Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








viernes, 25 de agosto de 2023

BALDOMERO PERLASSA, el crack

Dedicado a aquellos que nos gusta el fútbol jugado por personas de carne y hueso y desconfiamos de los jugadores que son llamados “dioses o mesías”.

 

BALDOMEDO PERLASSA, el crack

Había adquirido el hábito con el correr del tiempo que en la hora del almuerzo solía quedarme en el  comedor de mi lugar de trabajo, en ese momento en la llamada sucursal “James Bond” porque llevaba el número 007  ubicada en la esquina de Rivadavia y Boedo en la Capital Federal. Llevaba la vianda que preparaba la noche anterior, comía mientras dialogaba con algún ocasional compañero  y después me reservaba quince minutos para ir hasta el bar de la esquina y bebía un ristretto que el negro Gómez encargado del lugar al verme entrar ya me preparaba. Luego volvía para seguir las actividades hasta el horario de salida.

Ese día jueves 31 de mayo del año 1985 no había gente porque una fuerte tormenta estaba haciendo estragos en la ciudad y nosotros los pocos empleados que  pudimos llegar teníamos más tiempo para charlar. Luego las crónicas nos contarían que desde las 9 de la mañana de ese  día hasta las 9 del día siguiente  llovieron sobre la capital  más de 1884 milímetros, inundando gran cantidad de barrios con noventa mil evacuados y lamentablemente con catorce muertos.  

Estaba sentado en la mesa del  comedor  y leía del diario Clarín la sección “Deportes”, ese día en la sección nombrada contaba la historia de un jugador de fútbol cuyo título decía: “Baldomero Perlassa, el crack que nos dejó con muchas penas y sin nada de glorias”.

Romanelli, el empleado más antiguo en la sucursal al cual le faltaban pocos meses para jubilarse, echaba agua a la jarra de café que había puesto a calentar a la mañana y a que a esa hora del día hervía y hervía sin visos de cesar esa acción. Beber eso que llamaban osadamente café era asegurase para la posteridad una gastritis o graves problemas de úlcera. Por esa simple razón yo nunca tomaba el café del trabajo e iba por el ristretto diario.

Romanelli ojeo por encima de mi hombro lo que estaba leyendo, luego se sentó en la cabecera de la mesa y me dijo con ese tono porteño que tenía “pibe no leas más, te voy a contar yo la historia de Baldomero”, y comenzó a hablarme en forma pausada:

Baldomero Perlassa fue de esos jugadores que son llamados “todo terreno”. El Flaco jugaba en todos los sectores de la cancha, en todos los puestos y no es una metáfora, es la verdad.

Cuando faltaba el arquero el flaco Perlassa iba al arco y atajaba como los mejores, volaba de palo a palo, anticipaba los córners, tapaba dentro y fuera del área, imbatible era el tal Perlassa. Cuando faltaba un defensor ahí estaba el flaco, defendía como los mejores, iba abajo y trababa, se levantaba y revoleaba el balón para el arco contrario, no pasaba un delantero. Si el problema era en el mediocampo ahí suplía Perlassa el lugar del ausente y pelota que tomaba por izquierda o por derecha la ponía en el pie del delantero que solamente le quedaba patear al arco y hacer el gol, retrocedía cuando atacaban y corría como un correcaminos cuando se trataba del ataque al arco contrario. Y por fin su puesto estrella era ser el goleador del equipo, ahí Perlassa se lucía con "dribilings", túneles a los adversarios, chilenas y toda clase de movimientos artísticos, casi de ballet, para entrar al área y depositar la pelota en la red del equipo adversario. Los tiros libres ejecutados por él desde fuera del área era inatajables, le señalaba el ángulo al arquero y como si usara su mano depositaba la pelota en el hueco que hacían los noventa grados quedando el portero rival revolcado en el suelo y mascullando la bronca que trasuntaba en su cara de pocos amigos. Algunos arqueros  solamente disfrutaban ver pasar la pelota y eran testigos privilegiados de los goles de Perlassa, hasta más todavía, nadie que se ufanará de ser arquero  no recibía el diploma de ese puesto sino tuviera en su historial un gol hecho por Perlassa, para ser licenciado en portería debía haber recibido como mínimo un gol en la vida del flaco Baldomero Perlassa.

Terminaba de jugar y el flaco se iba a trabajar al cementerio. Sí, era el cuidador y sepulturero oficial en el cementerio del pueblo.

¿Y dónde vivía esa tal Perlassa? le pregunté, como para meter un bocadillo en ese monologo que sostenía Romanelli.

Era de Villa el Fortín  un pueblo en los límites entre Santa Fe y Córdoba, tenía unos dos mil habitantes, típico pueblo del interior colonizado por piamonteses que tenía una plaza central, la iglesia que administraba el P. Roque, la municipalidad en el frente de la misma –dónde alternaban radicales, peronistas y demócratas progresistas en la silla de poder de la comuna, la estatua del fundador del pueblo que lo mostraba de pie con un espiga de trigo y un libro en su mano, las escuelas primaria y secundaria –donde pasaban todos los chicos del pueblo, y las sedes de los dos equipos tradiciones y rivales que eran el Filodramático del Sur y la Unión del Norte. El flaco Perlassa era de Filo como se decía campechanamente.

Su oficio lo cumplía a la perfección, como sus goles, limpiaba los mausoleos y los nichos, siempre los caminitos estaban bien demarcados, las flores eran cambiadas regularmente y aquel lugar que era la última morada terrena para los habitantes de ese pueblo, Baldomero se encargaba que fuese un jardín, un verdadero Edén como le habían contado  en su niñez cuando participaba de las catequesis en la parroquia del pueblo. Le había quedado grabada en su memoria las láminas que le mostraban donde el Paraíso Terrenal estaba lleno de plantas, luz, árboles y todo era armonía y alegría, por eso cuando le ofrecieron el trabajo no dudo en un momento en transformarlo en un edén para que el dolor, las lágrimas de los que quedaban y despedían a los que se iban fuese un preanuncio de algo mejor.



