deseos de venganza.
Desde nuestra fragilidad nosotros intentamos perdonar
a aquellos que nos hicieron daño
y a los que consideramos que dañaron
a nuestra familia, grupo, tribu, amigos y compañeros.

Ayúdanos para que no cedamos a la tentación
de ser violentos, corruptos, egoístas, avaros,
de aplicar la ley del talión
y danos la fuerza para no convertir en actos aquellos
pensamientos segregacionistas, egoístas, de muerte,
 y que las acciones que realicemos para con los demás
estén inspiradas en el Bien.

Que pueda ser así, amén, que lo que pedimos lo podamos vivir. 
Sergio D.

sábado, 30 de mayo de 2020


BIBLIOTECA
PEDRO LUIS ARMANO
LECTOR-MAESTRO-PROFESOR PERIODISTA-ESCRITOR-AMIGO
EN SU MEMORIA

En los años setenta Vinícius de Moraes, el poeta brasileño, visitó la Argentina. Un joven poeta, Santiago Kovadloff. lo visitó en el hotel con el fin de presentarles unos poemas. Vinícius que lo recibió con un vaso de wisky a las 10 de la mañana, con mucha cortesía comenzó a leer uno de los poemas. Vinícius, que había sido encargado en la Embajada de Brasil en Uruguay conocía muy bien el castellano. Le iba diciendo, “muy bien esta palabra, qué buena pero yo pondría esta otra”; “excelente este término, muy bueno…pero probá poniendo esta otra palabra” y así poco a poco le fue cambiando con elegancia, buen tino y respeto cada una de las palabras que Vinícius creía podían enriquecer aquellos poemas. La anécdota, contada las otras noches en la “Tertulias de los jueves” por el poeta y filósofo argentino, me da inspiración al texto en memoria del amigo Pedro Luis Armano.
Vamos a comenzar a transitar los diez años de la Pascua de Pedro. Su recuerdo en nuestra memoria, de aquellos que tuvimos la fortuna o gracia de disfrutar de su amistad, sigue perdurando día a día. Cuando vemos una foto de él, o sacamos un libro de la biblioteca que nos obsequió, o abrimos una agenda y en la letra “A” donde está su nombre, dirección y teléfono, en las charlas con algunos amigos en común siempre aparece su persona, sus palabras, sus gestos y actitudes.


En estos días me preguntaba ¿cómo viviría Pedro estos tiempos de aislamiento social y pandemia? Él que se lavaba continuamente las manos, que comía sin sal –era un leve incordio ir a almorzar con Pedro pues comenzaba siempre preguntando si cocinaban con sal o sin sal,  ya que cuidaba cada detalle de su salud y estética, pienso en el guardapolvo perfectamente planchado por Licha o Dora, a quienes respetaba y quería con un gran afecto.

Seguramente mantendríamos por WhatsApp  las interminables charlas que solíamos tener por teléfono. Eran tiempos donde las redes sociales no habían hecho ebullición en el mundo, recién comenzaban a asomarse, a pispiar a los seres humanos que en poco tiempo seriamos abordados por ellas. Sin embargo hoy vemos su utilidad en todos los aspectos, desde lo educativo hasta las compras on-line. ¿Qué diría Pedro de este “nuevo mundo posible que habría la tecnología”?

Pedro con quien se podía charlar de política, de libros, de cultura en el amplio sentido, desde cine, música, cuadros, teatro y todo el abanico de temas que se pudiera imaginar. Siempre atento a lo que al otro le gustaba o necesitaba. Su seriedad matizaba con un fino humor, irónicamente sarcástico, pero sin perder su compostura ni siquiera en el tono de voz y dejando a su interlocutor en un desapercibido off-side, hablando en términos futbolísticos.
Podría contar cientos de historias, cada uno de los que lea estas líneas también recordarán –pasarán por el corazón, de eso se trata la Pascua- las que vivieron junto al amigo Pedro. 

