Parafraseando a Publio Terencio Africano diré que: Soy hombre y por lo tanto nada de lo humano y de todo ser viviente que viva en la tierra y en el universo me es indiferente y ajeno a mi vida.
Como dijo Anaxágoras: Todo tiene que ver con todo.








lunes, 11 de mayo de 2020

TIEMPOS


El siguiente texto denominado TIEMPOS, es un llamado texto libre, escrito con retazos de recuerdos y girones de realidad. Los personajes, en su mayoría reales pudieron o no obrar de esa manera, en la imaginación de un niño fueron quedando hilvanadas frases, rostros, escenas, palabras, situaciones que luego de tantos años vuelven a surgir. Lo escrito son memorias inconclusas que fueron desempolvadas en estos días gracias a un amigo de San Francisco, Daniel Musso, que tuvo la gran deferencia de enviarme las fotos que ilustran este texto y que son de ese barrio de la niñez y adolescencia. Algunas casas están como en esos años, otras se han reformado con el paso implacable del tiempo, pero en el corazón y en la mente han quedado esas personas que fueron parte de mi vida, sin ellas no podría ser quién soy hoy.

TIEMPOS 

Caminaba a la casa de Néstor cuando el tipo que iba manejando el rastrojero modelo 62 de color azul se acercó al cordón y me dijo: “subí pibe que vamos a dar una vuelta”. Lo reconocí por su chaqueta color caqui, el cigarrillo ladeado que largaba el humo por la ventanilla y luego por el largo y pesado silencio que mantuvimos durante el viaje.


Me dejó en la esquina de Gerónimo del Barco y Boulevard Juan B. Justo diciéndome que en un rato me pasaba a buscar. Cuando baje yo estaba vestido con el pantaloncito blanco de tela gruesa, la camiseta de River sin ninguna propaganda, las medias por debajo de las rodillas y los gastados botines “Sacachispas”.

Vi al Batán entrar con su andar apurado en la verdulería y pase diciéndole “Hola Batán”, él estaba feliz porque “su boquita” había ganado ese domingo en el campeonato Nacional. Él siguió atendiendo con su eterna sonrisa y haciendo sus viejos chistes. Gire mi cabeza hacia Sáenz Peña y  vi que venía la señora del Batán caminando por la vereda que tenía sombra con el eterno diario que tapaba su cabeza del sol. Mi caminata siguió por esa calle de la infancia. Estaban Don y Doña Ríos frente a la puertita azul sentados en unas pequeñas sillas mientras charlaban y tomaban mate.

Don Chiappero cargaba la camioneta Ford 100 con cigarrillos y golosinas para hacer el reparto diario y su señora le alcanzaba los anotadores y un block de papel. Seguí, no sé si ellos me veían, intuyo que no.

Ahí estaba el Arnolfo con su soplete que lanzaba una llama azul y blanca, tenía puestas sus antiparras enormes. Apagó el soplete se levantó las antiparras y comenzó a gritar DIIIIAAANNNAAAAA. Enseguida se acercó Diana, su perra de caza de color blanco con pintas rojas y el Arnolfo le tiró una galletitas. Mirarlo y escucharlo en ese viejo galpón donde hierros y chapas adquirían forma bajo ese soplete mágico era algo de otro mundo. Su figura siempre me pareció de alguien que venía de otro tiempo y lugar. Años después cuando leí “El eternauta” no pude dejar de pensar que Juan Salvo, ese héroe social que viene a salvar a la Argentina era el Arnolfo, hasta creo que Héctor Oesterheld y Francisco Solano López pasaron por ese taller y al verlo se inspiraron para escribir y dibujar la historieta.

De la casa de ladrillos con muchas plantas, flores y tres grandes paraísos que daban sombra en el final de ese patio cuya pared medianera lindaba con mi casa salía Don Bertín, con su ramita de ruda que sobresalía de la boca y Doña Bertina que lo despedía dándole una bolsa y un papelito para hacer las compras en el almacén de los Tuninetti. Doña Bertina después le alcanzaba un mate a su hija la Punín que se iba a trabajar con el Moncho, su vecino, hijo de los Montoya con el cual noviaba. Esto último era un secreto –conocidos por todos- porque eran novios grandes y eternos, y eso los chicos no lo teníamos que saber. El Moncho trabajaba en el escritorio de los Terraf me decía siempre mi papá, con eso quería decir que era alguien importante. Con el tiempo fui descubriendo que todos los que trabajaban en escritorios eran tan cagatintas como lo fui yo durante años. 


Al frente vi a mis tíos abuelos, Francisca y Yuanin. La tía con su pelo blanco y su abrigo negro, y el tío con su cara de bueno, tenía puesta su gorra marrón y el poncho que le cubría las espaldas. Caminaban al lado de los tíos la Chita, la Aurora y el Pocho, sus hijos.

Me encontré con los hermanos Bañasco, todos solteros, en voz baja les decíamos “los solterones”. El flaco Bañasco que trabajaba el almacén de ramos generales de Godino Hermanos, siempre chistoso y sonriente, su pelada parecía siempre estar lustrada; el gordo que era más serio e iba en su bicicleta estilo inglés que soportaba su peso sin chistar y la hermana que les alcanzaba un mate antes que ellos  fueran a su trabajo.


Oteo hacia el frente y vi a la Señora del Arnolfo que salía con una bolsita de red azul para comprar el pan, y saludaba con un buen día a los hermanos Alessandri, el Chesco y sus hermanas, todos también solteros y grandes ya sin posibilidades de casamiento.