Contaban, sigue narrando eufóricamente Romanelli, que Perlassa filosofaba  junto a otros parroquianos todas las tardes en el bar que frecuentaba y decía que en la vida nacemos, vivimos y morimos. Esos tres momentos son fundantes, inevitables y que nacer implica el vivir, ahora como vivimos la vida nos catapulta a  la muerte que podemos esperar. Decía que nadie puede escapar a la muerte, así lo atestiguan millones de personas que se habían ido y agregaba, seguramente es un muy buen lugar porque nadie ha regresado.

Baldomero tenía claro que cada uno tenía su día y su hora para partir y en las grandes charlas le demostraba a sus ocasionales acompañantes que nadie escapaba al destino.

Perlassa, comienza a describirme Romanelli, era blanco como la leche recién ordeñada pero le decían como sobrenombre “el Pelé” en homenaje al gran brasileño que había triunfado en las canchas del mundo. Pero los que vieron jugar a los dos siempre decían que Perlassa era superior al brazuca como algunos decían, despectivamente, en tiempos idos a los brasileños. Recuerdo dijo el Evildo Romanelli cuando todavía las canchas eran de tablón, allí por Boedo en los años 60 se enfrentaron los azulgranas que habían pedido prestado  a Perlassa por una temporada y el Santos de Pelé.

¿Y todos esos datos e historias de dónde lo sabe Ud. Romanelli?

Romanelli me dice que algunos de los datos los obtuvo de un hincha del rojo, el Raulito Francisco, que es socio vitalicio de uno de los dos clubes de Avellaneda, que en su niñez se escapaba luego de comer los ravioles de la tía y junto a su tío iba a la cancha para ver la reserva y luego venía el festín en la primera de aquel Independiente campeón  y que tenía tantas glorias, tan lejos de este presente musita mi interlocutor y también otra fuente había sido el Tute Napolitano, casualmente también hincha del rojo que conocía al tal Perlassa por haber trabajado en la casa de un familiar suyo que vivía en el gran Buenos Aires.

Prosiguió Evildo su relato diciendo que la Asociación del Fútbol Argentino  había decretado un permiso especial para Perlassa, una especie de pasaporte de inmunidad futbolística y con una rara bendición de las hinchadas de los diversos equipos que nunca se enojaron ni insultaron a Baldomero. Ese permiso le permitía jugar en cualquier equipo siempre en cuanto ese equipo avisara con un mes de anticipación que contaría en ese partido con la presencia del gran jugador y en que puesto jugaría el mismo. Así paso por los grandes equipos del fútbol argentino, de Uruguay y Brasil y Paraguay, fue una especie de anticipo del Mercosur pero en lo futbolístico y luego también en algunos equipos europeos, pero no pudo adaptarse en las tierras del viejo mundo porque extrañaba su casa, su pueblo, el cementerio y la milonga.

Perlassa baila el tango en aquel pirungunguin que estaba ubicado en el llamado pueblo viejo. El Fortín nuevo y el viejo estaban divididos por las vías del ferrocarril, la cantidad de habitantes estaba equilibrada entre ambos lados. En el nuevo estaba la cancha de Filo y en el viejo la de Unión, todos los trámites se debían hacer en el pueblo nuevo pues ahí estaba como dijimos la municipalidad, la iglesia y también el banco de la provincia y algunas oficinas públicas y de servicios. En el pueblo viejo había una iglesia, que uno se usaba y una plaza que se si mantenía prolijamente. Algunos ancianos habían quedado en esa parte del pueblo y el resto de las casa eran habitadas por las familias de los empleados de la fábrica de quesos que daba vida comercial y sostenía  económicamente al pueblo todo.

Pero un día, en la década del setenta, Perlassa desapareció de la noche a la mañana del pueblo. Fue una gran conmoción no solo  para su familia, amigos sino para toda aquella comunidad que no podía salir del asombro de lo ocurrido. Era una época complicada para el país, había desapariciones, enfrentamientos violentos, mucho terror y desconfianza en la población. Pero el flaco era limpio, sin dobleces en su decir y hacer y no tenía problemas con nadie, nunca una insulto, una pelea, un enojo. Lo buscaron por cielo y tierra como se decía y no lo encontraron. Ni siquiera dejo una carta, una nota. Su novia Claudia Patricia, conocida como la Nenucha que era la maestra del pueblo quedo tan perpleja como todos y nunca quiso hablar del tema. La Nenucha tuvo un hijo siendo soltera, y en aquel pueblo de rasgos conservadores nunca levantó el dedo inquisidor sobre ella, sino que al contrario, ella estudio geografía y botánica y también tuvo horas en el secundario del pueblo, siempre fue  muy querida y respetada por sus alumnos.

¿Y  qué sucedió con Perlassa?, ¿volvió?, ¿supieron algo de él, lo encontraron vivo o muerto? estas preguntas que dije en forma casi suplicante era porque crecía en mí la ansiedad  como la lava en un volcán en erupción, quería saber que había pasado con ese crack.



Romanelli me seguía contando la historia con ampulosos gestos, teatralizando cada uno de los momentos, hasta podía sentir su emoción en el relato, en sus palabras, percibía sus puntos y comas, y como reía y hasta en momentos derramaba algunas lágrimas como si hubiera una simbiosis entre Perlassa  y él.