Siempre respetuoso de aquellos que pensábamos distinto y cerrando con la frase cuando algo no lo convencía: “lo pensaré”. Hicimos juntos un libro sobre educación que se llamó “Educación ¿problema o dilema?”, cada uno escribió sus textos y fue prologado por el Profesor Roque E. Dabat, en ese momento vice-rector de la Universidad de Quilmes, su escrito fue un artículo más del libro. Pedro, sin conocerlo, estaba feliz de que alguien se tomará el tiempo para potenciar nuestros textos. Los tres teníamos opciones políticas diversas pero pudimos anclar en el mismo texto y compartiendo las mismas páginas. ¿Qué pensaría Pedro de la grieta existente y dónde estaría situado?

No deseo extender estas líneas y por eso vuelvo al primer párrafo a la historia de Vinícius y Santiago. Para mi persona tuvo la misma actitud de Vincíus hacia el joven Santiago. Yo le llevaba textos y él con paciencia y delicadeza me iba haciendo observaciones y correcciones, siempre desde “quedaría mejor así”, “si ponemos esta palabra le va a dar más fuerza a la idea” o “deja que esto lo piense el lector”. Un maestro con todas las letras, lejos de anular al alumno o al principiante, Pedro lo estimulaba a la superación, a la búsqueda y a la corrección. Así también lo hacía con la lectura de los libros, sugería, alentaba, guiaba, no imponía. ¿Qué diría de estos tiempos donde se quiere imponer el pensamiento único?

Por eso en este aniversario le hago a Pedro dos regalos: el primero es una frase que tallé en estos días: “La pandemia es una coma en la escritura de la humanidad que seguirá escribiendo su historia” y el otro es el texto “INSUMISOS” de Tzvetan Todorov. Seguramente ambos le habrían gustado y sostendríamos largas tertulias sobre la frase y sus significados y la relevancia de los testimonios narrados en el libro.
Como lo expresé hace años en el escrito “Al maestro con cariño”: Este monje adulto le dice a usted Pedro que tenga la tranquilidad que la letra escrita tuvo un gran sentido porque cultivó el don maravilloso de la amistad.

Sergio L. R. Dalbessio, Bernal, Mayo de 2020.
Nota: los libros que se ven en la primera foto me fueron obsequiados por la Familia de Pedro, por pedido de él. Les agradezco su desprendimiento. Gracias.

lunes, 11 de mayo de 2020

TIEMPOS


El siguiente texto denominado TIEMPOS, es un llamado texto libre, escrito con retazos de recuerdos y girones de realidad. Los personajes, en su mayoría reales pudieron o no obrar de esa manera, en la imaginación de un niño fueron quedando hilvanadas frases, rostros, escenas, palabras, situaciones que luego de tantos años vuelven a surgir. Lo escrito son memorias inconclusas que fueron desempolvadas en estos días gracias a un amigo de San Francisco, Daniel Musso, que tuvo la gran deferencia de enviarme las fotos que ilustran este texto y que son de ese barrio de la niñez y adolescencia. Algunas casas están como en esos años, otras se han reformado con el paso implacable del tiempo, pero en el corazón y en la mente han quedado esas personas que fueron parte de mi vida, sin ellas no podría ser quién soy hoy.

TIEMPOS 

Caminaba a la casa de Néstor cuando el tipo que iba manejando el rastrojero modelo 62 de color azul se acercó al cordón y me dijo: “subí pibe que vamos a dar una vuelta”. Lo reconocí por su chaqueta color caqui, el cigarrillo ladeado que largaba el humo por la ventanilla y luego por el largo y pesado silencio que mantuvimos durante el viaje.


Me dejó en la esquina de Gerónimo del Barco y Boulevard Juan B. Justo diciéndome que en un rato me pasaba a buscar. Cuando baje yo estaba vestido con el pantaloncito blanco de tela gruesa, la camiseta de River sin ninguna propaganda, las medias por debajo de las rodillas y los gastados botines “Sacachispas”.