Don Alessandri, flaco y alto era el único casado de todos los hermanos  y junto a su señora que siempre tenía cara seria sacaban un falcón blanco, bien lustrado. Ellos recogían al César Daguero, que era de nuestra barra de amigos y a su mamá la Selmira, que era maestra, para llevarlos a la escuela. Mientras pateaba el pedal de la Siambretta el papá del César que salía con sus cámaras fotográficas a cuestas para fotografiar la negra realidad que se cernía en esos tiempos por la ciudad y todo el territorio argentino.
Seguía pasando entre ellos, debajo de mi brazo izquierdo llevaba mi pelota de cuero para ir con los pibes a la cancha de Los Andes. Lo vi al Gerardo,  que le decíamos “colate” que también salía con su guardapolvo blanco para la escuela. Don Giustetti, su papá, estaba por subir a su bicicleta marrón  para ir a la carpintería cuando la señora le alcanzó el último mate de esa fría mañana.

Venía arrastrando los pies Doña Dezzi que buscaba al Roberto que se le había escapado. El Roberto era el nieto y tenía una discapacidad en su mente y se iba y nunca quería volver. Era el hijo de una sus hijas, no recuerdo si de la que era gordita o la que era flaca. También tenía un hijo Doña Dezzi que se parecía a Isidoro Cañones y hacía culto de la vagancia y de los proyectos más estrafalarios como aquel que pidió plata para comprarse un terreno y se compró una escopeta con la cual asustaba a los vecinos tirando en las noches a las estrellas, algo que se acabó cuando lo subieron a un patrullero y paso unos días en la comisaria.

Mientras la voz de Roooberrrtoooo seguía martillando mis oídos continué  caminando, los podía a ver a todos, pero lo raro era que ninguno de todos ellos me veía. Al llegar a la esquina de Aristóbulo del Valle estaba el Chachi Quatroccolo, aquel pibe que fue compañero en la escuela pero un año nomás. Su papá sacaba el Torino blanco cuatro puertas, y recordé que lo habían secuestrado en la época de plomo del peronismo para pedir un rescate, pero lo soltaron enseguida, tenía una carpintería con una tal Leiva allí por la avenida 9 de setiembre. Un hijo de ese Leiva vino a la escuela pero su comportamiento desacertado no lo hizo durar mucho en el colegio de curas, aunque el petiso era muy inteligente, le habían puesto el mote de “insecto galerudo” porque se parecía a un cascarudo.

Ya en la calle Larrea vi a don Pereyra que era evangelista, era de andar pausado y caminar muy tranquilo y de profesión electricista. Entré rápidamente al almacén de Don Valdemarin, que llevaba puesta su infaltable  chaqueta marrón y  había un montón de frascos con harina, azúcar, yerba que él abría y llenaba las bolsas de papel madera marrones. Estaba despachando a una vecina que hacía las compras bien temprano. Desde ahí vi a Gilli, el sodero.

Al seguir por Larrea vi  que iba en su bicicleta Doña Adiós Pueblo, le decían así porque tenía la costumbre de saludar a toda la gente que encontraba en su andar. El sastre Boetto y sus dos hermanas también estaban abriendo las puertas de su casa. Rengueaba y tenía una bicicleta negra de mujer. En ese tiempo cuando tenían el cuadro como un triángulo equilátero le decían bicicleta para hombres y sin ese caño era para mujeres. Todos usábamos la segunda porque era más fácil para subir y andar.

También los vi de lejos a los Salvaneschi, a los Milajer, a Doña Ema la santa mujer del barrio que le estaba curando el empacho a un nene y mientras preparaba la Virgen para llevarla a la casa de algún vecino, era una de las tantas novenas en honor a María. Doña Ema lidiaba con su esposo el pelado Rodríguez, que tenía fama de mujeriego y con uno de sus hijos vivía de noche y de la noche, parecía un atorrante al estilo Cacho Castaña.

El Mingo Goethe sacaba una bicicleta que recién había terminado de arreglar y se la entregaba a un chico flaco diciéndole que la tratara bien y siempre anduviera con las gomas infladas, a lo lejos tuve la sensación de que ese chico era yo cuando tenía unos años más.

Don Rodríguez estaba ensayando con su orquesta para la fiesta del sábado y tocaban la música de un cuarteto cordobés, mientras Doña Rodríguez con su voz finita y suave llamaba para acariciar un gato que pasaba por la vereda. El gato levantaba su cola ronroneando y agradeciendo con su maullido las caricias dadas. Fue Don Rodríguez aquel hombre que en silla de ruedas sin sus dos piernas y sus anteojos negros que le dijo a mi hermano “cuando puedas ándate de aquí y no vuelvas más”, cada vez que miramos ·Cinema Paradíso” recordamos cuando Alfredo le dice a Totó que se vaya y no ceda a la nostalgia y no se acuerde de ellos ni les escriba.

Don Gerván, el negro, volvía en su bicicleta azul de trabajar en el ferrocarril y la Rosa Gamba con su paso  apresurado salía de atender al último cliente que se había ido del almacén, no antes haber intercambiado información sobre la vida de los vecinos emulando a los espías soviéticos y norteamericanos que vivían entre secretos la guerra fría.
La familia Rossi, que tenía una cantidad innumerable de hijos, estaban todos jugando en la vereda, mientras su papá tomaba un mate que le cebaba su mamá antes de irse a trabajar a la obra. Uno de ellos sordomudo estaba abrazado a su mamá. Era gente sencilla, de escasos recursos pero todos ellos siempre estaban bien vestidos y limpios.


La Ana María salía con sus tías y todas ostentaban orgullosas sus kilos de más. Su cumple de quince fue lo mejor que nos sucedió en el barrio, fue la única fiesta porque después no tuvimos otra. La narración de su tío sobre cómo decoró la torta de chocolate luego de un fuerte dolor de estómago desahució nuestros deseos de devorarla.