El tiempo fue pasando, -continúo Romanelli- la vida continuaba para el pueblo y Baldomero Perlassa fue quedando en el olvido, como si no hubiese existido. De vez en cuando alguien en el bar del pueblo lo recordaba; hasta la tía de un conocido a la que le decían Chita llegó a decir que un mendigo que tocó a su puerta pidiendo un vaso de agua y cuando volvió con el mismo ya no estaba y que pensando en ese rostro aseguró ver a Baldomero, ahora con una larga barba.

Creo que Romanelli captó lo que yo estaba pensando  en ese momento y se sentó nuevamente ya que mucho de lo narrado lo hizo de pie, me miró fijos a los ojos y me dijo, “Flaco este es un secreto entre vos y yo, no podès decirle nada hasta que yo me muera, tenés que prometérmelo”.

Le dije si Don Romanelli –el Don para expresarle mi respeto a sus canas y experiencia- quédese tranquilo, usted me conoce y sabe que nunca hablo de mis compañeros y con mis dedos índices hice una cruz y la besé como señal de eterno silencio, y él agrego “por eso te lo digo a vos Pibe”.

Y soltó una serie de palabras que fueron hilvanando la frase que todavía sigue resonando en mi corazón y en mi mente: “Baldomero Perlassa soy yo”, e inmediatamente se escuchó por los parlantes de la música funcional una melodía que hablaba de amor.

Ahí comprendí las razones por las cuales Perlassa había abandonado el pueblo, su familia, amigos, su novia y la posibilidad de ser un gran ídolo.

Hoy treinta años después de aquella charla y  mientras vuelvo a escuchar esa misma canción titulada “Vattene amore” cantada por Mietta, los recuerdos de esa charla aparecen como fantasmas del pasado, y sentado en el sillón ya no se si Romanelli era Perlassa, si se inventó esa historia o si Perlassa al fin y al cabo es quién les está escribiendo está historia.

Nota: los dibujos que ilustran el cuento pertenecen a Cristina Rosas Ifrán. 

 

 

 

 

 

 

sábado, 13 de agosto de 2022

LA BIBLIA, MESA DE COMUNIÓN

“Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorpréndete cuando la encuentres” (Heráclito).

 

LA BIBLIA

Mesa  de comunión entre la Palabra de Dios  y la Vida Cotidiana de la Humanidad.

Memorias sobre la primera biblia latinoamericana.

Sergio era una adolescente con cierta rebeldía que estaba entrando en la juventud. Fue canalizando sus inquietudes espirituales y sociales luego de hacer un retiro espiritual gracias a su abuela Dominga que le había dado el dinero para esa primera experiencia de acercamiento al mundo de Dios y de la Iglesia.

Alumno de un colegio religioso, el Sagrado Corazón de los Hermanos Maristas, ya  había recibido varios de los sacramentos y se estaba preparando junto a sus compañeros de curso para la Confirmación. Tenía una biblia con tapas negras blandas, pero no le entusiasmaba su lectura y se había convertido en un elemento decorativo encima de su escritorio junto a varias estampitas de santos y dos pequeñas estatuas de la Virgen –una de Luján y otra de Guadalupe- que su familia le había regalado de las visitas a esos santuarios marianos.

Sergio quería tener su propia biblia. Aquella tarde salió con su bicicleta y pedaleo hasta Libertador sur, allí estaba la única librería católica de la ciudad. Entró y saludo a la dueña del local a la que conocía porque ya había ido varias veces en busca de algún libro, estampas de paulinas, un rosario y diversos objetos que regalaba en las jornadas o convivencia que había comenzado a frecuentar luego del retiro. Preguntó si habían llegado las biblias y ante la respuesta afirmativa pidió una. La señora le puso varios ejemplares sobre el mostrador pero él  se quedó con esa de tapa azul. Pagó y salió del local, y volvió raudamente a su casa. Tenía lo que había ido a buscar. 


Se sentó y empezó a hojear su nueva adquisición. Lo primero que le llamó la atención fueron las cantidad de fotos que tenía esta biblia, ya que la anterior no tenía ninguna figura. Le fue dando una rápida pasada, le escribió dentro de ella su nombre y apellido y dirección. Así comenzó una nueva relación con la Palabra de Dios con esa biblia conocida vulgarmente como latinoamericana.

Él frecuentaba la iglesia de la Consolata, los sacerdotes pertenecían una congregación misionera, iba a misa desde los seis años junto a su mamá. Luego del retiro comenzó a frecuentar la misa diaria y en algún momento uno de los sacerdotes le pidió que dirigiera la misa de los sábados por la tarde, algo que le asusto en primer momento pero acepto igual el servicio y como había practicado oratoria en el colegio fue semana tras semana venciendo la timidez de leer ante tanto público, porque era un templo grande y los sábados se llenaba de feligreses. Muchas de las tardes se quedaba dialogando con los sacerdotes porque se planteaba preguntas existenciales ligadas a la vocación en su futuro luego de culminar los estudios secundarios.

También comenzó a frecuentar algunos grupos juveniles de diversas parroquias de la ciudad donde tenía amigos, siempre estaba curioseando lo que ofrecía cada uno de ellos; eran tiempos de grupos misioneros, de leer revistas que aparecían para los jóvenes cristianos con temáticas juveniles. No quería pertenecer a ninguno de los grupos ya constituidos. También tenía fuertes diferencias con los jóvenes curas diocesanos por miradas diversas sobre algunas cosas de la iglesia y la realidad, en especial con el tema del poder y el dinero. Eran años álgidos para el país, la violencia que había comenzado de tiempos inmemoriales seguía creciendo como si “los caines” y “los  abeles” repitieran hora a hora ese momento trágico de la humanidad y el mito bíblico nunca pudiera tener un final. 