Vi al Batán entrar con su andar apurado en la verdulería y pase diciéndole “Hola Batán”, él estaba feliz porque “su boquita” había ganado ese domingo en el campeonato Nacional. Él siguió atendiendo con su eterna sonrisa y haciendo sus viejos chistes. Gire mi cabeza hacia Sáenz Peña y  vi que venía la señora del Batán caminando por la vereda que tenía sombra con el eterno diario que tapaba su cabeza del sol. Mi caminata siguió por esa calle de la infancia. Estaban Don y Doña Ríos frente a la puertita azul sentados en unas pequeñas sillas mientras charlaban y tomaban mate.

Don Chiappero cargaba la camioneta Ford 100 con cigarrillos y golosinas para hacer el reparto diario y su señora le alcanzaba los anotadores y un block de papel. Seguí, no sé si ellos me veían, intuyo que no.

Ahí estaba el Arnolfo con su soplete que lanzaba una llama azul y blanca, tenía puestas sus antiparras enormes. Apagó el soplete se levantó las antiparras y comenzó a gritar DIIIIAAANNNAAAAA. Enseguida se acercó Diana, su perra de caza de color blanco con pintas rojas y el Arnolfo le tiró una galletitas. Mirarlo y escucharlo en ese viejo galpón donde hierros y chapas adquirían forma bajo ese soplete mágico era algo de otro mundo. Su figura siempre me pareció de alguien que venía de otro tiempo y lugar. Años después cuando leí “El eternauta” no pude dejar de pensar que Juan Salvo, ese héroe social que viene a salvar a la Argentina era el Arnolfo, hasta creo que Héctor Oesterheld y Francisco Solano López pasaron por ese taller y al verlo se inspiraron para escribir y dibujar la historieta.

De la casa de ladrillos con muchas plantas, flores y tres grandes paraísos que daban sombra en el final de ese patio cuya pared medianera lindaba con mi casa salía Don Bertín, con su ramita de ruda que sobresalía de la boca y Doña Bertina que lo despedía dándole una bolsa y un papelito para hacer las compras en el almacén de los Tuninetti. Doña Bertina después le alcanzaba un mate a su hija la Punín que se iba a trabajar con el Moncho, su vecino, hijo de los Montoya con el cual noviaba. Esto último era un secreto –conocidos por todos- porque eran novios grandes y eternos, y eso los chicos no lo teníamos que saber. El Moncho trabajaba en el escritorio de los Terraf me decía siempre mi papá, con eso quería decir que era alguien importante. Con el tiempo fui descubriendo que todos los que trabajaban en escritorios eran tan cagatintas como lo fui yo durante años. 


Al frente vi a mis tíos abuelos, Francisca y Yuanin. La tía con su pelo blanco y su abrigo negro, y el tío con su cara de bueno, tenía puesta su gorra marrón y el poncho que le cubría las espaldas. Caminaban al lado de los tíos la Chita, la Aurora y el Pocho, sus hijos.

Me encontré con los hermanos Bañasco, todos solteros, en voz baja les decíamos “los solterones”. El flaco Bañasco que trabajaba el almacén de ramos generales de Godino Hermanos, siempre chistoso y sonriente, su pelada parecía siempre estar lustrada; el gordo que era más serio e iba en su bicicleta estilo inglés que soportaba su peso sin chistar y la hermana que les alcanzaba un mate antes que ellos  fueran a su trabajo.


Oteo hacia el frente y vi a la Señora del Arnolfo que salía con una bolsita de red azul para comprar el pan, y saludaba con un buen día a los hermanos Alessandri, el Chesco y sus hermanas, todos también solteros y grandes ya sin posibilidades de casamiento.