Observé al Rudy, verdulero, soñador y quijote, y sus hijos, con los que nos juntábamos a la siesta a escuchar música y hacer algunas bromas por teléfono, que estaban discutiendo y preparando los cajones para empezar la mañana de trabajo.

Vi al Jorgito con su abuela que salían para el centro; mientras su tío el Alberto subía a la bicicleta e iba a pintar la casa de los Medrano. La familia Gallego cuya mamá era muy seria y a su papá le gustaba salir de farra, y tenían tres hijas que siempre estaban impecables: la Mónica, la Mabel y la Marcela.

Doña Fenoglio, rengueando como una perdiz que tenía un ala boleada se reía y le brillaban sus dientes engarzados en oro.. Él Chiche salía con su Valiant color rojo, era un empedernido solterón y especie de von vivant siempre parado frente a su casa en la vereda. Muchos años después supe que tenía hijas con aquella novia que trabaja en las oficinas de ENTEL.

Don Sará estaba parado en la vereda saludando a su hija Mónica que partía para el trabajo y le comentaba a una vecina sobre su hijo que andaba por el mundo integrando el conjunto folclórico “Los Andariegos”.

Don Bischoff que se dedicaba a la zingueria, siempre con su mameluco  y su señora o sea Doña Bischoff que caminaba muy despacio, casi imperceptible a los que estábamos cerca, estaban apoyados en el tapialito de su casa. Eran alemanes y cascarrabias, nunca nada les venía bien. En el barrio había poca luz, la municipalidad puso unas torres con focos que se llamaban “vía blanca” y Don Bischoff rezongaba porque atraían bichos por la noche.

Don Bessone, un viejito que usaba anteojos oscuros y que tenía auto de origen alemán, pequeño y de color gris, que mi tío Dino le compró para llevárselo a su pueblo chico, San Jorge. Años después me dijeron que ese auto lo había usado un jerarca nazi que había huido de Alemania, pero al intentar averiguar algo más nadie quiso hablar. La familia Bessone tenía un altillo, siempre se rumoreaba que había algo extraño, un hijo o una especie de ser inacabado humanamente, fallamos siempre en nuestros intentos de descubrirlo.

Don Aldo Salvaneschi que llegaba con su bicicleta del trabajo, almorzaba, descansaba un rato y ya se ponía en su taller a construir las hamacas, calesitas, trepadoras, subibajas rojos y blancos que Papá Noel o los Reyes llevarían a los niños en la nochebuena o el 5 de enero por la noche. Sus hijas Norma y Nelly noviaban en la vereda ante la atenta vigilancia de Doña Chiche, una mamá buena, sonriente pero con los ojos de halcón, vigilante de las hijas y sus pretendientes.


Los Pecchio vivían en la esquina en esa casa antigua con un gran patio. Tenían un grupo musical y tocaban música de los Beatles, estaban ahí todos los amigotes con sus motos de la época que tenían cruces, espadas y otros chirimbolos como adornos.
Desde la otra vereda me pareció ver al Dante, si era el Dante Panzeri, fue el único que me saludo y me dijo levantando un libro con su mano izquierda “no te olvides de leerlo”, mis ojos alcanzaron a ver el título “Fútbol dinámica de lo impensado”. Venía de la terminal de ómnibus,  había vuelto en El Turista desde Buenos Aires, era 14 de abril de 1978 y ese fue su último viaje.

Los vi a mis abuelos, la nona Teresa le alcanzaba un mate a mi abuelo y le decía en piamontés “Lurenz anda a comprar el pan y tráeme alguna masita, ya estoy cansada de comer siempre pan”. Al entrar por el pasillo vi a mi viejo Imar llenando los sifones de soda y a mi padrino Olivio saliendo a repartir. Desde lejos mi viejo le gritaba que no se olvidara de llevarle soda a “la chica linda”. Mi perro Bochita atado con la cadena en su cucha de cemento ladraba como si me viera, pasé a su lado, lo acaricié, pero él siguió ladrando a una clienta que se acercaba con un sifón.

Vi  de pronto a un chico jugando solo con su pelota y relatando al estilo del gordo Muñoz  un partido de fútbol, hacía los goles y atajaba los otros, gritaba, se enojaba y levantaba los brazos cuando ganaba y ponía cara triste cuando perdía, creo que lo reconocí enseguida en ese rincón de la casa que era mi territorio de soledad y de magia.  Sentí  un olor a carne al horno con papas que cocinaba mi mamá Elsa, tenía su delantal y los ruleros que le habían puesto en la peluquería el día anterior, de ahí deduje que era día viernes porque ella iba los jueves por la tarde a la peluquería. Esperaba que se fuera y si mi papá no estaba, yo aprovechaba para revisar todos los muebles en búsqueda de algún regalo mágico o algún secreto familiar, nunca encontré nada. Y sentado debajo de la parra había un nene con flequillo y corte de pelo a lo Balá que jugaba en el patio con autitos, era mi hermano.
De la cocina de la casa de mis abuelos salían mi tía Mirta y mis primas Gabi, Dani, Lauri y el Juan Pablo. Nadie me veía, yo los veía a todos.


Mi fui alejando pasé en medio de todos ellos y me fui alejando, retomé mi camino por la vereda hacia la esquina y pasaba el Antoñito Terraf con su palo largo que tenía en la punta una tapa que sacaba de las latas de dulce de batata  y que él iba empujando cómo un juguete, me miró, creo que me vió, no lo puedo saber porque levantó su mano cuando le dije “Antoñito ¿sabés quién soy yo?” pero él siguió.