La catequesis de confirmación era guiada por el rector del colegio, el hermano Demetrio, y esa mañana Sergio llevó su nueva biblia. Ninguno llevaba biblia, la mayoría de ellos iban a un colegio religioso por dinastía familiar, por cercanía o como Sergio porque su familia sabía que podía recibir una muy buena formación y el sacrificio de esos padres tendría un resultado en que sus hijos se convirtieran en futuros profesionales en las diversas profesiones liberales que abundaban en la ciudad.

La actividad agropecuaria e industrial de la ciudad y su zona de influencia le imprimía a esa geografía de la pampa gringa una dinámica de trabajo y estudio donde se notaban altos niveles de ingresos en varios sectores de la población. Los barrios con sus edificaciones iban creciendo y más allá de los delitos que se pudieran dar como en otros lugares la mayoría de la gente vivía con cierto orden y tranquilidad. Los domingos eran dedicados al fútbol; lo sábados las familias salían a cenar afuera o hacían vida en algún club; y los jóvenes iban a bailar. Muchos jóvenes que habían ido a estudiar a Córdoba, Santa Fe o Rosario volvían con nuevas ideas, se enfrentaban sus familias y algunos con el tiempo ya no volvieron, pero muchos años después sabíamos el porqué de esa no vuelta y otros si volvieron para el dolor de sus familiares y amigos en ataúdes cerrados, también años después conoceríamos en parte lo que les había ocurrido.

Ese clima de bonanza contrastaba con altos índices de inflación, atentados, paros, huelgas y un sinnúmero de hechos de diversos tipos que asolaban a toda la patria y aquel lugar no podía permanecer fuera de ellos. El diario de la ciudad presagiaba en sus noticias que algo se estaba gestando en Buenos Aires como se decía en los corrillos diarios de las charlas de café o en las casas familiares donde la política no estaba vedada ni excluida. La mayoría de las familias se dividían entre peronistas y radicales. Algunas veces se armaban grandes discusiones pero ante un grito del  patriarca -el abuelo- o la matriarca -la abuela- de la casa todos volvían a sus platos y seguían comiendo, bebiendo y se despedían con besos y abrazos.

Como todas las mañanas muy temprano salió Sergio de su casa en bicicleta para ir al colegio. El miércoles  24 de marzo de 1976  estaba cursando el segundo año de la escuela secundaria. Tenía catorce años. Cuando llego al colegio –cerca de las 7 de la mañana- el Rector estaba parado en el umbral de la amplia puerta para avisarles que ese día no habría clases porque “hubo líos en Buenos Aires” agrego.  Tomó su bicicleta y volviendo hacia su casa encontró a su abuelo Lorenzo que estaba comprando carne y le dijo que ese día no tendría clases por los motivos que les había dicho el Hermano Rector.

Al principio no se percató de grandes cambios. Únicamente que todas las mañanas cuando iba al colegio pasaba por el frente de la delegación policial y a partir de ese día tuvo que cambiar el recorrido ya que estaba vallado y no se podía transitar por frente de la misma.

La vida en la ciudad mediterránea seguía con normalidad, salvo que habían cambiado las figuras que gobernaban en el Municipio, el resto era como si no hubiese pasado nada. Los jóvenes estudiantes del secundario seguían desfilando cada fecha patria al mando del Jefe de Bomberos, los que egresaban de quinto año hacían su tradicional viaje a Bariloche, luego los que podían emigraban a las ciudades capitales cercanas a seguir estudiando para hacer realidad el sueño de mi hijo el doctor, otros se quedaban trabajando en los negocios familiares y algunas chicas –muy pocas- también lo hacían y otras se quedaban para la tarea de ser amas de casa e integrar con el tiempo las instituciones de beneficencia del pueblo.

Al Obispo del lugar  lo trataban como Monseñor Doctor, era un catamarqueño que siempre vestía una sotana beige, usaba  anteojos con marcos dorados y unos zapatos negros muy simples. Su tez acriollada presagiaba junto a su tonada la procedencia de aquel Monseñor, un hombre lejano a la realidad y muy cercano a los ámbitos de poder.

El Monseñor seguía día a día la construcción de su sueño: la Catedral terminada,  y la iglesia continuaba recibiendo nuevas vocaciones para el sacerdocio que él como máxima autoridad iba derivando a diversos seminarios para su formación. A los curas díscolos los enviaba un poco más lejos de su ámbito de poder para que lo cuestionaran lo menos posible. Cuentan que una vez en una reunión de curas con el obispo, este preguntó cómo veían su ministerio pastoral, y entonces un curita tercermundista que había participado de tomas de fábricas y del hospital, previo al golpe se levantó y le dijo “Monseñor con todo respeto su ministerio se parece a una bicicleta sin cadena” y antes que el Obispo preguntara por qué le disparo con una frase lacónica, dura pero que pintaba la realidad: “porque pedalea y pedalea pero siempre está en el mismo lugar”. Desde ese día se terminaron las reuniones con los curas, llamaba a uno por uno para monologar. Para saber que pasaba en las capillas y parroquias de su diócesis usaba el servicio secreto de una anciano que con su moto Vespa  y siempre vestido de gris iba de misa en misa para ver que predicaban los sacerdotes, cuantos fieles había aproximadamente en cada uno de ellas y si los ministros ayudantes eran los que él había autorizado.