Don Alessandri, flaco y alto era el único casado de todos los hermanos  y junto a su señora que siempre tenía cara seria sacaban un falcón blanco, bien lustrado. Ellos recogían al César Daguero, que era de nuestra barra de amigos y a su mamá la Selmira, que era maestra, para llevarlos a la escuela. Mientras pateaba el pedal de la Siambretta el papá del César que salía con sus cámaras fotográficas a cuestas para fotografiar la negra realidad que se cernía en esos tiempos por la ciudad y todo el territorio argentino.
Seguía pasando entre ellos, debajo de mi brazo izquierdo llevaba mi pelota de cuero para ir con los pibes a la cancha de Los Andes. Lo vi al Gerardo,  que le decíamos “colate” que también salía con su guardapolvo blanco para la escuela. Don Giustetti, su papá, estaba por subir a su bicicleta marrón  para ir a la carpintería cuando la señora le alcanzó el último mate de esa fría mañana.

Venía arrastrando los pies Doña Dezzi que buscaba al Roberto que se le había escapado. El Roberto era el nieto y tenía una discapacidad en su mente y se iba y nunca quería volver. Era el hijo de una sus hijas, no recuerdo si de la que era gordita o la que era flaca. También tenía un hijo Doña Dezzi que se parecía a Isidoro Cañones y hacía culto de la vagancia y de los proyectos más estrafalarios como aquel que pidió plata para comprarse un terreno y se compró una escopeta con la cual asustaba a los vecinos tirando en las noches a las estrellas, algo que se acabó cuando lo subieron a un patrullero y paso unos días en la comisaria.

Mientras la voz de Roooberrrtoooo seguía martillando mis oídos continué  caminando, los podía a ver a todos, pero lo raro era que ninguno de todos ellos me veía. Al llegar a la esquina de Aristóbulo del Valle estaba el Chachi Quatroccolo, aquel pibe que fue compañero en la escuela pero un año nomás. Su papá sacaba el Torino blanco cuatro puertas, y recordé que lo habían secuestrado en la época de plomo del peronismo para pedir un rescate, pero lo soltaron enseguida, tenía una carpintería con una tal Leiva allí por la avenida 9 de setiembre. Un hijo de ese Leiva vino a la escuela pero su comportamiento desacertado no lo hizo durar mucho en el colegio de curas, aunque el petiso era muy inteligente, le habían puesto el mote de “insecto galerudo” porque se parecía a un cascarudo.

Ya en la calle Larrea vi a don Pereyra que era evangelista, era de andar pausado y caminar muy tranquilo y de profesión electricista. Entré rápidamente al almacén de Don Valdemarin, que llevaba puesta su infaltable  chaqueta marrón y  había un montón de frascos con harina, azúcar, yerba que él abría y llenaba las bolsas de papel madera marrones. Estaba despachando a una vecina que hacía las compras bien temprano. Desde ahí vi a Gilli, el sodero.

Al seguir por Larrea vi  que iba en su bicicleta Doña Adiós Pueblo, le decían así porque tenía la costumbre de saludar a toda la gente que encontraba en su andar. El sastre Boetto y sus dos hermanas también estaban abriendo las puertas de su casa. Rengueaba y tenía una bicicleta negra de mujer. En ese tiempo cuando tenían el cuadro como un triángulo equilátero le decían bicicleta para hombres y sin ese caño era para mujeres. Todos usábamos la segunda porque era más fácil para subir y andar.

También los vi de lejos a los Salvaneschi, a los Milajer, a Doña Ema la santa mujer del barrio que le estaba curando el empacho a un nene y mientras preparaba la Virgen para llevarla a la casa de algún vecino, era una de las tantas novenas en honor a María. Doña Ema lidiaba con su esposo el pelado Rodríguez, que tenía fama de mujeriego y con uno de sus hijos vivía de noche y de la noche, parecía un atorrante al estilo Cacho Castaña.

El Mingo Goethe sacaba una bicicleta que recién había terminado de arreglar y se la entregaba a un chico flaco diciéndole que la tratara bien y siempre anduviera con las gomas infladas, a lo lejos tuve la sensación de que ese chico era yo cuando tenía unos años más.