El rastrojero ya estaba ahí en la esquina y nuevamente me dijo: “subí pibe que nos vamos para no llegar tarde, él seguía con el cigarrillo en la boca echando el humo hacia la ventanilla y la única música era el ruido de las llaves de los clientes que colgaban de la palanca inútil del limpiavidrios que nunca fue utilizado. Vi el rosario colgado en el espejo retrovisor y en la guantera estaban los anotadores y las facturas que decían “Soda El Sergio” junto a un montón de trapos, tornillos y un viejo destornillador. Antes de bajarme me dijo: “Abrí con la manija de afuera, un día de estos la voy a arreglar”. Recordé esa frase que escuché por primera vez cincuenta años atrás. Seguí caminando por la avenida hacia la calle Ramella mientras las fotos que fui sacando y atesorando en el álbum de mi corazón ya se  iban quedando en mi memoria.

viernes, 17 de abril de 2020

PISADAS

Hace varios años visitando  a mis padres fui testigo de estos hechos que voy a narrar a continuación. Lo que comenzó como algo que parecía una broma se fue convirtiendo con el paso de los días en el hablar de todos los habitantes y a ocupar la atención de los medios hasta involucrar a las autoridades con el fin de resolver aquellas manchas que noche a noche surgían en las calles. En estos tiempos de pandemia y por ende de aislamiento social pensé nuevamente en esa historia que ahora estoy compartiendo.

Las torres del molino sobresalían en el pueblo de casas bajas y estaban ahí desde principios de la fundación. Sus chapas de color rojo se podían divisar desde muy lejos. Alrededor de esas estructuras de hierro y chapa  iba creciendo el pueblo, lo primero eran los negocios y luego venían las viviendas que se iban multiplicando con el correr de los años.
El molino de Boero y Romano era el punto de referencia para situarse y desde ahí trasladarse a cualquier lugar de la ciudad que había crecido al compás de los buenos vientos y que se abría como una flor hacia todos los puntos cardinales.  En los barrios había verdulerías, panaderías, mercerías y toda clase de negocios que resolvían las necesidades diarias de los vecinos. Para ir al centro había que vestirse bien, en el barrio se podía transitar en chancletas. Se dejaba la bicicleta en la vereda o sobre el cordón del pavimento y nadie la tocaba.
En la esquina dónde estaba el molino siempre había changarines que esperaban la llegada de los camiones para cargar las bolsas de harina, ganándose así el sustento. Muchos de ellos pasaron toda su vida allí, quedándoles  las espaldas encorvadas como el testimonio de su trabajo y una marca que nunca se les pudo borrar, como si fueran parte de ese molino.
Los campos llenos de trigo proveían al molino de la materia prima que se acopiaba en esos grandes silos, unas  tolvas lo succionaban de los camiones y lo depositaban en esos tubos que nunca se llenaban, parecían insaciables. Luego se embolsaba e iba a las panaderías para transformarse en el pan de cada día.
El martes a la noche de ese verano donde la ciudad vivía la tranquilidad pueblerina, alguien se deslizó entre las sombras de la calle Almafuerte y al día siguiente las pisadas aparecieron desde la entrada del molino, siguieron por el boulevard principal y se fueron perdiendo por una de las tantas calles.
El primero en verlas fue el Dalcio, que con su bicicleta salió como todas las mañanas para tomar su turno en la estación de servicio que había frente al molino y le llamaron la atención esas pisadas y fue siguiéndolas. Cuando entró a la oficina donde estaba el Nereo dormitando, con un grito lo despertó contándole la novedad y los dos fueron a verlas. El Diver les tocó bocina sentado en su rastrojero para que le cargaran gasoil. Lo llamaron para que las viera y en cuestión de horas toda la ciudad estaba hablando de esas pisadas. La radio y el diario local enviaron a un cronista, ya que eran del mismo dueño y lo tenían al Remigio que hacia exteriores.
Comenzaron a realizar todas la elucubraciones posibles, hasta que apareció la policía y el fotógrafo comenzó a sacar las fotos para adosar al sumario iniciado por averiguación de algo que era indefinido.
Algunos opinaban que era algún monstruo que vivía en los fondos del molino y que se alimentaba de los restos de la harina y que esa noche había decidido salir a pasear por la ciudad. Otros decían conocer la historia de uno de los dueños del molino que había tenido un hijo que era un monstruo y lo había escondido en los sótanos del molino, ahí lo alimentaban y ahora seguro había decidido salir a conocer la ciudad. También estaban aquellos que decían que por la forma de las pisadas eran seres extraterrestres que habían descendido en los techos del molino, permitido por su altura y que estaban recorriendo las calles para conocer a los habitantes de este mundo. Opiniones y conjeturas que iban desde monstruos, seres alados hasta marcianos y toda clase de fantasías que fueron alimentando las charlas en las casas, en los cafés y en cada una de las esquinas. Todos hablaban del mismo tema, todos sabían de qué se trataba, todos tenían un amigo que les había dicho la verdad sobre esas pisadas.
La noticia trascendió las fronteras de la comarca y así  comenzaron a llegar periodistas, científicos y toda clase de personajes  que querían ver de qué se trataban esas huellas o decían saber todo sobre ellas.
La calma pueblerina fue interrumpida por autos y grandes camiones con equipos sofisticados para descubrir ese extraño fenómeno. Los trenes llegaban llenos de pasajeros, y los hoteles ya no alcanzaban para tanto visitante, algunos se hospedaban en casa de familias y en los kioscos las revistas tenían en sus tapas a la ciudad y a algunos de sus habitantes que se prestaban para las entrevistas.
Sin embargo había alguien que disfrutaba de todas esas conjeturas que oía mientras caminaba entre sus vecinos y los ocasionales curiosos que venían de pueblos vecinos y de grandes ciudades a ver ese fenómeno que surgió y que nadie podía desentrañar.
Por las noches se montó una guardia para estar atentos y vigilar si ese ser se daba a conocer. También las charlas se fueron convirtiendo en apuestas, se consultaban tarotistas y adivinas, hasta el cura del lugar en todas las misas pedía a Dios que apareciera ese monstruo y él aseguraba que era una señal del cielo para todos los habitantes se redimieran de los pecados que se cometían a diario en esa ciudad. Hasta en un sermón llegó a decir que los tiempos del apocalipsis se estaban cumpliendo y que esas pisadas era el preanuncio del final del mundo.
Él caminaba por las mañanas, almorzaba, dormía la siesta, miraba televisión y volvía a salir un rato por las tardecitas. Luego volvía a su casa, sin ninguna preocupación por las pisadas y hasta con cara de alegría por disfrutar de todo lo que pasaba.
 Con el correr de los días nada nuevo se descubría y poco a poco se fue perdiendo el interés sobre las pisadas. Ya no llegaban de otros pueblos y ciudades, la prensa se fue retirando. Solamente se hablaba en algunos momentos de ese hecho. La policía archivo la denuncia por no encontrar a los culpables ni responsables, el cura volvió a pedir plata en sus sermones para terminar las torres del nuevo templo.
El Dalcio siguió saliendo todas las mañanas con la bicicleta para ir la estación de servicio de los Porcari, el Diver se bajaba del rastrojero, sacaba la tapa del tanque y esperaba que el Nereo pusiera  la manguera para seguir llenando el tanque de gasoil como lo hacía durante todo el año, salvo para año nuevo.
El Remigio continuó haciendo los exteriores para la radio y el diario de los accidentes de cada día, cubría los partidos de futbol del club local, en las noches los partidos de básquet y la vida siguió con su rutina diaria para cada uno de los habitantes de la pequeña ciudad.
El Avelino seguía con su sonrisa, durmiendo la sagrada siesta y mirando las series de televisión en blanco y negro.  El día que el Avelino murió de un ataque al corazón su hermana Palmira encontró un cuaderno “Gloria” de hojas cuadriculadas, y atado con una bandita elástica. Lo dejó sobre la cómoda y una noche mientras dormía algo la sobresaltó interrumpiendo su pesado sueño y vio que había algo extraño en el cuaderno, eran unas luces, quedó como petrificada en la cama y observó cómo comenzaron a salir unas pisadas, descendieron y continuaron caminando hasta el jardín y luego se perdieron detrás de la ligustrina que separaba la casa del Avelino, del Molino.