Sergio colaboraba en la parroquia y le ayudaba en la misa diaria a un sacerdote anciano, italiano de pura cepa, antifascista y gran crítico de Mussolini, el P. Bosco. Era a pesar de su edad muy rebelde y le molestaban los viejos y las viejas “comesantos”, y le gustaba darle la contra al Obispo. Siempre decía que estaba más allá del bien y del mal. Así que siempre inventaba alguna excusa: a veces que no tenía voz, otras que estaba con fiebre, él presidia la celebración pero el joven Sergio que le ayudaba leía el evangelio o predicaba con su consentimiento y distribuía la comunión. Esto llegaba a los oídos del obispo por intermedio de su informante y lo llamaba al P. Bosco y le recriminaba por esas actitudes amenazándolo con quitarle las licencias eclesiásticas. El P. Bosco le pedía perdón y le decía que no iba a suceder más y siempre seguía igual. Sergio fue protagonista y testigo de esos diálogos donde el obispo creía que imponía su autoridad y aquel cura anciano cuál viejo vizcacha le ganaba por la experiencia de su vejez y siempre se salía con las suyas. El P. Bosco y Sergio se cruzaron por última vez en la vida en una tarde de diciembre y nunca más se vieron.


El día que Sergio llevó la biblia latinoamericana al colegio comenzaron los problemas. Cuando la vio un compañero le dijo que eran un comunista porque esa biblia la habían hecho los comunistas, a lo que Sergio le respondía que eran mentiras y palabras van y palabras vienen la discusión comenzó a subir de tono hasta que el hermano Demetrio pidió silencio y tuvo que  levantar su voz para obtenerlo en medio de esa batahola verbal juvenil. El hermano le pidió la biblia a Sergio y la mostró a todos y muy pausadamente fue describiendo todo aquello que se encontraba dentro de la misma y que según su opinión no había nada que contradijera a lo que se llamaba palabra de Dios. Sergio sintió una sensación de alivio y triunfo, no así su compañero que quedó vencido y enojado.

Al día siguiente unos padres se apersonaron en la rectoría para hablar con el Hermano Rector por el tema de esa biblia, esto lo supo Sergio muchos años de boca del hermano. Los padres habían esgrimido unos recortes de diversos diarios donde Monseñor Idelfonso Sansierra, obispo de la provincia de San Juan había dicho que la biblia en cuestión era marxista y por lo tanto estaba prohibida y no se podía usar en la iglesia católica. Llegaron hasta amenazar que iban a ver al obispo Herrero para denunciar que el colegio y un alumno estaban siendo promotores y gestores del marxismo, que era un mal que se debía extirpar pronto para no generar más infecciones en el cuerpo del tejido social de los alumnos y de la sociedad toda.

El hermano que era conocedor de dicha Biblia y una persona muy sagaz e inteligente les propuso unas charlas sobre la biblia y además le dijo que tenía la autorización de su congregación para vender ejemplares de ella a los alumnos y que estaba esperando la llegada de dichas cajas con los ejemplares, agregando que esperaba que cada familia adquiriera la suya. Los padres tragaron saliva y quedaron solamente en esa bravuconada y poco a poco cada uno de los compañeros de Sergio llegaba a clase trayendo su biblia latinoamericana para los encuentros de catequesis previos a la confirmación.

La biblia se fue convirtiendo en una compañera de Sergio, nunca se separaba de ella. Encuentros, celebraciones, semanas misioneras, misiones en pueblos cordobeses y algunos esporádicos encuentros bíblicos fueron gestando ese lazo de alianza con la palabra de Dios. Luego con el tiempo vinieron otras biblias: un pastor protestante le regalo la clásica de tapas negras y borde de hojas de color rojo, un sacerdote amigo la de Jerusalén para estudiar biblia y teología, y ya viviendo en Buenos Aires se compró la del Pueblo de Dios, llegando a conocer a algunos de sus traductores.


Pero la biblia latinoamericana con las fotos de Luther King y Helder Camara, con la Virgen de Guadalupe y otras tantas figuras y frases la sigue conservando hasta el día de hoy. Ya desgastada, con roturas de su uso y mudanzas, forrada como lo hacía con los libros con un plástico que protegiera las tapas y una imagen de la Virgen de la Consolata siguen siendo parte de aquella primera biblia que sintió como propia, pero no solamente por haberla comprado con sus ahorros, sino porque entendía lo que se leía, era un lenguaje accesible, humano y fraterno. Era el Dios que se hacía carne en la palabra y el pueblo que describía con sus alegrías y tristezas era el pueblo que hoy caminaba por estas tierras.

Sergio, con el paso del tiempo fue leyendo la historia de Abraham y su fe; la travesía de Moisés, los profetas con sus denuncias y anuncios, sus miedos y sus fracasos; las mujeres que continuaron la fe ante las debilidades del pueblo; el poder y la ambición de los reyes, el silencio de María, el Jesús que va creciendo en los encuentros con los enfermos, los pobres, los marginados y va madurando su vocación de servicio a la humanidad junto a los primeros amigos que lo fueron acompañando. El sermón de la montaña y el juicio final al leerlos se dijo que son textos que se deben llevar tatuados en el corazón, y en lo momentos difíciles él siempre volvía  junto a los discípulos de Emaús y lo veía  en la explicación de las escrituras y partiendo el pan.


Luego de años Sergio, ya adulto, mientras caminaba por aquel camino leyó debajo de la tenue luz del farol de la plaza esta frase de Pascal: “Cuando escribo mis pensamientos a veces se me escapan; pero esto me hace recordar mi propia debilidad, que olvido continuamente y me enseña tanto como mi pensamiento olvidado, pues solo lucho por reconocer mi propia insignificancia”.

Sergio L. R. Dalbessio

 

lunes, 30 de mayo de 2022

El bar de mi Mamá, de Ricardo Trotti. Reflexiones libres luego de su lectura.