Don Rodríguez estaba ensayando con su orquesta para la fiesta del sábado y tocaban la música de un cuarteto cordobés, mientras Doña Rodríguez con su voz finita y suave llamaba para acariciar un gato que pasaba por la vereda. El gato levantaba su cola ronroneando y agradeciendo con su maullido las caricias dadas. Fue Don Rodríguez aquel hombre que en silla de ruedas sin sus dos piernas y sus anteojos negros que le dijo a mi hermano “cuando puedas ándate de aquí y no vuelvas más”, cada vez que miramos ·Cinema Paradíso” recordamos cuando Alfredo le dice a Totó que se vaya y no ceda a la nostalgia y no se acuerde de ellos ni les escriba.

Don Gerván, el negro, volvía en su bicicleta azul de trabajar en el ferrocarril y la Rosa Gamba con su paso  apresurado salía de atender al último cliente que se había ido del almacén, no antes haber intercambiado información sobre la vida de los vecinos emulando a los espías soviéticos y norteamericanos que vivían entre secretos la guerra fría.
La familia Rossi, que tenía una cantidad innumerable de hijos, estaban todos jugando en la vereda, mientras su papá tomaba un mate que le cebaba su mamá antes de irse a trabajar a la obra. Uno de ellos sordomudo estaba abrazado a su mamá. Era gente sencilla, de escasos recursos pero todos ellos siempre estaban bien vestidos y limpios.


La Ana María salía con sus tías y todas ostentaban orgullosas sus kilos de más. Su cumple de quince fue lo mejor que nos sucedió en el barrio, fue la única fiesta porque después no tuvimos otra. La narración de su tío sobre cómo decoró la torta de chocolate luego de un fuerte dolor de estómago desahució nuestros deseos de devorarla.

Observé al Rudy, verdulero, soñador y quijote, y sus hijos, con los que nos juntábamos a la siesta a escuchar música y hacer algunas bromas por teléfono, que estaban discutiendo y preparando los cajones para empezar la mañana de trabajo.

Vi al Jorgito con su abuela que salían para el centro; mientras su tío el Alberto subía a la bicicleta e iba a pintar la casa de los Medrano. La familia Gallego cuya mamá era muy seria y a su papá le gustaba salir de farra, y tenían tres hijas que siempre estaban impecables: la Mónica, la Mabel y la Marcela.

Doña Fenoglio, rengueando como una perdiz que tenía un ala boleada se reía y le brillaban sus dientes engarzados en oro.. Él Chiche salía con su Valiant color rojo, era un empedernido solterón y especie de von vivant siempre parado frente a su casa en la vereda. Muchos años después supe que tenía hijas con aquella novia que trabaja en las oficinas de ENTEL.

Don Sará estaba parado en la vereda saludando a su hija Mónica que partía para el trabajo y le comentaba a una vecina sobre su hijo que andaba por el mundo integrando el conjunto folclórico “Los Andariegos”.

Don Bischoff que se dedicaba a la zingueria, siempre con su mameluco  y su señora o sea Doña Bischoff que caminaba muy despacio, casi imperceptible a los que estábamos cerca, estaban apoyados en el tapialito de su casa. Eran alemanes y cascarrabias, nunca nada les venía bien. En el barrio había poca luz, la municipalidad puso unas torres con focos que se llamaban “vía blanca” y Don Bischoff rezongaba porque atraían bichos por la noche.

Don Bessone, un viejito que usaba anteojos oscuros y que tenía auto de origen alemán, pequeño y de color gris, que mi tío Dino le compró para llevárselo a su pueblo chico, San Jorge. Años después me dijeron que ese auto lo había usado un jerarca nazi que había huido de Alemania, pero al intentar averiguar algo más nadie quiso hablar. La familia Bessone tenía un altillo, siempre se rumoreaba que había algo extraño, un hijo o una especie de ser inacabado humanamente, fallamos siempre en nuestros intentos de descubrirlo.

Don Aldo Salvaneschi que llegaba con su bicicleta del trabajo, almorzaba, descansaba un rato y ya se ponía en su taller a construir las hamacas, calesitas, trepadoras, subibajas rojos y blancos que Papá Noel o los Reyes llevarían a los niños en la nochebuena o el 5 de enero por la noche. Sus hijas Norma y Nelly noviaban en la vereda ante la atenta vigilancia de Doña Chiche, una mamá buena, sonriente pero con los ojos de halcón, vigilante de las hijas y sus pretendientes.