miércoles, 31 de julio de 2019

Reflexiones sagradas desde la palabra Campo.



Carta depositada
en el santuario laico
Cuando escucho la palabra campo vienen a mi memoria los recuerdos de mi infancia. Un largo viaje y un gran portón que se habría daba lugar a un eterno camino de tierra que nos conducía al encuentro con una casa de color amarillo, rodeada por un pequeño monte, galpones y un poco más lejos “la ramada”, donde se ordeñaba dos veces por día a las vacas. Salen a nuestro encuentro mis abuelos y tíos, los peones y algunos perros.
Era un lugar de magia y misterio, de juegos y de cabalgatas. La tristeza comenzaba en la despedida cuando había que emprender la vuelta a la ciudad. Los momentos felices quedaron atesorados en el corazón.
La segunda vez que escuché la palabra campo fue en la escuela secundaria cuando un profesor nombró los campos de concentración. En la adolescencia  no presté atención o quizás no fui motivado por esa frase campo de concentración, pero quedó anclada en el puerto de mi memoria.
Años después, haciendo teatro leído, interpreté un texto que nos hablaba de Maximiliano Kolbe, un sacerdote católico que dio su vida para salvar a un padre de familia judío, ahí comencé a tomar conciencia que la palabra campo también tenía otro significado y otras historias y realidades.

Al venir a mi mente la palabra campo se desgranan otras imágenes como: tierra, aire libre, sembrados, animales, árboles y pájaros. También pienso en las rejas del arado que producen heridas en la tierra para que la siembra de la semilla echada por el labrador genere vida al transformarse en alimento.
La palabra campo significa según la R.A.E: Parte de la superficie terrestre no ocupada por núcleos de población. Parte de esta superficie destinada a la agricultura y conjunto de núcleos rurales dedicados a esta labor”.

Los territorios que estaban en medio de bosques cercanos a la ciudad, transitados por niños y ancianos, cerca de lagos o ríos, eran tierras que podían ser una plaza para juegos o un campo de fútbol o simplemente un pulmón de aire para la humanidad y de pronto, esa porción de tierra, se vio rodeada de alambres de púa, garitas en todas las esquinas y soldados armados con grandes reflectores que iluminaban las enormes construcciones.
Se sumaban a ese triste paisaje una serie de vallas, perros atados a cadenas y apenas sostenidos por los jóvenes soldados.
Entraban a los campos mujeres, niños y hombres, traían unas pocas cosas, alguna pequeña valija, una muñeca, y mucho sufrimiento.
Eran separados y algunos inmediatamente asesinados, otros eran desinfectados y se los ponía a trabajar como esclavos. A los que intentaban escapar, una bala o la electricidad que recorría los alambres acababan con su vida.

La falta de alimentos y las pocas fuerzas se iban asociando a enfermedades, las cámaras de gas y los experimentos, en especial en niños, eran los caminos a la muerte en los campos.
Millones de seres humanos se convirtieron en cenizas que quedaron esparcidas en esos campos y la sangre allí derramada nutrió parte de las hendiduras de la tierra.
El campo, la tierra y la soledad cobijaron las últimas palabras o las miradas finales de la vida de hombres y mujeres. Ellos tenían sueños, proyectos, familias y querían seguir viviendo, pero alguien decretó su prematura y cruel muerte.
Otros por fortaleza interior y aunque sus fuerzas flaquearan hicieron un acto de rebelión y lucharon para seguir sobreviviendo.