El BAR DE MI MAMÁ Un mundo atemporal y sin espacios.

“Lo salado mejora la digestión pero lo dulzón ablanda el corazón” (Nona Chinta)

Acostumbro a leer diariamente el diario La Voz de San Justo. Cuando era niño y también en mi juventud  lo hacía en la versión de papel y luego desde hace unos años en la digital. Noticias locales y el obituario son los dos espacios en los cuales abrevo.

Ahí observé la presentación del libro “EL BAR DE MI MAMÁ” de Ricardo Trotti. Inmediatamente me transporté a la esquina de Iturraspe y Perú, al olor a maní, a las diversas bebidas –el vermouth tiene un olor especial, de hombres bebiendo y jugando a las cartas, a un piso de madera y  se me apareció una señora erguida y hermosa: era la Señora de Trotti, la dueña del bar y quien lo atendía.


Agradezco a mi prima Gabriela  que me haya regalado dos ejemplares (uno para mí y el otro para mi papá), además de tomarse el tiempo para buscarlo, embalarlos y enviarlos. Apenas llegado me puse a leerlo y en poco a tiempo fui recorriendo lugares, voces, tiempos y espacios guardados en la memoria de esa infancia que se cruza a la adolescencia.

Mi relación con el Bar de los Trotti se remonta en los tiempos que ayudaba a mi papá a repartir soda, generalmente en el tiempo estival porque no había clases. Entre tantos clientes uno era ese bar. Desde la tapa si la observan con detenimiento van a ver un sifón y luego el autor lo recuerda en ciertos episodios en las páginas 82, 119, 143, 144, 149, 150 y 168 ya sea haciendo referencia directa a los sifones, o bien a la máquina de hacer soda, o a los canutos (cañitos). Los sifones de “González y Trotti” luego serían comprados por “Soderia El Sergio” de Dalbessio Hermanos, así rezaba en la puerta de los rastrojeros y en todo aquello que tuviera entidad de la firma comercial que integraban mi padrino y mi papá.

Camine junto  por lugares comunes con el autor del libro: los Hermanos Maristas, el gallego Moreno de la Pizzería  Colón (Colón e Iturraspe), ahí solía pedir los famosos “Carlitos” que en Buenos Aires son los tostados, Casa Adrali, los cines, la quiniela, la fábrica de los Tampieri, la feria de Gilli –familiares de mi compañero el  querido flaco Gilli recientemente fallecido, el gallego González a quién mi papá acompañó en su último momento de aliento en esta vida, la Casa Diportto,  la óptica de Bucco y Curiotto, Casa Burmeister Lamberghini, las tardes de River (de ese River que  me hice hincha cuando todavía le faltaban cinco años para ser campeón y  ya llevaba trece sin serlo) y otros tantos nombres, personajes, calles y entidades que volvieron a pasar por mi memoria y mi corazón.

Quiero detenerme en la frase que escribían sobre la pared de su casa: “Fuera yanquis de Vietnam”. Esa misma frase –con leve variación- estuvo por años escrita en aerosol en el molino que estaba en el Bv. 25 de Mayo frente al colegio de los Maristas y todas las mañanas desde segundo hasta quinto año la leía: “Yankees fuera de Vietnam” y pensaba ¿quién podrá haber escrito esta frase antimperialista?. Muchos años después la use como introducción a un trabajo de investigación en la universidad sobre el peronismo. Evidentemente la persona, de quién nunca quizás sabremos su nombre, la escribió por lo que podemos deducir dos veces y perduró por bastante tiempo como emblema de rebeldía juvenil en un mundo donde reinaba la guerra fría y el Muro de Berlín no había caído.

“Lo salado mejora la digestión pero lo dulzón ablanda el corazón”  decía la Nona Chinta, con esta frase de la abuela del autor que encontramos varias veces en el libro es que recomiendo su lectura, en especial para que aquellos que hoy estamos al borde de los sesenta  y un poco más, que habitamos un tiempo y espacio allí en una localidad entre Córdoba y Santa Fe, de mayoría piamontesa, aunque había de otras procedencias de la península itálica y de otros países europeos. No quiero dejar de mencionar las excelentes  ilustraciones que componen cada capítulo del libro y que estuvieron a cargo de Gerardo Trotti, hermano del autor, ambos hijos de Doña Tota y Don Livio.

“El hombre debe conservar los recuerdos del lugar de los recuerdos, cualquier intento por darles vida nuevamente será en general un ejercicio de riesgoso masoquismo”  escribe en  El día que maté a mi padre Confesiones de un excomunista el periodista Jorge Sigal.

En este caso el conservar los recuerdos y compartirlos, como lo ha hecho Gerardo Trotti fue un ejercicio  de vida y de encuentro con una Argentina que valoraba el mérito, el esfuerzo, el trabajo, la amistad, la honestidad y por sobre todo la palabra. En ese lugar nacimos y crecimos y hacerlo memoria no es masoquismo sino un ejercicio de esperanza.

 

 

 

 

viernes, 10 de diciembre de 2021

Esteban Bullrich y el discurso completo de su renuncia al Senado.

No suelo poner en el blog escritos de otras personas, pero lo escuchado y sentido ayer en el discurso de despedida de un Senador de la Nación que hizo en su persona que sea Honorable su banca, hacen que sus palabras ameriten ser transcriptas en este espacio. Una pieza de la oratoria política que nos debe hacer reflexionar a todos aquellos que sentimos a la Argentina como parte de nuestra existencia, porque somos argentinos. Estudiamos, crecimos, trabajamos y forjamos nuestras vidas y familias aquí, es nuestro territorio y con un gran esfuerzo reinstauramos la democracia que seguiremos consolidando y haciendo poco a poco el edificio de la República como ciudadanos libres y habitantes que sabemos compartir ideas, mesas, experiencias y logros. Aquí les dejo el discurso y lo ilustro con la Bandera Argentina, que ondea de norte a sur y de este a oeste. 