Los Pecchio vivían en la esquina en esa casa antigua con un gran patio. Tenían un grupo musical y tocaban música de los Beatles, estaban ahí todos los amigotes con sus motos de la época que tenían cruces, espadas y otros chirimbolos como adornos.
Desde la otra vereda me pareció ver al Dante, si era el Dante Panzeri, fue el único que me saludo y me dijo levantando un libro con su mano izquierda “no te olvides de leerlo”, mis ojos alcanzaron a ver el título “Fútbol dinámica de lo impensado”. Venía de la terminal de ómnibus,  había vuelto en El Turista desde Buenos Aires, era 14 de abril de 1978 y ese fue su último viaje.

Los vi a mis abuelos, la nona Teresa le alcanzaba un mate a mi abuelo y le decía en piamontés “Lurenz anda a comprar el pan y tráeme alguna masita, ya estoy cansada de comer siempre pan”. Al entrar por el pasillo vi a mi viejo Imar llenando los sifones de soda y a mi padrino Olivio saliendo a repartir. Desde lejos mi viejo le gritaba que no se olvidara de llevarle soda a “la chica linda”. Mi perro Bochita atado con la cadena en su cucha de cemento ladraba como si me viera, pasé a su lado, lo acaricié, pero él siguió ladrando a una clienta que se acercaba con un sifón.

Vi  de pronto a un chico jugando solo con su pelota y relatando al estilo del gordo Muñoz  un partido de fútbol, hacía los goles y atajaba los otros, gritaba, se enojaba y levantaba los brazos cuando ganaba y ponía cara triste cuando perdía, creo que lo reconocí enseguida en ese rincón de la casa que era mi territorio de soledad y de magia.  Sentí  un olor a carne al horno con papas que cocinaba mi mamá Elsa, tenía su delantal y los ruleros que le habían puesto en la peluquería el día anterior, de ahí deduje que era día viernes porque ella iba los jueves por la tarde a la peluquería. Esperaba que se fuera y si mi papá no estaba, yo aprovechaba para revisar todos los muebles en búsqueda de algún regalo mágico o algún secreto familiar, nunca encontré nada. Y sentado debajo de la parra había un nene con flequillo y corte de pelo a lo Balá que jugaba en el patio con autitos, era mi hermano.
De la cocina de la casa de mis abuelos salían mi tía Mirta y mis primas Gabi, Dani, Lauri y el Juan Pablo. Nadie me veía, yo los veía a todos.


Mi fui alejando pasé en medio de todos ellos y me fui alejando, retomé mi camino por la vereda hacia la esquina y pasaba el Antoñito Terraf con su palo largo que tenía en la punta una tapa que sacaba de las latas de dulce de batata  y que él iba empujando cómo un juguete, me miró, creo que me vió, no lo puedo saber porque levantó su mano cuando le dije “Antoñito ¿sabés quién soy yo?” pero él siguió.


El rastrojero ya estaba ahí en la esquina y nuevamente me dijo: “subí pibe que nos vamos para no llegar tarde, él seguía con el cigarrillo en la boca echando el humo hacia la ventanilla y la única música era el ruido de las llaves de los clientes que colgaban de la palanca inútil del limpiavidrios que nunca fue utilizado. Vi el rosario colgado en el espejo retrovisor y en la guantera estaban los anotadores y las facturas que decían “Soda El Sergio” junto a un montón de trapos, tornillos y un viejo destornillador. Antes de bajarme me dijo: “Abrí con la manija de afuera, un día de estos la voy a arreglar”. Recordé esa frase que escuché por primera vez cincuenta años atrás. Seguí caminando por la avenida hacia la calle Ramella mientras las fotos que fui sacando y atesorando en el álbum de mi corazón ya se  iban quedando en mi memoria.