En ese espacio de dolor, sufrimiento y muerte alentaron a otros a no decaer, los tomaron de las manos, del hombro, les hablaron para soplar un hálito de vida para que no se convirtieran en lo que querían los perversos que fuesen “despojos de humanidad”.
Los pedazos de tierra que fueron utilizados para matar seguramente hubiesen querido ser como el campo de mi infancia.
La misión de la tierra es contener, dar vida, fundirse con el ser humano. Las personas que estaban inoculados por el odio y la violencia hicieron de su existencia, de esas porciones de tierra, un lugar de muerte.

Hoy son un faro de la humanidad, un lugar sagrado, un pedazo de existencia que nos trae a la memoria de la humanidad lo que sucedió ahí, en un tiempo y espacio determinados por la historia, pero que no deberíamos volver a repetir nunca más. Hubo millones de muertos, pero miles de sobrevivientes  convirtieron ese dolor en un aprendizaje, no solo para ellos, sino para todas las conciencias de los seres humanos. Con los años fueron compartiendo sus duras y crueles experiencias para que ese horror no se volviera a repetir. Hay una la larga lista de desconocidos que por el mundo llevan las semillas que siembran en los corazones abiertos para que ese nunca más sea realidad.

También hay otros que dejaron legados de esas doloras experiencias, pienso en Ana Frank y su diario que nos quedó como testamento, en especial para los adolescentes y jóvenes; en Víctor Frankl que hizo la resiliencia y nos aportó la logoterapia como método para superarnos en un mundo que a veces chapotea en el barro de la soledad y desesperación; en Etty Hillesum, joven judía que viven en Holanda, que tiene una profunda espiritualidad y una elevada vida mística que se hace insumisa haciendo el bien en lo cotidiano en la ciudad primero y luego dentro del campo.

Querido campo, vos sos inocente, aunque algunos hombres te quisieron transformar en un lugar de muerte, aun lo que perecieron ahí nos iluminan para que hagamos un mea culpa y cambiemos el mal por el bien. Forzadamente acogiste a judíos, gitanos, polacos, hombres y mujeres, homosexuales, sacerdotes, creyentes y ateos, recibiste al fin seres humanos.
Nuestra existencia se debate entre el bien y el mal, el campo de batalla es la tierra, Caín mató a Abel pero Dios no quiso venganza y por eso puso una señal sobre Caín para que nadie lo tocara. Hoy somos nosotros los que peregrinamos con esa señal, y a veces el mal se apodera y obnubila nuestros corazones.
Trastocamos nuestros impulsos de bien y convertimos nuestro espíritu en aridez y sequedad transformado nuestros deseos en guerras, de cualquier tipo.
Quienes experimentamos los dolores y sufrimientos de los otros seres humanos y creemos que somos hermanos, de la misma familia humana, de la misma sangre de Adán y Eva, apostamos a la paz, al diálogo, el encuentro, a la fraternidad y nos abrimos para abrazar a los otros.

Vos campo no lo querías, pero en ese momento tus tierras se sacralizaron, al odio de unos se puso el amor de otros, a la violencia de muchos se opuso los gestos solidarios de otros.
Conociste campo, el bien y el mal. Hoy los que caminan y sus pies pisan reverencialmente tus caminos, sus ojos ven los muros y sus corazones y espíritus sienten los sufrimientos de los que fueron torturados, esclavizados y asesinados. Ellos serán los que te dignifiquen haciendo memoria para que el nunca más un “campo de concentración” sea una realidad. Los únicos campos que existirán serán los sembrados por las espigas de trigo, alimento para las aves del cielo y los girasoles que mirando alabarán al sol. Esto nos hablará de humanidad. Dios no estuvo ausente en los campos porque Él habita con su huella imborrable y única en cada hombre y mujer que pasó por allí. Hoy sigue peregrinando junto a nosotros por el mundo.

¡Paz, Salam y Shalom!


lunes, 15 de abril de 2019



MÁRTIRES RIOJANOS
Dentro de unos días se llevará a cabo la beatificación de los llamados “mártires riojanos” por ocurrir su muerte martirial en la provincia de La Rioja, República Argentina. Los actos y la gran variedad de eventos sociales que se vienen llevando a cabo desde hace un tiempo, tanto de las organizaciones eclesiales como otras no ligadas a lo estrictamente eclesial, culminarán con la celebración litúrgica, epicentro que los elevará a los altares con el nombre de beatos, pudiéndose rendirles culto oficialmente.
Deseo reflexionar sobre algunos puntos que fueron surgiendo en estos años sobre el tema de nuestros mártires y santos vernáculos. La palabra “reflexión”nos permite confrontar –estar de acuerdo o disentir- con otras ideas, pensamientos y posturas enriqueciendo lo que se masculla con el cerebro y el corazón. Parto de la palabra mártir: “Es el testigo. O sea la persona que muere o padece por defender opiniones ideas o creencias religiosas” dice el diccionario de la RAE. Deducimos y sabemos que los cuatro mártires –en diferentes circunstancias y formas- sufrieron muerte violenta por anunciar a Jesús, dar testimonio de él, ser fieles a la Iglesia. Sus opciones y acciones los llevaron a que otras personas se ensañarán con ellos y les dieran muerte.