“Desde que entré a la política, hace casi 20 años, siempre intenté ser fiel a mí mismo. No mentirme, hacer lo que sentía justo, aunque no fuera conveniente. Hoy, en este recinto del que me honra ser parte, vengo a hacer algo que va en contra de cada fibra de mi cuerpo. Nada de lo que soy me indica que este es el camino que quiero seguir, pero creo firmemente en la idea de que el interés público siempre, siempre, debe estar por encima de los intereses personales. La realidad me impone esta decisión y la ELA me ha enseñado, fundamentalmente, a aceptar la realidad.

Me siento en este recinto con una profunda humildad, y a la vez un enorme orgullo. Humildad por ser parte de este cuerpo, tanto más grande que todos nosotros, y orgullo porque ser parte del Senado de la Nación es ser parte del debate donde viven nuestra democracia, nuestra libertad y nuestro constante intento de construir un país mejor.

Con todo el dolor del mundo y la frustración de no tener alternativa, quiero anunciar mi renuncia al cargo de Senador por la provincia de Buenos Aires. Ser parte del Senado de la Nación ha sido uno de los honores más grandes, impensados y desafiantes de mi vida política, y de mi vida en general. Acá encontré a un grupo de personas comprometidas con sus provincias y con la patria y pude hacer mi aporte para lograr lo que voy a seguir buscando: un mejor país para mis hijos. Digo esto sin ataduras partidarias y les pido que tomen todas las expresiones que siguen como de quien vienen: un ciudadano.

Renuncio a mi banca con mucha tristeza y mi última actividad legislativa es un proyecto de ley de educación inclusiva que busca igualar oportunidades y que, como todo lo que hecho hasta ahora en mi vida política, intenta dejar de lado egoísmos y vanidades para buscar el consenso. Y este proyecto fue acordado a partir de tres proyectos originales y con el aporte de senadoras y senadores de todos los bloques, que dejando de lado intereses personales y visiones partidarias encontramos el proyecto común. A lo largo de estos veinte años esto me ha pasado infinidad de veces. Créanme que es mucho más lo que nos une que lo que nos divide, solo se requiere vencer prejuicios, hacer silencio y escuchar al otro. Este proyecto no es de nadie, es de todos. Porque en política, las buenas ideas no tienen dueños, tienen beneficiarios. Repito, las buenas ideas no tienen dueños, tienen beneficiarios. Y porque, como dijera Borges: “nadie es la Patria, pero todos lo somos”.

Aunque no me corresponde a mi pedirlo, me gustaría que se recordara de mi paso por este cuerpo la búsqueda constante del consenso a través del diálogo. El diálogo entendido como una conducta activa, de apertura y de generosa curiosidad en la que los participantes se abren a escuchar a la persona que tienen enfrente. Ese es, para mí, el valor más importante y a la vez más escaso de la política argentina: la posibilidad de entender que los adversarios nunca son enemigos y que representan a una porción de los argentinos cuyos valores, intereses y deseos son tan atendibles como los de uno y que se puede dialogar, negociar y acordar sin relegar lo que uno es y lo que uno defiende.

El diálogo no puede ser solamente táctica, convencimiento y competencia. La lógica transaccional en la que negociar es solamente un cálculo contable nos despoja de sentido y nos convierte en meros mercaderes políticos que dejan de mirar el bien común. El diálogo, la búsqueda de la razón entre dos, debe ser un acto de generosidad, de amor y de caridad cristiana, entendiendo que la verdad y la justicia son valores que encontrar, no propiedad de alguna de las dos partes.

Esa falta de diálogo trasciende estas paredes, vivimos en un país enfocado en la grieta y en el debate violento, un país en el que la gente de bien escapa de la política, la desprecia y la condena. Un país en el que la gente se recluye en lo privado, soltando el sueño de ser parte de la construcción de una Argentina mejor. Un país en el que empujamos a la gente a no ejercer lo que es el rol más alto de una democracia: el rol de ciudadano.


Sé que estas palabras pueden parecer las de un soñador. Lo soy. Pero como en aquella canción que nos invitaba a imaginar, sé también que no soy el único. Me voy con la tranquilidad de que acá mismo hay muchos dirigentes que tienen la vocación de construir un mejor país y resolverle los problemas a la gente. Anímense a ejercerla, hagan carne el mandato de la gente, aprovechen que Dios les da la voz y la fuerza para desempeñarlo y tengan el coraje de hacer solamente lo que saben correcto.

Nuestro país clama por consensos. Los números de pobreza, la falta de desarrollo, los jóvenes que se van del país, la catástrofe educativa y la continua y prolongada postergación de nuestros sueños, producida por un estancamiento del que somos culpables los políticos y no los argentinos, nos obligan a gobernar diferente. Todos hemos sido culpables de gobernar con tapones en los oídos, todos, nosotros también. No hay más tiempo para eso.