El reduccionismo religioso nos ha llevado a pensar a muchos que lo más emblemático es la frase “Con un oído en el pueblo y el otro en Evangelio” frase expresada por Monseñor Angelelli. Digo la palabra “reduccionismo” en el sentido de perder de vista la vida las opciones y acciones, las palabras y los gestos de las personas que no buscaron el martirio sino que se encontraron con esa muerte violenta –aunque podían presentirla y sentirla y hasta recibir amenazas constantes- por fidelidad a Dios y a su Palabra.
He querido reparar, además de lo ocurrido en La Rioja, en dos martirios que de diversa manera he sentido cercanos.
El primero es el de los cuatro Hermanos Maristas asesinados en el año 1996 en lo que se conoce como la masacre de Ruanda y Zaire. Hermanos religiosos que trabajaban enseñando y alentando la vida en un campo de refugiados. Ellos encontraron allí la muerte violenta por ser fieles al Evangelio. El diario personal del hermano Miguel Ángel Isla, encontrado entre restos de sangre y el desorden realizado por los asesinos, sirve de base para un excelente libro que recomiendo: El silencio de Dios –diario de un misionero mártir- de Santiago Martín, donde se narra la historia de ellos, su servicio, su mensaje y su decisión de no abandonar el lugar.El hermano Julio –español, uno de ellos- que se podría haber quedado a vivir en España dijo antes de su partida “Sé que podría haberme quedado en España, sé que no soy un héroe pero siento que tengo que ser consciente con lo que Dios me pide en estos momentos”. El 31 de octubre de 1996 cerca de las 20 horas los cuatro fueron asesinados.

Mártires de la fe, su martirio fue la consecuencia de ser profetas en un campo de refugiado. Las organizaciones internacionales en ese campo hacían lo que podían o miraban a veces hacia el costado.Ellos tenían claros indicios de que eran perseguidos pero su opción fue quedarse. El mártir tiene un pensamiento y una acción y esto trae aparejada una consecuencia porque molesta e interpela a otros. Sus palabras y gestos son un aguijón que se clava en la conciencia y el corazón de aquellos que lucran con la vida humana. Su sangre derramada riega las semillas que crecen generando nuevas vidas.
Otro martirio ocurrido en Argelia, en marzo de mil novecientos noventa y seis, donde siete monjes del Monasterio Nuestra Señora de Atlas, Tibhirine luego de ser secuestrados por un grupo islámico –que se adjudicó la autoría- fueron asesinados.
Su trabajo con la comunidad era intenso, comprometido y ejemplar. Pudieron irse del lugar, lo rezaron y lo dialogaron y luego después de un tiempo -a pesar de las amenazas y de los hechos concretos de violencia que sufrieron- decidieron quedarse con su gente. Expresaba el superior Christian de Chergé “Orante en medio de un pueblo de Orantes”.
Vemos religiosos, educadores en un campo de refugiados y otros religiosos, monjes orantes, viviendo en un barrio y asistiendo a sus hermanos que profesan el Islam, ambos comprometidos con su realidad y sufriendo el martirio.
En el entierro de Gabriel y Carlos decía el obispo Angelelli “¡Sacúdelos por dentro, jSeñor! ¡Que la sangre de Gabriel y de Carlos los golpee en el corazón y la mente, para que se conviertan a Dios, sean buenos hombres, buenos hijos de Dios y buenos hermanos con sus hermanos! Este es el mejor regalo que les podemos hacer, y se lo hacemos en nombre de la diócesis: a los que instigaron y a los que ejecutaron las muertes de nuestros queridísimos Gabriel y Carlos” (Homilía del Obispo Angellelli del 22 de julio de 1976 en el entierro de Gabriel y Carlos. Mensajes de Monseñor Angelelli, Pastor y Profeta).
Es bueno y necesario leer las homilías y escritos del mártir Angelelli. En ellas alienta a las comunidades a vivir fraternalmente, denuncia las injusticias pero por sobre todo es fiel a su ministerio de obispo que lo ve ligado a la Iglesia loca y universal. Predica la Palabra de Dios, no su palabra. Por eso digo al principio reduccionismo, ya que creo que muchas personas –quiero creer bien intencionadas- levantan frases estereotipadas o bien son frutos de un álbum inconcluso. Palabras y hechos que solamente generan confusión y pareciese que los mártires fueron motivados más por opciones ideológicas o políticas partidarias y no por la fe, generando lo que se llama vulgarmente “llevar agua para mi molino”.
No puedo dejar de pensar que el martirio ocurre en un tiempo histórico determinado, atravesado por las circunstancias políticas, sociales, económicas, religiosas, etc., que sucedieron en ese espacio territorial. Por eso he querido poner en sintonía a estos tres martirios que ocurrieron en tiempos y lugares diferentes, pero que tenían un denominador común que era la fidelidad a Dios en el servicio a los hermanos cercanos, más allá de las creencias o increencias que cada pudiera profesar.
En el caso concreto el martirio de los cuatro sucedió entre el 18 de julio y el 4 de agosto del año 1976, imperando en nuestro país lo que se ha denominado “Proceso de Reorganización Nacional” o también “la última dictadura militar” que los argentinos vivimos con las consecuencias conocidas y padecidas por todos sus habitantes.
Aunque la fotografía martirial está en ese tiempo espacial no podemos dejar de analizar los tiempos precedentes, el espiral de violencia –que nunca sabremos su inicio pero que podemos decir desde que Caín mató a Abel- se fue gestando hasta llegar a asestar golpes de muerte y dolor sobre mujeres y hombres de nuestra patria. Pienso en la gran labor realizador por Monseñor Carmelo Quiaquinta en la búsqueda de la verdad sobre el asesinato de los mártires riojanos. La cantidad de viajes, entrevistas, charlas y las cajas, carpetas y papeles acumulados en su habitación allí en el Seminario Metropolitano de la calle José Cubas. El encargo del entonces Cardenal Bergoglio lo cumplió con la meticulosidad de un artesano a quién le interesaba llegar la verdad. Estaba preparando los seminarios sobre los mártires, además de comprometerse a alentar y estimular el perdón y la reconciliación entre los argentinos cuando la  Pascua de su vida lo sorprendió.
En diversos momentos de nuestra historia he visto que muchos se quieren “apropiar” y hasta veces “distorsionar” el verdadero y profundo sentido del martirio. Esta apropiación y distorsión es tanto para los que profesamos la fe dentro de la Iglesia Católica y para aquellos que hacen un uso ideológico y partidario de los mismos.
Ojalá que podamos ir a las fuentes de los escritos y testimonios para no aventurar conjeturas e interpretar de manera errónea la vida, los gestos, las actitudes, las palabras de los que siendo fieles al Evangelio pagaron con su propia vida la coherencia y el amor a la Iglesia. El camino de la Iglesia es recorrer el camino del ser humano, ellos podemos decir que captaron el mensaje del Maestro Jesús.
Los deseos de Jesús y de los seguidores, hablando en este escrito de los mártires, no fue ser venerados, sino que podamos tomar conciencia de las injusticias que vivimos a diario y podamos realizar un cambio que nos incluya a todos. Por eso sentí gozo y esperanza cuando hablando con un amigo sacerdote sobre el libro “Los mártires riojanos, esperanza para la Argentina contemporánea” de Pablo N. Pastrone me dijo: “Creo que pudo rescatar y ahondar en la espiritualidad de los mártires, es un libro para orar el martirio”.
Que la Iglesia Argentina toda pueda estar a la altura de los mártires. Que su sangre sea riego para la búsqueda de consensos, justicia, misericordia, perdón, reconciliación, fraternidad y fidelidad al Evangelio.

Sergio Dalbessio.

lunes, 24 de diciembre de 2018

EL CUENTO DE NAVIDAD QUE CASI NO FUE



Reinaldo estaba mirando televisión en el living cuando Celmira le alcanzó la revista que venía con el diario del domingo y le agregó que había en ella tres cuentos que quizás le gustaría leer. Sin mucho entusiasmo, Reinaldo ojeo los nombres de los cuentos y los autores, y dejó la revista sobre la mesita ratona y siguió viendo la película. Luego agarró la revista dejándola esta vez sobre la mesa del comedor. Al día siguiente Reinaldo volvió a ver la revista y sí estaba vez se sentó a leer los cuentos. El primer cuento era de Paul Auster y se titulaba “El cuento de Navidad Auggie Wren”. Le gustó lo leído y lo  recomendó por redes sociales, y a algunos colegas y conocidos se los contó cambiando palabras y situaciones, pero manteniendo el espíritu del cuento navideño. Luego leyó el otro cuento que era de Bradbury y cuando comenzó la lectura del texto de Truman Capote se dio cuenta  en el cuarto párrafo que ya lo había leído y lo abandonó junto a la revista sobre su escritorio.

Reinaldo, unos días después, comenzó garabatear su propio cuento navideño, y recordó aquel pequeño juguete que era una esfera de vidrio en cuyo interior contenía agua, unos copitos que hacían de nieve, unos renos con Papá Noel y un paisaje que aparece ahora desdibujado en su memoria. Se vio moviendo esa esfera cientos de veces y mirando como el agua se mezclaba con la nieve y daban vida a esos renos y al Papá Noel. Su mente se fue escapando a esa época de la infancia donde la Navidad era misterio y se esperaba el milagro de la nochebuena que era encontrar en la mañana de Navidad junto al arbolito el regalo pedido a Papá Noel. Algunos años ese regalo era lo que le había pedido, en otros era algo que se necesitaba y  en la mayoría de las veces era Papa Noel quién dejaba el regalo que él deseaba, eso explicaban los padres cuando los hijos preguntábamos porque no nos trajo lo que pedimos en la cartita que depositamos en la urna que estaba en la juguetería de los Lamberti en la Avenida 25 de Mayo.

Esa magia en el misterio se fue disipando con el paso de los años pero volvió  cuando los hijos de Reinaldo y Celmira eran pequeños, luego con el paso del tiempo se volvió a esfumar y nuevamente, como una especie de ave fénix de la felicidad, renació cuando tuvieron a su primer nieto.

Motivado por el cuento de Auster, Reinaldo pensó que podría contar sobre la navidad algo que no tuviera relación con la infancia. Recordó que el día anterior había estado en el kiosco que atendían Erminada y Esteban. Mientras Esteban sacaba las fotocopias, Erminda que le gustaba hablar y mucho, le contó la historia del linyera que paraba frente a las monjas francesas quienes viven en una casa pequeña al lado de lo que antes era su capilla y con el tiempo se transformó en un hospital. El señor que cuidaba autos durante todo el día tenía su historia, como todos los mortales la tenemos. Según Erminda, él dijo que tenía dos hijas, que había estado preso y su mujer encerrada en una clínica por problemas mentales. Que luego de salir de la cárcel, donde estuvo poco tiempo,  por un delito menor se afincó en ese lugar. Siguió narrándome Erminda que todos los día le traía parte de lo que recaudaba limpiando y cuidando autos a Esteban, quién le guardaba ese dinero en una cajita. El dinero que iba guardando era porque una de sus hijas estaba por cumplir quince años justo el día de Navidad y quería invitarla a desayunar como regalo de cumpleaños. Contaba que sus hijas podían estudiar en un colegio privado porque los curas las habían becado. Cuando Esteban se acercó y me dio las fotocopias que ya había abonado nos despedimos  deseándonos una buena navidad para toda la familia y un próspero año nuevo.

Cuando Reinaldo resbaló en esa escalera caracol que estaba mojada y fue descendiendo los quince escalones sin poder agarrarse lo único que pensaba era no golpear su cabeza. Llegado al final de esa caída con dificultad se pudo levantar y notó un dolor en su espalda y en la rodilla izquierda de la cual vio que manaba un poco de sangre.

Caminando hacia su casa pensó que había nacido de nuevo, que Dios le pediría algo grande por el milagro de estar vivo y que también tenía que terminar el cuento de Navidad que había empezado en su corazón pero que todavía no había escrito.