Nadie tiene más tiempo para que juguemos a no ponernos de acuerdo. Hay que dialogar y escuchar, con el corazón y la mente abiertos, y encontrar puntos de equilibrio a partir de los cuales vayamos asentando las bases del país que queremos ser. Quizás así podamos evitar el desastre. El pasado lunes en la presentación de una propuesta que comience a resolver los problemas de mi provincia decía que encarar estos problemas estructurales es siempre una aventura. Una aventura porque encarar los problemas de frente, con sinceridad y abiertos a lo que sea que te devuelva el espejo, exige audacia. Exige abrirse a implementar lo que sea que surja de esa búsqueda, de ese dialogo, de ese debate. Exige también sentarse en la mesa no pensando qué me voy a llevar cuando me levante, sino qué voy a dejar en la mesa para alcanzar el acuerdo, sobre todo nosotros, los dirigentes políticos. Repito, nosotros especialmente tenemos que pensar qué queremos dejar en esa mesa. Nosotros primero. Nosotros más que nadie.

No hay ningún problema argentino que los argentinos no podamos resolver si nos ponemos a hacerlo. Pero si nos quedamos en el egoísmo, la chiquita, lo táctico y la especulación, vamos a errar el camino. Einstein decía que si querías resultados distintos no hicieras siempre lo mismo. Ya probamos con la grieta y acá estamos, esta Argentina que tenemos es la resultante de nuestra incapacidad de encontrar soluciones comunes a esos problemas.

Errar el camino es imperdonable, no solo porque ya nadie puede esperar, sino también porque miramos la Argentina y vemos un país extraordinario. Vemos entusiasmo, vemos coraje, vemos ganas de sacar adelante un país tan atormentado. Vemos emprendedores, estudiantes y trabajadores que siguen apostando a esta tierra maravillosa que amamos, aunque nos cueste. A toda esa gente tampoco le podemos fallar.

Como verán, abandono los honores, pero no la lucha, que es mi sostén. Seguiré trabajando por un país mejor porque ese es el compromiso que asumí por mis hijos hace 20 años, y es un compromiso para toda la vida. El tiempo que viene lo dividiré entre mi familia, que merece tenerme presente después de tantos años de compartirme con ustedes, y a la lucha contra la ELA. Esta enfermedad que por poco frecuente está poco investigada y poco atendida, y contra la que hay mucho para hacer. Mi fundación, recientemente lanzada, va en ese sentido. Quiero hacer mi aporte, como hicieron mis abuelos en la lucha contra el mal de los rastrojos, para que la ELA sea una enfermedad que se atraviese más aliviadamente y para que empecemos a transitar el camino hacia una cura.

Por último, quiero agradecer a todos los que han sido parte de este camino.

Primero a Dios por esta cruz, Él nunca nos pone pruebas que no podamos superar. Y aunque a veces duela el cincel del escultor sé que sólo si nos dejamos moldear por El llegamos a nuestra mejor versión. Esta cruz me ha permitido recibir infinitas muestras de cariño y amor diariamente. Esta cruz que me ha enseñado que la vida es hoy y el mañana, el mañana es esperanza.

A mi mujer, María Eugenia, con quien hace unos días cumplimos 22 años de casados y sin quien nada de lo que hice hubiera sido posible. María Eugenia es una santa y es a la vez mi conexión con el cielo y mi cable a tierra. A mis hijos, a quienes ver crecer es la felicidad más grande de mi vida y quienes con generosidad y amor toleraron a un padre que trabajaba mucho más de lo que ellos hubieran preferido.

A mi equipo que ha trabajado incansablemente día tras día para cubrir mis debilidades y errores, y, francamente, estos crecieron en los últimos meses. Ningún legislador podría haber deseado un acompañamiento mejor.

A dos senadores que han sido un ejemplo en esto de dialogar sin traicionar la propia esencia. Churchill decía que el coraje era la más importante de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás. Mi amigo el senador Federico Pinedo y el senador Miguel Pichetto han exhibido, para mí, mejor que nadie esa cualidad humana en esta función. Y han sido mis guías en los primeros meses en este Senado.

A mi bloque, como les dije esta semana, les agradezco el afecto, consejo y contención que me han dado especialmente en los últimos meses. Me han ayudado a llegar hasta acá y lamento mucho dejarlos en lo que viene, pero espero poder seguir aportando desde otro lugar a la enorme tarea que tienen por delante.

Al senador José Mayans por su acompañamiento espiritual.

A nuestra secretaria parlamentaria María Luz Alonso, Luchi, que ha estado siempre pendiente de mis nuevas necesidades.

A todos ustedes, gracias por el espacio para decir estas palabras. Me voy honrado por el apoyo y la contención que me dieron todos estos meses. Es muy importante para mí saber que, a pesar de las diferencias y las peleas, vibra en cada uno de ustedes el deseo latente de hacer una Argentina próspera, sostenible, pujante e inclusiva. Hoy doy este paso con tristeza, pero también sabiendo que si no dejan de hablarse y tender puentes; si son honestos con los demás, pero especialmente, con ustedes mismos, van a encontrar el camino del que nos alejó en este tiempo la ceguera y el egoísmo. Será a partir de ahora sin mí, pero sepan que aunque no esté, estaré. Que la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia, los ilumine a ustedes y a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.

Muchas gracias y hasta siempre”.

Su respuesta ante la propuesta de seguir en el Senado de forma virtual:

“Agradezco la opción pero he meditado mucho esta decisión que tomé con mi familia y es la mejor. Gracias de nuevo y tomen mi compromiso de trabajar desde otro lado pero con la misma voluntad. No hay hombres imprescindibles, hay actitudes imprescindibles”.

Nota: El senador Esteban Bullrich brindó un emotivo discurso este jueves en la Cámara Alta con motivo de su renuncia a la banca, luego de ser diagnosticado con ELA (esclerosis lateral amiotrófica), una enfermedad neurológica degenerativa que le genera dificultades tanto para moverse como para hablar. Al inicio de su mensaje, el referente del PRO estalló en llanto y conmocionó a todos los legisladores de todos los partidos.